Massa candidato y oposición bajo tensión

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Ministro. Massa es visto por CFK y Máximo para 2023. En la foto con el secretario Sujarchuk

Se volvió un experto en movilidad declarativa. Alberto cambia, sin prejuicios ni rubores, de una confesión a otra, salta de preservar las PASO a la posibilidad de suspenderlas. Desconocía lo que traman gobernadores como Schiaretti, Perotti, el massismo y en alguna medida Cristina: carece de información, además de convicción. Y hasta su colorida traductora repite ese arte engañoso.

Sobran ejemplos en ese múltiple inventario con afirmaciones luego testadas, reiterarlos es humillante. En el caso de las internas obligatorias, si se borran por ley, lo afectan también en la multiplicación de su ego: se trata de un golpe a su pretensión de renovarse en el cargo y a la eventual participación electoral de alguien de su coleto, un hermano, como ha reconocido a Daniel Scioli.

Sin PASO, en el oficialismo solo queda el dedazo de Cristina, como en la última contienda presidencial. Nadie se atreve a desafiarla. Y ella hoy parece resignada a entregar esa herencia a Sergio Massa, el ministro de Economía que sueña sin dormir con encaramarse a la Casa Rosada. Un epílogo difícil de imaginar hace tres meses. Y quizás dentro de tres.

Lo aparta la vice de sus oraciones a Alberto, a quien luego de cumplir su mandato le resta un observatorio local o retirarse a un refugio en tierras de Valencia, un lugar en su mundo, como le ocurrió al Mío Cid cuando Alfonso VI lo expulsó del mundo castellano. Para él es fácil cambiar de opinión, no sería difícil modificar su domicilio.

Cristina concede ahora lo que Massa pide. Y su hijo Máximo, otrora setentista revolucionario, se ha adaptado a las relaciones carnales con Estados Unidos, a la bendición del FMI y a usar rodilleras frente al ajuste. Justo él que había dejado la conducción del bloque oficialista por las restricciones que el ex ministro Martín Guzmán imponía con los organismos internacionales. Si temía ser salpicado por el capitalismo, ahora se embarró hasta el tuétano.

No es una deducción ese reconocimiento: Máximo evitó cierta exposición por el nuevo rumbo del Ministerio de Economía, desapareció de ciertos compromisos políticos, pero en una última reunión con intendentes se desgarró por fin la vestimenta: allí proclamó la necesidad de apoyar a Massa y a esa política que antes consideraba de “entrega”. La excusa: debemos privilegiar la unidad, evitar la catástrofe económica y pensar en un 2023 más benigno.

Optimista, quizás asista mañana a otra reunión de jefes municipales, en la provincia de Buenos Aires, y repita la misma monserga. También él lo unge a Massa como sucesor y médico de urgencia, mientras el resto de la muchachada de La Cámpora hace la venia como los Montoneros con Perón, cuando éste los castigaba prefiriendo la compañía de José Lopez Rega. “Es una estrategia del Viejo…”, suponían cándidamente. Igual que ahora los camporistas con Cristina y Máximo.

Curiosidad. Extraña que Alberto no haya advertido la ingeniería electoral que encubre el intento por eliminar las PASO, supresión que –en principio– aspira a diluir el frente opositor. Olvida, además, que una exitosa ingeniería electoral será determinante para consagrar al nuevo presidente argentino el año próximo, debido al equilibrio partidario que hoy indican las encuestas.

Como se sabe, no es lo mismo jugar de local o visitante, partir en primera fila en lugar de último, mantener la cuerda en la F1 y cualquier jockey podría dar clases sobre la importancia de que los competidores no lo encierren antes de llegar a la meta. En política abundan los ejemplos de estas alquimias.

Para el oficialismo, no habrá quien se aliste a dirimir la hegemonía cristinista, nadie discutirá su liderazgo si se eliminan las PASO. En cambio, ocurre al revés en la oposición: allí, con tantos pichones en la cúpula, será difícil consagrar un jefe sin comicios relevantes, solo habrá pactos sospechosos para elevar un candidato.

Tal vez sea una ecuación sencilla, algo superficial, ya que las PASO provinciales suponen otros intereses contrapuestos (en Catamarca, por ejemplo). Pero sonó el alerta en Juntos por el Cambio, en los diversos distritos del país –ante la posible suspensión– ya se consumen tres reglas: se elige postulante por acuerdo de cúpula, de acuerdo a lo que digan las encuestas o por medio de una elección doméstica, con el padrón propio.

Sin embargo, este recurso quizás resuelve diferencias en las provincias, pero le distrae consistencia a un candidato nacional. Por más que se puedan facilitar fórmulas cruzadas, entre el uno de una lista y el uno de la otra (hoy no permitidas en la legislación), como ocurrió con Fernando de la Rúa y Chacho Álvarez.

Se suman otras peculiaridades poco deseables al mundo opositor. Un caso del disloque se observa en la Capital, donde la elección de jefe de gobierno va despegada de la presidencial. En una interna de entrecasa, no abierta ni obligatoria como exigen las PASO, se supone que dispone más posibilidades de triunfar aquel que dispone de un mayor aparato político, punteros, cargos, remuneraciones. Es decir, favorece al que maneja el gobierno.

Entonces, si en el distrito porteño vence el sector de Horacio Rodríguez Larreta para jefe de gobierno, una competidora en la nacional como Patricia Bullrich quedaría disminuida: no podría reclamar afuera lo que no consigue adentro.

De este tipo hay cientos de alternativas que prodiga un cambio de reglas antes de los comicios, no se conoce en su totalidad el sentido de la modificación. Solo coinciden muchos en que suprimir las PASO –ya no se aplican en catorce provincias– provocará un menoscabo significativo en la oposición. Le será costoso reparar el daño.

Fuente: Perfil



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