lunes, 15 de junio de 2026
Saladero de Rosas “Las Higueritas”, uno de los primeros y más importantes que proliferaron en las afueras de Buenos Aires

Desde 1810 en adelante los hacendados porteños habían sumado otras actividades a las exportaciones tradicionales de cueros. Los saladeros aparecen en la banda occidental del Río de la Plata en el año de la Revolución. En dichos establecimientos se aprovechaba toda la res, cuero, carne, sebo y astas, a excepción de las achuras que se regalaban. La carne salada, rica en proteínas, se enviaba al Brasil y a Cuba para alimento de los trabajadores esclavos.

Hacia 1820 los estancieros saladeristas de Buenos Aires, algunos de ellos ingleses, constituían un importante grupo de presión. ¿Pero cuáles eran entonces las aspiraciones de la gente de orden?

Orden significaba para los estancieros que toda persona que circulara por la campaña llevara la papeleta de conchabo, es decir, demostrara que trabajaba para un patrón. Que no hubiera vagos y malentretenidos en los pagos rurales como ocurría en los terrenos bajos, infectados por malhechores y que el paisanaje no se distrajera boleando avestruces o corriendo tras un venado. Modelo de administración rural de esa época eran Los Cerrillos, de Rosas y Terrero, en Monte, y las estancias de los Anchorena al sur del Salado que se manejaban por pautas severas que todos debían cumplir. En cambio, otro tipo de establecimiento, propiedad de Francisco Ramos Mexía, que entablaba relaciones paternalistas con los indios, había padecido los avatares de la guerra civil.

Los partidarios del orden en la campaña pretendían que se fundaran algunas nuevas poblaciones fortificadas para avanzar en tierra de indios. El establecimiento de Dolores, 1817, de Fuerte Independencia (hoy Tandil, 1823) y de la Fortaleza Protectora Argentina (hoy Bahía Blanca, 1828) permitieron multiplicar la oferta de campos en condiciones de ser distribuidos en alquiler y a muy bajo precio.

Estos avances no fueron pacíficos. Los indios defendieron palmo a palmo su territorio. Las tribus que al principio de la Revolución habían mostrado buena disposición hacia el nuevo gobierno, porque “era de indios como ellos”, reiniciaron la guerra fronteriza en 1819. Los errores cometidos por el gobernador Martín Rodríguez en su lucha contra los caciques, al confundir a amigos con enemigos, generaron revanchas y nuevas invasiones. Pero el avance sobre las tierras fértiles continuó y las estancias ocuparon una extensión de más de 100.000 km².

Entre 1826 y 1830, gracias a la enfiteusis, 538 personas habían recibido 8 millones de hectáreas. Los favorecidos eran familias de grandes comerciantes de la capital que advertían el futuro económico del negocio ganadero; entendían que, si se limitaban, como hasta entonces, al negocio de exportación e importación, corrían el riesgo de empobrecerse. Había mucha competencia y las guerras y bloqueos entorpecían el tráfico. Por otra parte, la crisis de moneda metálica que padecía el país luego de la separación del Alto Perú hizo que Buenos Aires recurriera al poco confiable papel moneda. Ante semejante cuadro de inestabilidad, los bienes raíces, tierras y ganados resultaban muy atractivos. Una baja inversión inicial daba altos rendimientos.

 

Texto de: “La Argentina – Historia del país y de su gente” María Sáenz Quesada

 

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