viernes, 16 de octubre de 2026

Los ataques de gaviotas cocineras a las ballenas francas australes que llegan cada año a Península Valdés constituyen uno de los problemas ambientales más preocupantes de la costa chubutense. Lo que comenzó como un comportamiento ocasional de algunas aves se transformó, con el paso de las décadas, en una amenaza persistente para las ballenas, especialmente para las madres y sus crías.

Las investigaciones del Instituto de Conservación de Ballenas (ICB) revelan la magnitud del fenómeno: mientras que en la década de 1970 apenas el 2% de las ballenas estudiadas presentaba lesiones provocadas por gaviotas, durante la década del 2000 ese porcentaje llegó al 99% entre las madres y crías observadas.

Detrás de este crecimiento aparece un factor determinante: la actividad humana. Los basurales a cielo abierto, los residuos provenientes de la industria pesquera y los descartes arrojados al mar proporcionan alimento abundante a las gaviotas, favoreciendo el crecimiento de sus poblaciones y alterando el equilibrio natural del ecosistema.

Las gaviotas cocineras desarrollaron un comportamiento particular: sobrevuelan a las ballenas cuando salen a respirar y les arrancan fragmentos de piel y grasa mediante picotazos. Estas agresiones provocan heridas abiertas que pueden extenderse sobre el lomo de los animales.

Los ballenatos resultan especialmente vulnerables. A diferencia de los adultos, que pueden permanecer sumergidos durante períodos prolongados, las crías necesitan salir a respirar con mayor frecuencia, quedando expuestas a los ataques.

Los estudios registraron un promedio de nueve lesiones por cría y determinaron que, en determinadas circunstancias, las ballenas pueden pasar hasta una cuarta parte de las horas de luz sometidas al acoso de las aves.

Para evitar los picotazos, las madres y sus ballenatos modifican sus comportamientos habituales, alteran sus posiciones de descanso y realizan movimientos destinados a proteger sus cuerpos. Estas respuestas implican un gasto adicional de energía durante una etapa fundamental para la alimentación, el crecimiento y la supervivencia de las crías.

Uno de los datos más significativos de la investigación es el crecimiento de la población de gaviotas cocineras en la Patagonia norte, Río Negro y Chubut, donde existe mayor disponibilidad de alimentos provenientes de residuos urbanos y de la actividad pesquera.

Los investigadores también comprobaron que este comportamiento se transmite entre las aves. Aproximadamente el 80% de las gaviotas que atacan son adultas, mientras que el 20% corresponde a ejemplares juveniles, lo que indica que el hábito puede aprenderse desde edades tempranas.

Las heridas también representan un riesgo sanitario. Los investigadores advierten que las lesiones podrían facilitar el ingreso de microorganismos patógenos, provocar deshidratación y aumentar la pérdida de calor corporal.

Aunque los científicos encontraron una coincidencia temporal entre el incremento de las lesiones y las elevadas tasas de mortalidad de ballenatos, aclaran que no está demostrada una relación directa de causa y efecto entre ambos fenómenos.

Lo que sí está comprobado es que los ataques alteran el comportamiento de las ballenas y afectan especialmente a las crías durante sus primeros meses de vida.

El Instituto de Conservación de Ballenas estudia este fenómeno desde 1995, mediante observaciones desde los acantilados y fotografías aéreas que permiten identificar las heridas y evaluar su evolución. Se trata de una de las investigaciones más prolongadas sobre este comportamiento, considerado excepcional por su intensidad y frecuencia en Península Valdés.

La información científica también permite evaluar las políticas de manejo ambiental. Los investigadores sostienen que la reducción de los ataques y de las lesiones constituye un indicador fundamental para determinar si las medidas adoptadas por las autoridades provinciales están dando resultados.

La problemática deja planteada una cuestión que excede ampliamente a las gaviotas: la necesidad de mejorar la gestión de los residuos urbanos y pesqueros que contribuyen a modificar el equilibrio ambiental de la región.

El desafío no consiste solamente en reducir los ataques, sino también en intervenir sobre los factores que favorecieron su expansión. Porque detrás de las heridas que presentan las ballenas de Península Valdés existe un problema ambiental documentado desde hace décadas que todavía requiere respuestas sostenidas.

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