
Asediados por la sequía, la caída de la rentabilidad y el avance de depredadores como pumas, zorros colorados y perros salvajes, los productores ovinos de la meseta chubutense abandonan campos que sus familias trabajaron durante generaciones. En una región inmensa, donde muchas veces el vecino más cercano está a más de 30 kilómetros, la actividad que durante más de un siglo dio identidad al interior provincial atraviesa una crisis sin precedentes.
Luis Feijoo y su esposa, Mónica Chiozza, son parte de esa historia. Durante más de 25 años, Feijoo recorrió los caminos de ripio con un camión aguatero para abastecer a las 2.500 ovejas que llegó a tener en su establecimiento, en una zona donde no hay ríos, pozos ni lluvias suficientes. Este año vendieron los últimos animales.
“Esto da mucha pena. Sentís que trabajaste en vano”, resume Feijoo. Su esposa recuerda que las últimas 55 ovejas fueron encerradas para venderlas, pero cuando llegaron a buscarlas solo quedaban 49: las demás habían sido atacadas por zorros.
La situación se repite en toda la meseta, una superficie equivalente a un quinto de España. En los últimos años, decenas de productores liquidaron sus majadas y abandonaron establecimientos golpeados por una combinación de factores: la sequía sostenida, los bajos precios relativos de la lana y el crecimiento de los depredadores.
Chubut llegó a tener 6,4 millones de ovejas en 1978. Hoy se calcula que quedan menos de 3 millones, con una fuerte caída registrada en la última década. Para Ricardo Irianni, presidente de la Sociedad Rural Valle del Chubut, el proceso parece irreversible. “En poco tiempo van a quedar activos solo los campos de la costa y de la cordillera”, advierte.
En la sede de la entidad rural, un mapa refleja esa transformación: los establecimientos cerrados aparecen pintados de rojo y los adquiridos por la empresa australiana Fortescue, en verde. Según productores de la zona, la compañía compró cientos de miles de hectáreas para proyectos vinculados al hidrógeno verde, ofreciendo valores muy superiores a los del mercado.

Para muchos ganaderos agotados de sobrevivir, la venta fue la única salida posible. Sin embargo, el abandono de campos también complica a quienes deciden quedarse, ya que aumenta la presencia de animales salvajes y acelera el deterioro de la infraestructura rural.
La declaración de emergencia agropecuaria anunciada por el Gobierno Nacional es vista como una medida tardía. Los productores explican que cuando no llueve no hay corderos: las ovejas no producen leche suficiente y las crías mueren o son abandonadas. En pocos años, una majada puede desaparecer.
La familia Ferrin, instalada en la zona de Meseta Cuadrada desde 1911, es un ejemplo de ese proceso. De un plantel cercano a las 5.000 ovejas hoy quedan alrededor de 1.200 y consideran que este será el último año de producción.
“Por más de 115 años mantuvimos el capital y en los últimos cuatro o cinco fue todo para atrás”, lamenta Pablo Ferrin. Su padre, Eduardo, de 80 años, no imagina otra vida lejos del campo. Mientras sus hijos analizan alternativas vinculadas al turismo, él prefiere guardar silencio. “Él tiene un amor único por el campo”, explica su esposa, Irma.

“Nosotros siempre decimos que esto ya es un negocio sentimental. No es un negocio económico”, resume Fabián Ferrin, sintetizando el sentimiento de muchas familias de la región.
A las dificultades productivas se suma un problema cultural. Para Juan Kresteff, productor del Valle de los Mártires, “lo que se terminó es la gente de campo”. Los hijos de los antiguos ovejeros estudiaron, buscaron otros trabajos y no continuaron una actividad que dejó de ofrecer perspectivas.
El abandono deja una imagen que se repite en toda la meseta: molinos rotos, alambrados caídos y árboles que se secan porque ya no tiene sentido mantenerlos. Mario Daniel Ap Iwan, que hace una década llegó con la ilusión de construir un capital para su retiro, terminó desarmando con sus propias manos parte de lo que había levantado.
“Le puse empeño, pero a lo tonto. Tener que abandonar el campo me produjo un bajón emocional muy grande. Sentís que te fundiste trabajando y haciendo todo lo mejor posible”, cuenta.

Pese a todo, quienes permanecen conservan un fuerte vínculo con ese paisaje inmenso y silencioso. Mónica Chiozza lo resume mientras mira el horizonte de la meseta, ahora sin ovejas, pero todavía llena de recuerdos:
“Esto no es un desierto. Parece vacío, pero tiene muchísima vida. Hay una paz única. Tiene su encanto”.
Fuente: El País
