sábado, 28 de febrero de 2026
Estación cañadón Lagarto – Foto: Flia Fernández

En un camioncito Rugby de 1.000 kilos, sin cabina ni parabrisa, iba a la estancia “La Elisa” de los hermanos Ibarguren a cargar lana, cuando alcancé a ese hombre joven que marchaba lentamente a pie camino arriba. Sin que me “hiciera dedo”, al estilo de hoy, lo invité a subir, lo que hizo de buena gana. Un atadito de unos tres kilos era todo lo que llevaba como pilchas. Le hice algunas preguntas de rutina que contestó con pocas palabras y voz ligeramente afeminada, diciéndome que venía del lado de Camarones. De reojo observé su vestimenta bastante limpia y por la camisa de hilo grueso que vestía me di cuenta que venía de la cárcel de Rawson, donde yo había estado unos meses antes.

Me hice el desentendido porque aún en el caso de ser un delincuente no podía ser peligroso en el camino. Aún no era moda en ese año de 1929 el matar traicioneramente con bombas o ametralladoras a una o varias personas a quienes ni siquiera se conocía y sin más pretexto que el de tener odio a otras también desconocidas. Al llegar a La Mata, mientras mis familiares nos preparaban comida a la minuta, él se hizo cargo del mate, haciéndolo bien, en silencio y como con miedo de incomodar, sin más palabras que algunos humildes pedidos de disculpa por cualquier trivialidad. Mateó con ansias, luego comió con igual entusiasmo, pero con bastante clase, y seguimos viaje. Cuando llegamos a Holdich, en el Hotel del vasco Oyarzábal, donde había dicho que se quedaría, le dije que le pagaría dos pesos si me acompañaba hasta “La Elisa” para ayudarme a cargar, lo que aceptó muy gustoso porque quizá no tenía plata para el hotel. Una vez en “La Elisa” cargamos con ayuda del puestero a cargo del campo, y luego de tener un aparte con el mismo, me dijo mientras tomábamos mate, que se quedaría en el lugar, ya que el puestero le había dicho que los Ibarguren tenían algunos potros para domar y los iba a esperar para pedirles la changa de la doma. Le pagué los dos pesos y emprendí el regreso.

Cuando regresé tres días más tarde, lo encontré en la cocina del solitario puesto, trabajando sogas de un cuero de vacuno que le había dado Ibarguren para que se armara el recado necesario para domarle los potros. Sin muchas palabras me cebó mate y preparó un churrasco mientras aguardábamos la llegada del puestero que nos ayudara a cargar la lana.

No quiso cobrarme su ayuda porque ya se hallaba en su elemento por lo tanto en condiciones de retribuir servicios. Dejé de verlo por unos meses durante los cuales comenzaron a circular por las zonas inmediatas rumores, mentas y quejas por parte de los pobladores de la región que va desde Río Chico hasta El Mangrullo, sobre procederes del Gaucho Relámpago; alguna cerdeada de yeguas ajenas, ensilladas de caballos de otros. No eran cosas graves éstas que circulaban de boca en boca, pero eran correr chulengos; tranqueras que se dejaban abiertas con la consiguiente mezcla de ovejas; algún alambrado cortado para no perder tiempo en la persecución del chulengo; desaparición de algún capón que tenía buen cuero para cojinillo; a veces algún potro muerto para sacarle la parte del cuero buena para tientos o algún pequeño fuego en el campo que luego, por no haber sido bien apagado, provocó un incendio de pastos. Esas eran las denuncias que se hacían en contra del Gaucho Relámpago. Pero nadie podía tomarlo in fraganti por su gran habilidad para escurrirle el bulto incluso a la policía del Cañadón Lagarto, Holdich y Bahía del Fondo. El siempre andaba bien montado y la policía en unos matungos bichocos. En alguna oportunidad hasta se tiroteó con ellos sin que pudieran verle la cara. Supe que el Gaucho Relámpago era el hombre que yo había llevado a “La Elisa”, porque el vasco Ibarguren me lo dijo un día que conversábamos sobre el mismo, y me recalcó: “¡Pucha, che!… También vos nos traes a cada uno… No sé cómo te arreglás para encontrarlos!”. Más tarde nos encontramos algunas veces en los boliches de la campaña. Siempre me saludaba muy atento y me pagaba la vuelta de copas. Los pobladores presentes lo miraban “como quintero a la hormiga”, cosa que el gaucho disimulaba muy bien, pero como no tenían ninguna prueba en contra, debía soportarlo y tratar de poner buena cara. El, con su vocecita medio aflautada, se hacía el infeliz y solamente si veía a la policía “se hacía perdiz”. Por otra parte, los hacendados preferían tenerlo cerca, porque así lo veían y podían vigilarlo. Le tenían miedo cuando no lo veían.

