sábado, 18 de mayo de 2024
Julián Álvarez celebraba uno de sus goles ante Croacia, el martes en Lusail (Qatar).

En el minuto 38.07, Julián Álvarez estaba en el primer palo de su portería, al lado del Dibu Martínez, esperando un córner de Croacia. En el minuto 38.24, Julián Álvarez estaba celebrando un gol dentro de la portería contraria, al lado de un alucinado Domink Livakovic, portero de Croacia. Lo que ocurrió en esos 17 segundos fue puro fútbol, el que nace abajo, en los patios de luces y las pistas del colegio, en la puerta de casa, en la calle de un barrio sin luces. El fútbol viejo del tipo que corre con la pelota él solo, más por miedo a que se la quite el dueño del balón, porque lo llaman desde la ventana para la merienda, que porque quiera meter un gol.

Sacó el córner Croacia hacia atrás, en dirección a Brozovic, en una especie de jugada ensayada para que Brozovic, desde el ángulo del área, colgase la bola. Pero la acción fue abortada. ¿Por quién? Por Julián Álvarez, que en cuanto vio a Brozovic libre echó a correr desde el primer palo como alma que lleva el diablo. El jugador croata vio a la Araña envenenada hacia él y trató de sacar el centro lo más rápido posible sin resultado; el balón impactó en el 9 argentino, y el centro se devaluó, fue un centro averiado que se quedó en la frontal, donde dos argentinos se echaron sobre él para iniciar una contra. La agarró De Paul de cabeza, y el balón cayó en los pies de Leo Messi, que la controló larga y cayó sobre el césped. La pelota, muerta, se quedó. ¿Para quién? Para Julián Álvarez

El delantero del City empezó a correr hacia la gloria mientras un atleta compañero suyo, Nahuel Molina, se pegaba el esprint de su vida para buscar un desmarque y aclararle la vida a Álvarez. Su acción abrió un huequito en la defensa de dos croatas, por el que quiso colarse la Araña, ya encimado por un tercero. Uno de los defensas le tocó el balón, no lo suficiente, y el cuero tropezó con Álvarez; el segundo también pudo rechazar, pero sin fuerza, y Álvarez volvió a llevársela. Todo esto lo presenció en décimas de segundo el portero Livakovic estupefacto, sin poder salir ante la presencia de sus dos defensas, de tal manera que cuando Julián Álvarez se presentó en la portería, Livakovic se llevó dos sorpresas: qué hace este tío aquí, si tenía delante a dos defensas míos, y qué hago yo ahora, si estoy debajo de un arco de 7,32 metros.

Fue un gol de niño pequeño, ese que sigue y sigue y sigue, beneficiado por los rebotes, beneficiado por la suerte, beneficiado por la vida. Pero que, para llegar a esa área, tuvo que romperse el alma corriendo. Tuvo que creer que llegaba al centro imposible de Brozovic saliendo desde el palo del Dibu. Tuvo que hacer 100 metros lisos en 17 segundos, primero al trantrán y luego con un balón de por medio, perseguido por media Croacia y teniendo delante a dos guardaespaldas antes de colarse en la pantalla final y marcar uno de los goles de la Copa del Mundo. Uno que lo despoja de su aura de promesa de estrella mundial, y que reventó el partido a favor de Argentina en uno de esos momentos delicados que aprovecha Croacia para dar con el mazo a sus rivales, que es cuando marcan y se confían. En el campo, Julián Álvarez no se fio ni se confió, y cuando quiso darse cuenta estaban dentro, literalmente, él y el balón en la portería de Croacia. Y Argentina, dentro de la final de la Copa del Mundo, la segunda final de Leo Messi. Maradona también jugó dos: una la ganó, otra la perdió. Messi llega a la hora definitiva.

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