
Helena, emperatriz septuagenaria, cuyo rostro afilado aparece en las monedas con el cabello trenzado y tiara, llegó a Aelia «con presteza juvenil>> y generosos fondos, para convertirse en la constructora más monumental de Jerusalén y en una arqueóloga de extraordinario éxito.
Constantino sabía que el lugar donde Jesús había sido crucificado y enterrado se encontraba bajo el templo de Adriano, «un sepulcro espeluznante dedicado a las almas de sus ídolos, que son cadáveres, y al disoluto espíritu de Afrodita», en descripción de Eusebio. Le había ordenado al obispo Macario que purificara el lugar, demoliera el templo pagano, excavara la tumba original en su interior y construyera allí una basílica, «теjor que las de otro sitio», con «las estructuras más hermosas, columnas y mármoles, los más preciosos y útiles, adornados con oro».
Helena llegó decidida a encontrar la tumba. El templo pagano tuvo que ser derruido, las piedras del pavimento levantadas, la tierra retirada y el lugar localizado. Sin duda, en la pequeña Aelia, la investigación de la emperatriz debió de crear una entusiasta y lucrativa búsqueda. Un judío, quizá uno de los pocos judíos cristianos que quedaban, produjo documentos que condujeron al descubrimiento de una cueva que fue declarada la tumba de Jesús. Helena también buscó el lugar de la crucifixión e incluso la propia cruz.
Ningún arqueólogo ha igualado nunca su éxito. Descubrió tres cruces de madera, una placa de madera en la que se leía «Jesús de Nazaret, rey de los judíos>> y los clavos. ¿Pero cuál de esas cruces era la buena? Cuentan las fuentes que la emperatriz y el obispo llevaron esos trozos de madera junto a la cama de una moribunda. Cuando la tercera cruz fue colocada junto a la enferma, la inválida «de repente abrió los ojos, recuperó las fuerzas y se levantó de un salto de la cama». Helena «envió una parte a su hijo Constantino, junto con los clavos» que el emperador hizo insertar en las bridas de su caballo. A partir de aquel momento, toda la cristiandad ansió tener las sagradas reliquias que solían tener su origen en Jerusalén, y ese Árbol de la Vida engendró un bosque de astillas de la Vera Cruz, que empezó a sustituir al anterior giro como el símbolo del cristianismo.
Es posible que el descubrimiento de la Vera Cruz de Helena fuera una invención posterior, pero de lo que no cabe ninguna duda es que Helena cambió la ciudad para siempre. Construyó las iglesias de la Ascensión y de Eleona en el monte de los Olivos. Su tercera iglesia, la del Santo Sepulcro, que tardó diez años en terminarse, no era un único edificio sino un complejo de cuatro secciones, cuya fachada estaba orientada al este, y a la cual se entraba desde la calle principal romana, el Cardo. (La iglesia actual está orientada al sur.) El visitante debía subir unas escaleras hasta llegar al atrio que conducía, a través de tres entradas, al interior de la basílica, o Martyrium, una enorme «iglesia de extraordinaria belleza» con cinco pasillos e hileras de pilares, que llevaban a su vez, a través del ábside, hasta el Jardín Sagrado, un patio rodeado de una columnata en cuyo extremo suroriental se alzaba la colina del Gólgota rodeada de una capilla abierta. La Rotonda (la Anastasis) de cúpula dorada se abría al cielo de modo que la luz iluminara la tumba de Jesús. Su esplendor dominaba el espacio sagrado de Jerusalén, a imitación del monte del Templo, donde Helena arrasó con todos los templos paganos y ordenó «arrojar basura en su lugar» para demostrar el fracaso del Dios judío.
Apenas unos pocos años más tarde, en el 333, uno de los primeros nuevos peregrinos, un anónimo visitante de Burdeos, encontró Aelia ya transformada en una animada ciudad-templo cristiana. La «maravillosa» iglesia no estaba terminada, aunque las obras avanzaban deprisa, y sin embargo, la estatua de Adriano seguía todavía en pie entre las ruinas del monte del Templo.
La emperatriz Helena visitó todos los lugares en los que había transcurrido la vida de Jesús, y creó el primer mapa para peregrinos, que poco a poco empezaron a llegar a Jerusalén a vivir la experiencia de su especial santidad. Helena tenía ya casi ochenta años cuando regresó a Constantinopla donde su hijo conservaba trozos de la cruz, y envió otra astilla más y la placa a su iglesia romana que llevaba el muy apropiado nombre de Santa Croce in Gerusalemme.
Eusebio, obispo de Cesarea, sintió celos de la nueva importancia que estaba cobrando Jerusalén y puso en duda que esta ciudad judía «que, tras el sanguinario asesinato del Señor, cumplía la condena de sus malvados habitantes», pudiera ser la ciudad de Dios. Al fin y al cabo, durante más de tres siglos los cristianos apenas habían prestado atención a Jerusalén. Sin embargo, Eusebio tenía razón en una cosa: Constantino debía enfrentarse al legado de los judíos justo cuando el creador de la nueva Jerusalén debía desviar la santidad de los lugares judíos hacia sus nuevos santuarios.
Mientras los romanos adoraron a muchos dioses, toleraron otras divinidades a condición de que no constituyeran una amenaza al estado; ahora bien, una religión monoteísta exigía el reconocimiento de una verdad y de un Dios. La persecución de los judíos asesinos de Cristo cuya maldad constituía la demostración de la verdad cristiana se convirtió por tanto en algo primordial. Constantino ordenó que cualquier judío que intentara impedir que alguno de sus hermanos de fe se convirtiera al cristianismo debía ser quemado en la hoguera de inmediato. Aun así, durante más de un siglo, una pequeña comunidad judía había seguido viviendo en Jerusalén, orando en una sinagoga en el monte Sión, y los miembros de esa comunidad acudían a rezar con discreción al abandonado monte del Templo. Ahora, a «esa detestable pandilla de judíos», en palabras de Constantino, se le prohibió la entrada en Jerusalén, salvo una vez al año en la que se les permitía acceder al monte del Templo, donde el peregrino de Burdeos los vio «lamentarse y desgarrarse las vestiduras» sobre la «piedra perforada», la piedra fundacional del Templo, en la actualidad encerrada bajo la Cúpula de la Roca.
Texto de “Jerusalén, La Biografía” – Simón Sebag Montefiore
