sábado, 20 de julio de 2024
Soldados de la Marina y la Guardia Nacional custodiaban el miércoles las playas del Estado de Quintana Roo.

Playas de arena blanca y agua azul turquesa, biquinis de diseño, bebidas frías, cuerpos bronceados por el sol y un desfile de ametralladoras y uniformes de camuflaje. La imagen tiene algo distópico, pero es la realidad estos días en las costas mexicanas. El contraste lo ilustra a la perfección una fotografía compartida por la gobernadora de Quintana Roo, Mara Lezama: dos soldados patrullan por una orilla en Cancún cargados con sendos fusiles, mientras, de fondo, una turista con bañador negro, sombrero del mismo color y un teléfono en la mano deja que las olas le mojen los tobillos.

México ha militarizado sus playas. Más de 8.000 miembros de la Guardia Nacional, la Marina y el Ejército han sido desplegados entre las principales zonas turísticas del país. La medida es un intento del Gobierno de salvar la Semana Santa después de que el lunes al menos ocho asesinatos empañaran la imagen de postal idílica en dos de los principales destinos vacacionales: Acapulco, en el Estado de Guerrero, y Cancún, en Quintana Roo. El Gobierno ha repartido 4.724 soldados entre las dos ciudades, Tulum, Puerto Vallarta, Mazatlán o las costas de Veracruz. Además, otros 3.800 militares, se encargarán de custodiar las carreteras del país.

El despliegue de fuerza lo completan seis helicópteros, 755 patrullas, 377 camionetas, 10 lanchas y 45 cuatrimotos, según anunció esta semana el secretario de Defensa, Luis Cresencio Sandoval. Las Fuerzas Armadas se ocuparán de la seguridad también de 14 aeropuertos y 42 estaciones de autobuses. La presencia de los militares será constante desde el fin de semana pasado hasta el 16 de abril, las fechas en las que se espera una mayor afluencia de turistas en las costas. México es uno de los 10 países más visitados del mundo y espera ingresar más de 160.000 millones de pesos (unos 8.002 millones de euros) durante la Semana Santa, según la agencia Efe.

Acapulco: ostiones, cerveza y balas
“¿Qué tal están ustedes, se están divirtiendo? Bueno, aquí pasamos a saludarlos, que sepan que estamos para lo que necesiten”, dice uno de los militares que se han acercado a la mesa de la playa La Angosta, donde unos turistas pasan la tarde entre ostiones y cerveza en Acapulco. La costa está llena de soldados y de guardias nacionales que patrullan entre cientos de semanasanteros y, aun así, no han podido evitar los tiroteos que han dejado ya al menos cuatro muertos y otros cuatro heridos en la ciudad.

En el restaurante La Cabaña, en playa Caleta, un lugar popular que en ese momento estaba lleno de visitantes dentro y fuera del agua, el lunes un tiroteo se saldó con al menos cuatro muertos —tres hombres y una mujer— y cuatro heridos, según la prensa local. En la playa Dominguillo fue herido también un trabajador náutico. El fin de semana, un cadáver fue encontrado envuelto en una bolsa de plástico negro en la calle Ejido Las Pozas. Y el viernes, otro cuerpo en avanzado estado de descomposición apareció flotando en la playa privada del hotel de Las Brisas.

Muertos y heridos se mezclan con quienes disfrutan de la playa esta semana de asueto, sin que las balaceras espanten a la gente. Algunas playas de Acapulco, como la Caleta, son muy populares y la gente no encuentra otro espacio mejor para huir del calor húmedo que baña la ciudad entera. Se diría que los lugareños, incluso los de Ciudad de México, saben a qué se exponen, pero se arriesgan dando por bueno el deseo de “no me va a tocar a mí”. Pero las casualidades son cada vez más escasas. Dado el número de balaceras y la presencia de uniformados pasando calor en sus rondines, se diría que cualquiera puede ser blanco, a cualquier hora, de una bala perdida.

El Gobierno desplegó a elementos de la Marina en el Caribe mexicano.

Los lugareños saben que la región está tomada por el crimen organizado. Ubican sus negocios y conocen a la perfección las extorsiones que sufren quienes se dedican a sacar algún dinero vendiendo dulces, mariscos, ropa, hamacas o paseando a la gente por el mar, por ejemplo, en la Banana, como llaman al obús navegable arrastrado por una barquita.

La violencia y la inseguridad apenas hacen mella en la afluencia turística de la ciudad: el miércoles, la ocupación hotelera se encontraba por encima del 73%, según la Secretaría de Turismo del Estado. Sin embargo, hay quien prefiere resguardarse: los negocios cierran muy pronto, algunos a las ocho de la tarde, otros incluso antes, los más osados a las nueve. Y, cuando ha caído el sol y los más jóvenes beben y disfrutan mirando la espuma blanca del agua, los uniformes militares siguen caminando por la arena. No es un día de playa normal, aunque lo parezca. Las armas largas vigilan las olas.

Cancún, hoteles de lujo y ajustes de cuentas
Al otro lado del país, en la costa este mexicana, cuatro cadáveres fueron encontrados sobre la arena de una de las paradisíacas playas de Cancún, frente al lujoso hotel Fiesta Americana Condesa. Los medios locales hablaron de un ajuste de cuentas entre narcotraficantes por el control de la zona. No es la primera vez que la violencia golpea el Caribe mexicano. Las balas perdidas han acabado con la vida de turistas en Tulum, Playa de Carmen y el mismo Cancún. Países como Estados Unidos han instado a sus ciudadanos a “tomar mayores precauciones” en caso de viajar a estos destinos. A pesar de todo, a principios de semana la ocupación hotelera superaba el 80% en la ciudad.

Tras los asesinatos en Cancún y Acapulco, el Consejo Nacional Empresarial Turístico (CNET) ha exigido a las autoridades “asegurar que los destinos turísticos del país sean espacios de seguridad personal, patrimonial y social, tanto para la población local, como para los turistas internacionales y nacionales que nos visitan.” “El país y los destinos turísticos no deben ni pueden seguir viviendo un ambiente de violencia e inseguridad”, ha dicho el organismo.

La Guardia Nacional recorre el puerto de Acapulco.

Como respuesta, el Gobierno de Quintana Roo ha llenado las redes sociales de fotografías de soldados desfilando por sus costas, armados hasta los dientes, perfectamente formados y con uniformes impolutos. Una estrategia de militarización que el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, ya ha empleado anteriormente para combatir la violencia con resultados dispares; en la seguridad de los aeropuertos e incluso en el metro de la Ciudad de México, entre fuertes críticas de la oposición y las organizaciones civiles. Ahora, los militares han desembarcado también en las playas.

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