Así andaba el Gaucho Relámpago, con sus mentas, mañas y escapadas. No había forma de librarse de él hasta que dio con la horma de su zapato. Alternativamente en Holdich, Pampa del Castillo y Cañadón Lagarto estuvo establecida con negocio de expendio de bebidas y hotel, una mujer. No era bonita: peticita, gorda y morocha muy cargada. Higiénica hasta la exageración, la limpieza brillaba en su negocio sin admitir el más mínimo atentado contra la misma. Tenía cara “de pocos amigos” y su genio era bien endiablado, pero era muy seria y servicial, por lo que gozaba del aprecio y respeto general. Era casada, pero por razones de trabajo su marido estaba casi siempre ausente. No toleraba bromas groseras.

Cierta noche, en tren de farra, se hallaba junto al mostrador de su negocio el Gaucho Relámpago, el Gaucho Alambre, el paisano Barba Espina y varios parroquianos más. La caña o la ginebra son recomendables para el frío, pero malas consejeras para el cerebro, y después de varias copas el Gaucho Relámpago, normalmente parco y cauteloso le hizo algunas bromas a la patrona, que ésta consideró ofensivas y lo llamó al orden. Los demás rieron discretamente y Relámpago, que se sintió humillado, repitió la broma y por sobre el mostrador pasó la mano por la cara de la mujer, que lo había invitado a retirarse. No fue necesario más: la mujer masculló un insulto y dio media vuelta metiéndose en su dormitorio.

Los demás parroquianos le avisaron en voz baja al gaucho que se fuera de inmediato porque la patrona era “de pocas pulgas”. Pero Relámpago no quiso marcharse en una ridícula disparada ruidosa, “como gallo sorprendido en la cocina”, sino en una honrosa retirada lenta, como la de quien no tiene miedo. A tranco lento, pero observando con disimulo por un espejo de la pared para ver si la mujer furiosa aparecía de regreso en la puerta, salió a la calle ya oscura, y una vez afuera, se detuvo con aparente tranquilidad y encendió un cigarrillo, llevándolo a la boca mientras le arrimaba el fósforo.

Pero la mujer no salió por la puerta de su dormitorio que daba al negocio, sino por una salida lateral que daba a la calle, cosa que el gaucho no esperaba. Pese a la oscuridad reinante, ubicó al Gaucho Relámpago a unos veinte metros de distancia y guiándose por la luz del fósforo encendido, buscó el blanco.

La detonación del revólver calibre 38 repercutió ruidosa en ese poblado de cinco o seis casas, y el cigarrillo, que en ese momento encendía con parsimonia el gaucho, voló pulverizado en mil chispas que se esparcieron por el aire. La bala, dirigida con toda la mala intención, había dado en el cigarrillo que el hombre tenía en los labios; o tal vez al oír la detonación y el zumbido del proyectil que le pasó rozando la cabeza, el Gaucho Relámpago, con instintivo y veloz movimiento de las manos y la boca, hizo añicos el cigarrillo y el fósforo. Al punto dejó de lado todo disimulo y emprendió una franca y veloz disparada campo afuera, hacia donde dejaba el caballo listo para alguna eventualidad como la de ahora. Corría encogido y gambeteando para ofrecer menos blanco en la oscuridad y otra bala que picó en tierra cerca de él, le dio mayores bríos y velocidad. Sin verse, se oían sus veloces pies en el pedregullo suelto de Cañadón Lagarto, de inmediato el ruido que hizo al estrellarse contra un cerco de alambre, y al minuto el galope apurado de su caballo -que siempre tenía ensillado- que lo alejaba velozmente.

Por la puerta de su dormitorio la mujer entró de nuevo al negocio, ya sin el revólver y tranquila. Mientras limpiaba el mostrador con el repasador, dijo sin mirar a nadie: “Me agarró con la buena y con mal pulso ese gaucho sinvergüenza. De lo contrario ya no iba a hacer más de las suyas”. Y todos los concurrentes comenzaron a hablar mal del Gaucho Relámpago, que, en esos momentos, encogido sobre el recado de su caballo para hacer menos bulto, y guiado en la oscuridad por el instinto del animal, hacía zumbar el aire desplazado por su velocidad.

Ya ni siquiera se atrevería a castigar a su pingo con el rebenque por temor a que el sonido de la lonja pudiera servir para orientar un nuevo disparo del temible revólver de la Violeta. Sólo se atrevía a talonearlo en las verijas con energía y rapidez, a la vez que, con voz baja y nerviosa, lo incitaba en su carrera.

 

Texto del libro “Caminos y rastrilladas borrosas”, de Asencio Abeijón.

Material proporcionado por la Biblioteca Municipal Domingo Sarmiento de Puerto Madryn

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