
Cuando se instaló en Salinas Grandes, Calfucura mandó embajadores a todas partes. Los muluches [guluche] representados por el cacique Mañil no tuvieron inconveniente en declararse partidarios de la causa de Calfucura […] Y mientras unos iban, otros venían atraídos por la abundancia que se conseguía y la facilidad con que se adquirían los animales. Muchos padres de familia se trasladaron con todos sus deudos para establecerse en la Pampa y en el acto entraron a ser beneficiados con raciones. De este modo hubo por años una inmigración numerosa. Viejos, mozos y mujeres se empeñaron por conocer estas tierras que, según iban las noticias, les encantaban. Hubo migraciones hacia dos puntos; unas hacia los rankülche y otras hacia lo de Calfucura (Pavez, 2008:87-88).
Es tan curiosa la historia de Avendaño que merece dedicarle un par de párrafos. Oriundo de San Luis, fue secuestrado por un malón de los rankülche a los siete años, el 15 de marzo de 1842. Un cacique de nombre Caniu lo crió como a un hijo, enseñándole los usos y costumbres de su tribu. También su lengua, el mapuzugun. No obstante, en noviembre de 1849, a la edad de catorce años, Avendaño se fugó de las tolderías. Siete días cabalgó para reencontrarse con su familia, atravesando tras vivir diversas penurias las provincias de La Pampa y San Luis. Pero lo suyo sería saltar del sartén al fuego.
Una vez en Buenos Aires, a causa de una infracción mínima, es apresado y confinado a la cárcel de los cuarteles de Palermo. A cambio de su libertad fue obligado Manuel de Rosas como “Intérprete Oficial del Ejército”. Su labor a servir a las órdenes de Juan sería parlamentar con los caciques.
Murió a lanzazos en noviembre de 1874, cuando se desempeñaba como secretario del cacique Cipriano Catriel, este último aliado clave de los argentinos en su guerra contra Calfucura. Ambos fueron atados codo con codo y ejecutados en Olavarría durante la sublevación que encabezó el hermano del lonko, Juan José Catriel.
Pese a su historia de vida, Avendaño siempre defendió a las tribus “tierra adentro”. Y rebatió cuanto pudo la leyenda negra de salvajismo que pesaba sobre ellas. Sus memorias son una postal nítida de la cotidianidad, los ritos, las costumbres, los malones y las alianzas que se tejían entre caciques cual tablero de ajedrez.
De su vida bajo las órdenes de Rosas, en cambio, describe en detalle azotes, fusilamientos sumarios y decapitaciones de decenas de presos por caprichos de jefes militares y del mismo gobernador de la provincia de Buenos Aires, de quien delinea un colorido perfil.
Fragmento del libro “Historia secreta Mapuche”, de Pedro Cayuqueo
