Lecturas para el fin de semana: «El triunfo de Jipijapa»

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En 1903 se produjo un cambio radical en la cabeza de los caballeros argentinos. Iniciando una moda que duró 4 décadas, se multiplicaron los sombreros Panamá que, por ser de paja, también fueron llamados Rancho. En realidad, no eran precisamente de paja, como algunos que eran de uso común en el norte de nuestro país, sino de fibras de una hoja de palmera que se asemejan a la misma.

Aún con la resistencia de los muy mayores, se convirtió en el alivio de aquellos debían andar por la calle, un día de verano infernal, con la infaltable galera o el bombín. Eran livianos, impermeables y su limpieza resultaba sencilla. Mejor, imposible.

A partir de entonces, el Panamá asomaba con la llegada de la primavera, e iniciaba su ocaso a fines de marzo. Los nombres más habituales eran Panamá, rancho y también, Jipijapa. Pero la variedad era más amplia. Y había distintas categorías. Los Santa Ana eran los más económicos, mientras que los Jipijapa eran populares. Los más exquisitos eran los Montecristi, como el que luce el poderoso naviero Nicolás Mihanovich en la imagen datada en 1905.

El mercado de estos sombreros que se extendió por todo el mundo tuvo su punto de partida en 1630, cuando el tejedor Florencio Delgado confeccionó los primeros modelos tomando hojas de las palmeras denominadas toquillas. La producción se concentró en dos regiones (luego provincias) ecuatorianas: Guayas y Manabí. Sobre todo, en una ciudad de esta, Jipijapa, donde vivía Delgado.

El primer gran salto se dio a partir de 1835, cuando el español riojano Manuel Alfaro llegó a Ecuador, un poco contra su voluntad ya que había sido desterrado de la Península Ibérica. Como no hay mal que por bien no venga, pronto olvidó las cuestiones políticas y presto atención al corazón que latía con ganas por una vecina, María Natividad Delgado, con quien se casó. Desconocemos si Francisco Delgado era un lejano pariente de Natividad. Sí sabemos que ella era mestiza ya que, según se decía en aquel tiempo, por sus venas corría un cuarto de sangre india, lo que indica que alguno de sus cuatro abuelos fue descendiente de precolombinos.

Dispuesto a hacer fortuna, Manuel Alfaro montó una industria sombrerera y el Jipijapa dejó de ser un producto local. Se iniciaron las exportaciones y apareció un nuevo promotor. Nos referimos al francés Philippe Raimondi, quien lo llevó a la exposición universal de París de 1855. Se vendió como pan caliente. El nombre del producto era “Sombrero Tejido de Paja”, pero allá en, Francia, lo rebautizaron Panamá, por ser el Puerto Americano desde donde se exportaba.

La venta iba precedida de una ceremonia especial. A las ferias dominicales de Ecuador y del Norte de Perú arribaba un grupo en el que mujeres y hombres marchaban en caravanas, entre mezclados, llevando atados de Panamás. Eran los fabricantes que, para más datos desarrollaban su arte en la madrugada por cuestiones de humedad. Delante de ellos, el jefe de los artesanos sostenía en su cabeza una pirámide de 15, 20 o más sombreros.

La pintoresca escena solo mostraba a los productores locales. Los Alfaro, en cambio, sacaron provecho de los nuevos mercados. Eloy, hijo de Manuel y Natividad, le dio un impulso importante al comercio de los típicos sombreros. Fue un hombre poderoso de Ecuador y ocupó la presidencia en dos períodos.

Si los sombreros ganaron fama en Francia, a mediados del siglo XIX, ¿No hubo celebridades argentinas que los usaran antes del 1900? Según testimonios sueltos, y sin demasiadas precisiones, Sarmiento y Urquiza tuvieron sus Jipijapas (aunque de ala más ancha que los clásicos) y, si bien podemos considerarlos entre los precursores, ya no vivían cuando se impusieron en la moda argentina. En el campo internacional, a principio de siglo, el Presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, y el Príncipe de Gales, posaron con el Jipijapa. Fue la aprobación social que faltaba. Se convirtió en objeto imprescindible de la Costa Azul y su fama siguió en aumento.

Los argentinos los usaron a partir de la aprobación europea. Una nota publicada en el Diario La Nación, el 25 de enero de 1909, explica el precio exorbitante que pagaban nuestros antepasados debido al valor agregado, ya que los sombreros que hacían al Norte del Perú, pasaban a Bélgica y a Alemania, luego a Inglaterra y Francia, ¡desde donde nosotros los importábamos!.

Livianos, cómodos, flexibles, cancheros. Durante 4 décadas, los sombreros Panamá (que en realidad eran ecuatorianos y nuestros bis abuelos traían de Francia) se metieron en todas las cabezas.

 

Párrafos extraídos del libro “Que Tenían Puesto” – Daniel Balmaceda



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