Lecturas para el fin de semana: «Bala perdida»

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José María Urien, quien tomó prisionero a Liniers, se apropió de algunos de sus objetos personales y comandó al pelotón que lo fusiló, tanto a él como a sus compañeros cerca de la Posta de Cabeza de Tigre.

Querido en los campos de batalla y despreciado fuera de ellos, Urien no dejó un buen recuerdo entre sus contemporáneos. Tomás de Iriarte lo describió como “un joven de las principales familias de Buenos Aires, prostituido y manchado de crímenes”. Fitte escribió: “aunque fueron promisorios los comienzos de Urien, una existencia disipada lo llevo al mayor de los descréditos”. Por qué un historiador del S XX y otro del XIX se ensañaron con este hombre?. Por un escándalo pasional del que fue protagonista.

Después de ajusticiar a Liniers, el Ejército del Norte marchó al Alto Perú. Pepe Urien actuó en el triunfo de Suipacha y la derrota de Huaqui. En algún momento, en medio de estos dos enfrentamientos, se casó con una cochabambina, Catalina Salinas y Rivero. El fracaso de la campaña, sobre todo después de Nazareno, devolvió a muchos soldados a sus casas, entre ellos a José María Urien, quien regresó a Buenos Aires con su compañera para presentarla a sus padres. El 3 de marzo de 1813 en la Parroquia de la Merced, bautizaron a su hija, Manuela, y en 1816 nacería su hermano Carlos Urien.

El abuelo paterno de los niños murió de manera repentina el 23 de diciembre de 1817. En cuanto al matrimonio de Catalina y Pepe, no hay indicios acerca de cómo se llevaban. Lo único que se sabe es que para los porteños no era secreta la relación clandestina que unía al justiciero de Liniers con Pepita –la mujer del comerciante La Rica-.

Pepita fue producto de una relación entre un criollo y una negra, o viceversa. Abandonada al nacer, la tomó en adopción la Parda Rufina, una especie de madama morena que regenteaba un café en La Recova al que asistían parroquianos en búsqueda de diversión reñida con la moral. A Pepa la adolescencia le sentó tan bien, que se convirtió en una atractiva, inteligente y sensual morocha de 16 años, inspiradora de un virtual club de admiradores. Entre ellos el Capitán retirado José María “Pepe” Urien, que se convirtió en favorito de la escultural negra.

El entusiasmo del primo de Rivadavia contrastaba con los planes de la Parda Rufina, quien pretendía un rico comerciante para su hija putativa. Urien se dedicaba al comercio, era rematador. Pero la Parda buscaba uno con mucho dinero. Los amores secretos entre Pepe y Pepa obligaron a que Rufina echara mano a un candidato sin más demora. Fue entonces cuando apareció en escena en 1819, el próspero comerciante portugués, y madurón, Manuel La Rica, quien gracias a su fortuna convirtió a Pepa en La Rica y en rica.

El matrimonio La Rica tuvo dos hijos y la morena madre disfrutó de las comodidades que le brindaban la fortuna de su marido. Sin embargo, la llama de la pasión clandestina seguía encendida. Pepe y Pepa continuaban viéndose.

A fines de 1822 una noticia sacudió a Buenos Aires. En el sótano de una casa ubicada en la calle Chile, dentro de un saco de yerba, apareció en cadáver del comerciante La Rica. Todos los índices apuntaron a la infiel pareja. La Parda Rufina intentó salvar a su hija e inculpó a Urien, el rematador. Sin embargo la correspondencia más alguna infidencia de los criados permitió establecer que no uno sino los dos estaban involucrados. Ella como instigadora y él como ejecutor.

Fueron encarcelados, para escándalo de la respetable familia Urien y el enojo de la célebre Rufina.

Pocos días antes de que se diera a conocer la sentencia, una revolución estalló en la ciudad. Se intentó deponer al Gobierno, cuyo principal Ministro era Rivadavia. Los rebeldes coparon la Plaza, tomaron el Cabildo y abrieron las celdas. Urien, el sobrino del Ministro, se puso al frente de la revuelta. La aventura duró menos de una hora. Una compañía de Regimiento Patricios, al mando de Benito Fernández, se presentó de inmediato en la Plaza. Se inició un tiroteo. Tan embalado estaba el Jefe Fernández, que ordenó que abrieran fuego antes de retirarse del frente y resultó herido de gravedad por los disparos de sus hombres.

Luego de 8 minutos de intercambio de balas, se dispersaron los insurgentes y la rebelión fue sofocada. Encarcelaron a los cabecillas y se resolvió ejecutarlos. Urien rogó por su vida. Se le concedió el indulto a cambio de que revelara detalles y nombres. Pero su confesión fue tan inconsistente, que le retiraron el indulto. Gracias al conciso trabajo sobre los Urien que llevo a cabo Julio Jorge Pertiné, es posible saber que la madre del condenado apeló al parentesco y buscó la clemencia de Don Bernardino. Pero no hubo caso: lo fusilaron en la Plaza da Mayo el 9 de abril a las 10 de la mañana, doce años después que él comandara el fusilamiento de los primeros ejecutados por la Revolución de Mayo.

Pepa fue desterrada a Bahía Blanca. Su atractivo permanecía intacto 10 años después, cuando actuó como espía de Rosas en Montevideo. Enamoraba Oficiales Unitarios para robarles información.

Párrafos tomados del libro: “Historias de Corceles y de Acero” , de  Daniel Balmaceda



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