Con apenas 20 años, Samuel dejó Trevelin para instalarse en Comodoro Rivadavia y perseguir su sueño de convertirse en bioquímico. Para afrontar los gastos de la vida universitaria y mantenerse lejos de su familia, sale a vender tortas fritas en la calle, una historia de esfuerzo que conmovió a vecinos y comenzó a multiplicarse en las redes sociales.
A miles de jóvenes del interior del país les toca enfrentar un desafío que va mucho más allá de aprobar exámenes o rendir finales. Mudarse, encontrar una vivienda, administrar los gastos y sostenerse económicamente suele convertirse en una prueba tan exigente como la propia carrera universitaria. Esa realidad es la que vive Samuel, un joven oriundo de Trevelin que decidió instalarse en Comodoro Rivadavia para estudiar Bioquímica y que hoy financia parte de sus estudios vendiendo tortas fritas.
Con apenas 20 años, el estudiante tomó la decisión de dejar atrás la tranquilidad de la cordillera para apostar por su formación profesional. Como tantos jóvenes de la región, eligió migrar hacia una ciudad con oferta universitaria para construir un futuro ligado a la ciencia y la salud.
Sin embargo, el sueño universitario implica costos que muchas veces resultan difíciles de afrontar para las familias. Alquiler, transporte, materiales de estudio, alimentos y servicios forman parte de una larga lista de gastos que se acumulan mes a mes. Frente a esa realidad, Samuel encontró una alternativa tan sencilla como digna; elaborar y vender tortas fritas para generar ingresos propios.

La imagen del joven ofreciendo sus productos en la vía pública comenzó a llamar la atención de vecinos y transeúntes de Comodoro Rivadavia. Detrás de cada bolsa vendida no hay solamente una búsqueda de sustento económico, sino también el deseo de continuar estudiando y no abandonar una meta construida con años de esfuerzo.
Su historia rápidamente despertó empatía entre quienes conocen las dificultades que implica estudiar lejos de casa. Muchos estudiantes patagónicos atraviesan situaciones similares y combinan cursadas con trabajos temporarios, emprendimientos o changas para poder sostener su formación académica.
En el caso de Samuel, la venta de tortas fritas representa mucho más que una fuente de ingresos. Es una herramienta para mantener vivo un proyecto personal y profesional. Cada jornada de trabajo se transforma en una inversión para continuar avanzando en una carrera exigente como Bioquímica, una disciplina fundamental para el desarrollo de la salud, la investigación científica y los análisis clínicos.

Su historia también refleja el espíritu solidario que caracteriza a muchas comunidades de la Patagonia. A medida que su caso comenzó a difundirse, vecinos y clientes habituales decidieron acompañarlo comprando sus productos, compartiendo su historia o acercándole palabras de aliento.
Con esfuerzo, sacrificio y una enorme voluntad de progreso, el estudiante continúa trabajando para alcanzar una meta que, aunque demandante, mantiene intacta; convertirse en profesional y construir un futuro a partir del conocimiento.

Más allá de los números, las ventas o las dificultades cotidianas, la historia de Samuel pone en valor algo esencial; la determinación de no rendirse. Porque detrás de cada torta frita que vende hay horas de estudio, sueños por cumplir y la convicción de que el esfuerzo de hoy puede convertirse en la oportunidad de mañana.

