sábado, 17 de enero de 2026

Como a las tres de la tarde salimos de la región pedregosa pasando a un llano cubierto de arena y matorrales; y, después de refrescarnos en un riachuelo, seguimos en dirección al oeste, mismo de nosotros, hasta que costeamos una alta escarpa que surgía de las pendientes herbosas por medio de las cuales las colinas bajaban gradualmente al llano; al otro lado de esa escarpa, torciendo de nuevo hacia el norte, entramos en un llano a nivel, en cuyo extremo opuesto notamos con gran contento las humaredas de respuesta de los toldos araucanos. En la orilla sudoeste de ese valle, la alta escarpa saliente ocupaba la vista de las montañas boscosas, que, sin embargo, se dejaban ver entre las colinas, cerrando el valle que habíamos cruzado hasta ese punto. En la orilla oriental se alzaba una cadena de colinas yermas y desoladas en las que aparecía aquí y allá un solo guanaco majestuosamente aislado, paciendo la hierba esmirriada. Frente a nosotros, directamente al norte, se extendía una gran laguna en la que penetraban o nadaban numerosos cisnes y flamencos. Al otro lado de ella se veían los toldos de los araucanos en número de diez.

Hicimos alto junto a la cabecera de la laguna, al abrigo de un grupo de arbustos tupidos, a fin de concentrar nuestras fuerzas, ponernos nuestros mejores ponchos y adornos de plata y cambiar de caballo; luego continuamos lentamente hasta cerca de un cuarto de milla de los toldos. Con gran sorpresa notamos que nadie salía a recibirnos; al fin llegó una mujer con la noticia de que todos los hombres habían ido a cazar, pero se les había mandado buscar y llegarían en breve.

Entretanto, nuestras mujeres armaban los toldos sobre una alfombra de hierba sembrada de fresales, cerca de un arroyuelo que separaba nuestro campamento del de los araucanos. Todos desmontaron para descansar del largo viaje de cuarenta largas millas desde la parada anterior y al cabo de una media hora aparecieron los araucanos, galopando como demonios. Como sus mujeres les habían traído ya caballos frescos, estuvieron montados en menos tiempo del que se necesita para escribirlo; y, formados en línea excelente, lanza en mano, se quedaron esperándonos para llevar a efecto la ceremonia de bienvenida. En unos cinco minutos se formaron nuestras filas, y se realizaron entonces el galope, la algazara y los ceremoniosos saludos de costumbre. Me llamó especialmente la atención el porte audaz y honesto de los jóvenes de esa partida, que, vestidos con ponchos de vivos colores, calzones de lienzo limpio y sacos de franela blanca, tenían un aspecto muy civilizado. No eran más que 27 en total, y entre ellos descollaban cuatro hermanos, particularmente guapos, robustos, de tez colorada, que a la distancia, como no podía distinguirse el color de sus ojos, parecían casi europeos.

Al día siguiente de nuestra llegada se reunió un consejo y se llevó a efecto un cambio mutuo de regalos. Entonces hice relación con el viejo jefe Quintuhual, a quien regalé una daga. Este era un hombre bajo, aunque robusto, y de expresión grave, solemne mejor dicho; pero tenía mala fama porque se embriagaba y hacía entonces libre uso del cuchillo o del revólver, se ponía furioso realmente. Por supuesto, era pariente, sobrino según decían, de Casimiro; a pesar de esto, al principio me trató con gran desconfianza, y cuando en respuesta a sus averiguaciones sobre lo que era yo y por qué estaba allí, supo que me encontraba al servicio del cacique de Inglaterra, que quería bien a los indios, pero que estaba visitando esos lugares por gusto solamente, dijo que no era un muchacho para que lo engañaran así no más; pero como hiciera luego una pesquisa privada al respecto, en seguida cambió de tono, se mostró lo más cortés conmigo y no se cansaba nunca de hacerme preguntas sobre Inglaterra y los ingleses.

 

Fragmento del libro “Vida entre patagones” de George Musters

 

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