domingo, 31 de mayo de 2026

El siglo XVIII se caracterizó por la lucha entre colonos e indígenas y hasta de indígenas entre sí. Estos últimos, luchaban entre ellos por mujeres y ganados. Cuando lo hacían contra los españoles, era por mujeres, alcohol, efectos y ganado, para lo cual en ocasiones solían unirse entre dos o más tribus. Es “la continuidad -dice Vignati -, de la vida azarosa y más que azarosa, apremiante por el acuciador mandato genésico” la que moviliza. Pero no obstante lo compulsivo de ese “mandato”, en todas las acciones estaba presente la necesidad de supervivencia que se abordaba mediante el ejercicio del poder, que se recostaba en la cantidad de recursos como el ganado y en la posesión de las mejores tierras para su explotación.

Las historias de disputas y rivalidades entre las diferentes etnias patagónicas entraron en la historiografía a partir del relato de “el blanco” por carecer aquellos de registros escritos, salvo en el siglo XIX por parte de algunos caciques que contaban con un “escribiente” o “secretario, como fue el caso de José Antonio Loncochino para Saygüeque, entre otros. Gorla, dice por ejemplo que la enemistad que existía entre el Cacique Chanel (o Negro para los hispano criollos), y los aucas era irreconciliable, demostrando esa posición matándole a éstos los chasques que le habían enviado para solicitarle un acuerdo de paz. De esos emisarios, quedó solo uno vivo, “para que éste le sirva de baqueano adonde está la indiada” y “el día que marchó éste chasque -manifestaba Pedro Nicolás al Virrey -, se puso dicho cacique en marcha a ir a avanzarles”.

El mismo autor afirma que, sin conocerse con precisión la causa, – aunque pueda inferírsela y vincularla a lo de la supervivencia y el “mandato genésico” -, el cacique Negro también tenía severos conflictos con otro tehuelche como era el cacique Julián Gordo, no obstante ser todos “patagónicos y habitantes del hinterland Negro- Colorado (“Tehuelches” para Villarino y Viedma, “Tehuelches meridionales” para Escalada y Casamiquela, y “Patagones” para Vignati)

Del lado de los colonos españoles, se puso énfasis en el manejo del ganado en aquellas “proto estancias” que carecían de límites precisos para sus dueños, pero que garantizaban un crecimiento económico seguro y fácil a través de la producción de cualquier tipo de hacienda que se instalase en ellas. Del lado indígena, tal vez por razones culturales en general, y ante la creciente escasez de animales cimarrones, la posesión de ganado no logró resolverse por otro camino que no sea el del malón que, recurrentemente, alarmaban a la campaña de Buenos Aires, como así a también a la frontera Sur de Córdoba y Cuyo.

Bechis (2008) cita siete puntos estratégicos para esa tarea que fueron constituyéndose a medida que los arreos fueron continuando con el transcurso del tiempo. Esos puntos estaban unidos por una red de caminos que fueron conocidos como “camino de los chilenos”.

Alcanzada la cordillera, detenían el arreo por última vez para su pastoreo y posterior cruce de los Andes.

El mapa, muestra las rutas conocidas bajo el nombre de “rastrillada indígena” o “camino de los chilenos”. Por ellas circulaba el ganado arriado a Chile, para lo cual primero debían atravesar la cordillera que los esperaba con pasos de diferentes alturas y características controlados por diferentes etnias.

El punto indicado con el número 1 había sido controlado por los pehuenches desde los últimos años del siglo XVII. El paso indicado con el número 2 era una zona que no tenía demasiado control. En cambio el área del punto 3 tenía presencia tehuelche y huilliche. Obviamente, el cruce se hacía una vez que el ganado había descansado y engordado en los valles orientales.

En la zona norpatagónica, el área indicada con el número 4 era la isla de Choele Choel, sobre el río Negro. Estaba controlada por los Tehuelches septentrionales boreales. Este punto también servía como enlace hacia Carmen de Patagones en la que se llevaban adelante los intercambios comerciales entre indios y blancos.

Al área con el número 5 los araucanos la llamaban “Mamull-Mapu” o tierra arbolada, que contrasta con el paisaje de la vecina pampa húmeda en la que los árboles escasean. Ese punto era estratégico para controlar el recorrido que se hacía desde Buenos Aires a Chile pasando por Mendoza.

Los puntos 6 y 7 indican el área de Tandil o Vulcano y las Salinas Grandes respectivamente. Según Bechis, “estos lugares parecen haber sido comunes a todos para juntar sal y/o animales baguales por lo menos hasta 1750, el primero permaneciendo hasta 1810. El área número 7 era también buena para la horticultura como se informara en 1810, 1833 y más tarde. Parece, aunque no es seguro, que hacia 1850 se introdujo el arado”

 

Fragmento del libro “Sobre la ocupación del norte patagónico”, de Miguel Contissa

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