domingo, 18 de enero de 2026

Al cabo de un tiempo, el consejo se disolvió, pero volvió a reunirse al día siguiente, a la llegada de Crimé, con los diez toldos que se esperaba; y Quintuhual convino al fin en que su partida se uniera a los tehuelches y siguiese, bajo el pendón de Casimiro, hasta Las Manzanas.

El chilote Juan Antonio nos hizo una visita a la tarde y nos dijo que hacía varios meses que la toldería se encontraba en ese lugar, llamado Esgel-kaik; los hombres habían estado ausentes, cazando primero al guanaco cachorro y apresando y amansando después animales vacunos en la cordillera. Según su relato, esos indios eran muy diestros para manejar el lazo y galopaban a través de las selvas cazando animales de la manera más maravillosa; solo se requería un hombre para tomar y asegurar un animal, después de lo cual seguía en busca de otro. ¡Cuán lejos estaba eso de nuestro terrible fracaso, cuando siete hombres no habían podido enlazar ni un animal siquiera! Dijo, además, que durante los dos últimos años habían estado ocho valdivianos ocupados en cazar animales vacunos junto con los indios de Foyel, que estaban a unas pocas marchas de distancia hacia el norte; y que, como habían logrado formar ya una manada como de ochenta cabezas, pensaban regresar en breve a Valdivia.

Al tercer día de nuestra llegada visité los toldos de nuestros nuevos aliados; y, mientras conversaba con uno de los principales indios llamado Malakú, que podía hablar un poco el español, se me preguntó si sabía componer armas de fuego, y me presentaron dos o tres tipos muy antiguos de pistolas y trabucos de chispa cuyas llaves estaban aseguradas con madera. Media hora de trabajo bastó para ponerlas en regla, lo que alegró mucho a los propietarios, que me ofrecieron tabaco y otros artículos que rechacé, aceptando a cambio un cuero para hacer un pequeño lazo.

Después de despedirme de mis nuevos amigos, diciéndoles no “adiós” sino “hasta más ver”, volvía a nuestro campamento cuando me llamaron de un toldo donde estaban sentadas cuatro mujeres cosiendo mantas. Una de ellas, vieja y fea, que parecía ser de la tribu pampa, hablaba el español y me dijo que había estado antes en el río Negro con el cacique Chingoli. Actuaba como intérprete de las otras, tres muchachas altas y rollizas, hijas de un hermano de Quintuhual que era capitanejo de la partida. Estaban espléndidamente vestidas con ponchos de varios colores, y habían ceñido con pañuelos de seda sus cabellos finos y brillantes, divididos en dos largas trenzas, que hacían resaltar encantadoramente sus rostros frescos y despejados. La primera pregunta que me hicieron fue de dónde procedía. Al responderles: “Del lado de donde sale el sol”, preguntaron si no hacía allá mucho calor. Después preguntaron si había estado alguna vez arriba del cielo, si no había muerto y resucitado, si Casimiro no había muerto y regresado otra vez, y varias otras cosas por el estilo.

Una vez que hube satisfecho su curiosidad lo mejor que pude, estaba fumando una pipa cuando llegó Juan Antonio con el recado de que Quintuhual quería verme en su toldo. Al llegar allá se me hizo sentar sobre un poncho y estuve conversando con el viejo jefe durante media hora; después de eso, el cacique me regaló una jurga, que los tehuelches llaman lechu, especie de frazada hecha por las mujeres, parecida al poncho, con la diferencia de que no está hecha de dos piezas con una abertura para pasar la cabeza, sino que es enteriza. Era completamente nueva, acababan de terminarla sus hijas.

Después de una buena comida, fuimos a ver las carreras, pues se había concertado un gran partido entre las tribus. La carrera era como de cuatro millas, y su resultado fue un triunfo para los tehuelches. Ambos bandos habían apostado fuertemente por sus favoritos, y, como en esa ocasión las damas habían tenido una parte importante en las apuestas, los tehuelches estaban muy contentos, porque habían ganado de las bellas araucanas muchos valiosos mandiles y lechus. A la tarde se hizo una gran fiesta, con tienda de mandil y baile.

Cerca de ese lugar había una cantidad de plantas de papa silvestre y las mujeres acostumbraban salir por la mañana temprano para volver a la tarde con sus caballos cargados. Los tubérculos eran los más grandes que había visto yo entonces, y se parecían mucho, por su aroma, a la batata. La manera corriente de cocinarlos era hervirlos en una olla, colocándose encima de todo un terrón de arcilla para que el vapor no saliera.

Hicimos una parada de ocho días en Esgel-kaik, divirtiéndonos en correr carreras y en visitar a los araucanos; y pasamos, en fin, una temporada muy agradable con el único contratiempo de la enfermedad de Crimé, cuyo estado empeoraba gradualmente.

La víspera de nuestra partida, Jackechan y el Zurdo dijeron que, como temían una reyerta y querían mantenerse ajenos a toda lucha, no nos acompañarían hasta Las Manzanas, pero se proponían seguir en dirección al Chubut y enviar un mensajero a la colonia galesa. De modo que aproveché inmediatamente esa oportunidad para enviar una carta a Lewis Jones pidiéndole cierta provisión de yerba, tabaco y azúcar.

El 5 de febrero se levantó todo el campamento; Jackechan y dos toldos salieron hacia el noreste, y el resto, que formaba entonces un largo tren, emprendió la marcha hacia el norte casi directo. Antes de partir, Jackechan envió a nuestro toldo a una de sus mujeres y a su hijo menor, que se había apegado a mí estrechamente, poniéndolos bajo la guarda del padre de ella, Kai Chileno. El Zurdo me había instado para que me agregara a esa pequeña partida, y por un tiempo estuve vacilando, pero pensé que lo mejor era seguir con Casimiro para hacer una visita a Cheoeque y a la muy ponderada Las Manzanas, donde los indios iban a encontrar, según preveían, bastante fruta y bastante bebida. Una vez fuera de Esgel, el carácter de la región se transformó. Ya no atravesábamos pampas con su terrible monotonía; viajábamos por valles a nivel, de dos o tres millas de extensión, regados por riachuelos bordeados de árboles achaparrados y en los que abunda la caza.

 

Fragmento del libro “Vida entre patagones” de George Musters

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