Un gobierno fracturado y sin reflejos hunde al país en el desconcierto

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La acusación de los fiscales contra Cristina Fernández de Kirchner dejó desconcertados a los kirchneristas y desorientado al resto del peronismo.

El discurso de la vicepresidenta demostró que carece de respuestas puntuales referidas a cada uno de los cargos, pero que en esa situación a la que no está acostumbrada perdió también su tradicional destreza oratoria. Así se explican las referencias autoincriminatorias a Néstor Kirchner y a José López, por ejemplo, pero sobre todo, el intento absurdo de querer rebatir a los fiscales con falacias, descalificaciones e, incluso, pretender involucrar a todo el peronismo en un expediente que tiene nombres propios y documentación sobre hechos concretos.

Las amenazas de Andrés Larroque o de Luis D’Elía o las defensas apocalípticas de figuras mediáticas con militancia rentada no se tradujeron en una movilización masiva como ella hubiera soñado.

Las movilizaciones, salvo cuando son espontáneas, son un instrumento desgastado y poco creíble. Esto no quita la posibilidad de que una marcha desenfrenada de simpatizantes, aunque fuera poco numerosa, podría derivar en enfrentamientos callejeros, propios de una sociedad hastiada. El problema es que el kirchnerismo cultiva los desbordes verbales y, al menos ayer, en la calle también.

Esta situación emocional parece el preludio de una crisis institucional más grande que la de 2001. Las andanadas de críticas contra la Justicia como institución no son fruto solo de la impotencia del kirchnerismo frente a las causas por corrupción. La idea de «lawfare», la invención del «partido judicial» y el supuesto de que los jueces y fiscales que no los absuelven a ellos es «porque responden a Mauricio Macri y a los poderes concentrados» expresan una idea política arraigada en la ex presidenta y en la usina del Instituto Patria. En la feria del Libro de 2019, cuando presentó su autobiografía autorizada, Cristina Kirchner habló de un cambio de Constitución. No de una reforma, sino de un cambio de sistema. En ese cambio, el Poder Ejecutivo se convertiría en una autocracia, sin controles de la Justicia ni de auditoría alguna, y el Congreso, en una escribanía sin capacidad de decisión. Los populismos de derecha e izquierda piensan así la organización del Estado, que no es más que una regresión a las monarquías absolutas, envuelta en un manto de mesianismo redentor.

Esa es la idea. La mediocridad de la política argentina facilita el camino para que haya un avance lento en esa dirección.

Esa mediocridad tiene hoy su máxima expresión en la conducta del presidente Alberto Fernández, desencajado desde hace un año, cuando la derrota del Frente de Todos en las PASO puso sobre la mesa el papel decorativo que le toca cumplir. Nunca creyó que era presidente. Luego de una incursión televisiva donde insinuó un paralelismo entre el fiscal Diego Luciani y el asesinado Alberto Nisman, inventó desmentir lo que estaba a la vista de todos y respondió a una necesaria advertencia del Procurador con una carta que muestra incapacidad para comprender la dimensión de su investidura y la gravedad de la frase: «Nisman se suicidó y espero que Luciani no haga lo mismo».

Frente a semejante debilidad de liderazgos, es difícil prever cuál será la reacción del peronismo, que es mucho más que la minoría kirchnerista.

Porque detrás de esta controversia que toca a la médula del sistema, el verdadero problema de todos es la inflación. El «ajuste», desordenado y caótico, pero ajuste al fin, empezó con la renuncia de Martín Guzmán. Por más que quieran tomar distancia de la mala noticia el PJ bonaerense con Máximo Kirchner a la cabeza, Axel Kicillof y toda esa franja de dirigentes con escasa vida propia, esta vez saben que deberán hacerse cargo. Porque el ajuste lo produce la inflación, la falta de dólares y una economía inercial sin conducción clara después de tres años.

Y la inflación es indisimulable e insobornable: se corrige o no se corrige.

Massa con el G7 y EEUU

El ministro Sergio Massa dedicó la última semana a guardar silencio sobre la cuestión judicial y se reunió con los embajadores de los países del G-7 (Alemania, Japón, Estados Unidos, Francia, Canadá, Italia y el Reino Unido). Fue en una cena en la embajada alemana. Oficialmente, se informó que la conversación giró en torno a inversiones provenientes de esos países y de las posibilidades que ofrece la Argentina como proveedor de alimentos y energía. Ese potencial es reconocido universalmente, solo que dos décadas de pésimas políticas, negocios oscuros y enfrentamientos de tenor clasista (especialmente con el campo) han frenado el desarrollo de ambos rubros. En energía, pasamos de ser un país exportador a uno dependiente, con un déficit que desestabiliza las cuentas del Estado y una demanda de importación de fluidos que seca de divisas al Banco Central.

Eso evidenciaron los embajadores al reclamar al ministro que «se destraben importaciones, mayor seguridad jurídica en el país y un panorama claro en términos de inversiones».

Massa, a su vez, viajará en los próximos días a los Estados Unidos para reunirse con la directora del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Giorgieva, con funcionarios del Gobierno de Joe Biden y con ejecutivos de las petroleras Chevron, Exxon, Shell y Total, la automotriz Volkswagen, las mineras Rio Tinto y Livent y el grupo Amazon, entre otras. También se reunirá con el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Mauricio Claver Carone y con el Director Gerente del Banco Mundial, Axel van Trotsenburg. Buscará lograr acuerdos de financiamiento, préstamos e inversiones. Pero la gran urgencia es cubrir la carencia de divisas.

Al borde del abismo

Massa es ministro de Economía, pero su rol debe ser apaciguar la política. Los espectáculos del kirchnerismo en estado puro brindados en esta semana no lo ayudan para nada. El monólogo de Máximo Kirchner, el viernes en la UOM de Avellaneda, solo alimenta la desconfianza de las potencias occidentales.

Al mismo tiempo, la Cancillería, decididamente inclinada a alinearse con China y su bloque, esta semana buscó el apoyo de tres presidentes latinoamericanos de perfil populista y alentó a los embajadores K para que se unieran al coro oficialista de críticas a los fiscales.

Cuando no hay política nacional, tampoco puede haber política exterior. Massa y Santiago Cafiero actúan como cancilleres paralelos. O de distintos países.

Y este es el nudo de la crisis de institucionalidad. Para defender los intereses de una persona, un oficialismo debilitado trata de erosionar la independencia de los poderes, e intenta avanzar hacia un cambio de sistema. Al mismo tiempo, trata de conseguir ayuda en las potencias tradicionales mientras se profundiza la grieta política y social y la inflación continúa su marcha arrasadora.

Pocas veces en nuestra historia el escenario ha sido tan incierto como el actual.



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