sábado, 4 de abril de 2026
La crucifixión de Jesús representada por Van Eyck en esta pintura, era casi sin duda una medida romana, respaldada por la élite del Templo, para destruir cualquier amenaza mesiánica al statu quo.

Jesús salió de Jerusalén por última vez, giró a la izquierda por la Puerta de Gennath (Los Jardines), cruzó una zona de jardines ondulados y tumbas excavadas en la roca y llegó a la colina de la ejecución, un lugar que llevaba el muy adecuado nombre de “El Cráneo”: Golgota.

Esta ruta es completamente diferente a la tradicional Vía Dolorosa. La Puerta de Gennath, mencionada por Josefo, fue identificada por el arqueólogo israeli Nahman Avigad en la zona norte del barrio judío, en una sección de la primera muralla. Durante el período musulmán, los cristianos se equivocaron al creer que la fortaleza Antonia era el Praetorium donde Pilato había juzgado a Jesús. Los monjes franciscanos medievales desarrollaron la tradición de las estaciones de la cruz a lo largo de la Vía Dolorosa, desde la ubicación de la fortaleza Antonia hasta la iglesia del Santo Sepulcro, casi sin duda la ruta equivocada. Gólgota deriva del arameo «cráneo», y Calvario del latín calva «cráneo».

Una multitud de amigos y enemigos siguió a Jesús hasta la salida de la ciudad a fin de presenciar el macabro y técnico entretenimiento de la ejecución, un espectáculo que siempre fascinaba. Por la mañana, a su llegada al lugar de la ejecución, encontró que el poste que le esperaba ya estaba levantado: sin duda lo habrían usado antes, y lo utilizarían también después de él. Los soldados le ofrecieron a Jesús la tradicional bebida a base de mirra y vino que calmaba los nervios, pero él la rechazó, tras lo cual lo fijaron al travesaño y lo subieron al poste.

La crucifixión, explica Josefo, era «una destrucción muy miserable», concebida para degradar públicamente a la víctima. Por ese motivo Pilato ordenó que se añadiera a la cruz de Jesús el letrero «rey de los judíos». Las víctimas podían ser atadas o clavadas, y era necesaria una gran habilidad para garantizar que las víctimas no se desangraran hasta morir. Los clavos se solían insertar en los antebrazos, no en la palma de las manos, y en los tobillos: en una tumba al norte de Jerusalén se han hallado los huesos de un crucificado judío con un clavo de hierro de quince centímetros clavado en un tobillo. Entre judíos y gentiles por igual se había extendido la costumbre de llevar colgado del cuello un clavo de una víctima de crucifixión a guisa de amuleto para ahuyentar las enfermedades, así que, en realidad, la posterior veneración de reliquias de la crucifixión ya formaba parte de una antigua tradición. Las víctimas solían ser crucificadas desnudas, los hombres de cara al exterior, las mujeres de cara al interior.

Los verdugos eran expertos en el arte de prolongar la agonía, y también en el de terminar con ella rápidamente. El objetivo consistía en no matar a Jesús demasiado deprisa, demostrando de este modo la inutilidad de desafiar el poder de Roma. Lo más probable es que lo clavaran a la cruz con los brazos extendidos, tal como muestra el arte cristiano, sostenido por una pequeña cuña, sedile, bajo los glúteos y un pequeño saliente, suppedaneum, bajo los pies. Este arreglo significaba que el crucificado podía sobrevivir horas, incluso días. El medio más rápido y expeditivo de provocar la muerte consistía en romperle las piernas al condenado, el peso del cuerpo lo soportaban entonces sólo los brazos y la víctima solía morir asfixiada en diez minutos.

Las horas pasaron; sus enemigos se burlaron de él y los transeúntes le insultaban. Su amiga María de Magdala permaneció en vigilia junto a su madre María y el anónimo «discípulo a quien él amaba», posiblemente su hermano Santiago. Su seguidor, José de Arimatea, también le visitó. El calor del día llegó y se marchó. «Tengo sed», dijo Jesús. Sus seguidoras empaparon una esponja en vinagre e hisopo y se la alzaron hasta los labios en el extremo de una vara para que pudiera sorber la esponja. En algunos momentos pareció caer en la desesperación: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», exclamó, citando la escritura pertinente, el salmo 22. Ahora bien, ¿qué quiso decir al exclamar que Dios le había abandonado? ¿Acaso Jesús esperaba que Dios desencadenara el Final de los Días?

Ya bastante debilitado, vio a su madre. «Mujer, aquí tienes a tu hijo», le dijo, y le pidió al amado discípulo que la cuidara. Si se trataba de su hermano, ese gesto tiene sentido, puesto que el discípulo escoltó a María y la acompañó a descansar. Tal vez la multitud se dispersara. Cayó la noche.

La crucifixión era una muerte lenta por calor, hambre, asfixia, postración o sed, y es probable que Jesús sangrara además a consecuencia de la flagelación. De repente, suspiró. «Todo se ha cumplido», dijo, y perdió la conciencia. Dada la tensión en Jerusalén y la inminente celebración de la Pascua y del Sabbat, parece posible que Pilato ordenara a sus verdugos que aceleraran las cosas. Los soldados les rompieron las piernas a los dos ladrones o rebeldes, permitiéndoles morir asfixiados, pero al llegar a Jesús, les pareció que ya estaba muerto, y «uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y enseguida brotó sangre y agua».

José de Arimatea corrió al Praetorium a pedirle a Poncio Pilato el cuerpo. En general, se solía dejar que las víctimas se pudrieran en sus cruces pasto de los buitres, pero los judíos creían en la rápida inhumación. Pilato aceptó.

En el siglo I, los muertos judíos no se enterraban bajo tierra, sino que, tras cubrirlos con un sudario, eran colocados en una tumba en la roca que su familia siempre controlaba, en parte para asegurarse de que el muerto estaba en efecto muerto y no simplemente comatoso: aunque no era muy frecuente, había ocurrido en alguna ocasión que a la mañana siguiente los familiares encontraran despierto al «muerto». Los cuerpos se dejaban entonces secar durante un año y a continuación se colocaban los huesos en un osario, una caja que solía llevar el nombre grabado en el exterior, y el osario, en una tumba excavada en la roca.

 

Texto de “Jerusalén, La Biografía” – Simón Sebag Montefiore

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