domingo, 5 de julio de 2026
Después de un largo viaje en chata, los viajeros recalaban en el Deposito Progreso de Don Belarmino Menéndez.

En una oportunidad, en la zona de El Tordillo, varios carreros habían acampado cerca de una aguada, con una rinconada de barrancas, donde bebían y luego se echaban a descansar las ovejas. Una gran tentación. A la hora de la siesta, hora en que, debido al calor, difícilmente los hacendados salen a recorrer el campo, los carreros aprovecharon para carnear dos animales. Cuando las seis personas que componían la tropa se hallaban cargando en las chatas los animales robados, vieron de improviso a un jinete que, a toda rienda de su caballo, avanzaba hacia ellos, llevando un Winchester atravesado en el recado, como listo para usarlo. Se sobresaltaron, en la seguridad de que el jinete los embestiría con el caballo y quizá les disparara el arma, y se arrimaron contra las chatas para evitar la embestida. Ya sobre ellos, el hombre sofrenó de golpe su caballo, levantando polvareda que los envolvió a todos. De inmediato, con voz potente y amenazadora y sin desmontar, los encaró diciéndoles: – ¡Ustedes son argentinos o son chilenos? -Solo había un argentino, pero todos respondieron, tímidamente: – ¡Somos argentinos!

Entonces el bravío jinete dio vuelta el caballo para alejarse, mientras gritaba: -¡Ah bueno! ¡Porque si hubieran sido chilenos, ya los iba a arreglar yo! -Y se alejó.

Después supieron que era Landa, un puestero a sueldo, español, al que llamaban el Vasco Navarro, y que se caracterizaba por los arranques de fanfarronería, válido de su cara de malo.

En una tropa de tres carretas cuyos componentes, dos vascos y un andaluz, aún eran muy poco entendidos en cuestiones de ovejas y carniceros, decidieron en una oportunidad proveerse de carne de contrabando, como oyeron decir a otros que solían hacerlo. No quisieron desperdiciar la oportunidad de que, en el lugar donde habían acampado para pasar la noche, pastaba extendida una punta de ovejas en una rinconada de barrancas que prácticamente formaban un corral. Al comienzo del anochecer, dos de ellos se llegaron al lugar, rodearon unas ovejas y, luego de accidentadas corridas, golpes y fallas en más de diez tiros de lazo, lograron casi por casualidad atrapar un capón bastante flaco. Cuando lo estaban cuereando, con desacierto y pérdida de tiempo, notaron la presencia de dos perros ovejeros al lado de ellos, lo que significaba la presencia cercana del dueño de la hacienda. De inmediato trataron de ocultarse en el monte tupido del lugar pero, en el mismo momento, el ruido del trotecito de un caballo les hizo volver la cabeza, viendo entonces, con bastante pánico, a un jinete que se acercaba sin mucho apuro. El hombre, con cara de pocos amigos, traía en la cintura una larga daga y, atravesado por delante, sujeto con la misma mano de cuya muñeca pendía el rebenque, llevaba también el winchester.

Se detuvo muy cerca de los dos atemorizados carneadores sacudiendo la cabeza un momento, y luego los sorprendió con las siguientes palabras dichas en forma tranquila: – ¡La pucha!… ¿Qué clase de gauchos son ustedes? ¿No les da vergüenza, entre dos hombres, tardar una hora para agarrar un capón? ¡Y para colmo carnean flaco, habiendo gordo, y para sacar el cuero, lo arruinan todo a tajos!

Desorientados, sin saber que decir, los dos aprendices de cuatreros comenzaron a tartamudear disculpas: que la falta de carne… que la falta de tiempo para ir hasta el puesto… que la falta de plata, etc. El ovejero que, por lo visto, de malo solo tenía la presencia, les respondió: – ¡Se muy bien lo que es la güeya amigos! Además, a la legua se les nota que ustedes son nuevos en el camino, y que es la primera vez que agarran un capón. Dejen ese animal flaco para los perros. ¡Yo les daré enseguida uno gordo; pero les aconsejo que no se acostumbren a repetir esto, porque la carne robada en el camino, a las largas o a las cortas, es la que resulta más cara… y hasta peligrosa!

De inmediato mando a los perros a rodear a las ovejas, y en menos de diez minutos él mismo les carneó un capón gordo.

Le quisieron pagar, pero no aceptó dinero alguno. Solo les aceptó una lata de tabaco y un librito de papel para armar cigarrillos. Nunca más, después del susto, se les ocurrió carnear ajeno.

Una tropa de 5 chatas acampó un día en un valle fértil, en el que las ovejas que lo ocupaban, todas las tardes, cuando había carros que acampaban cerca, a última hora eran retiradas por su dueño y cuidador para distanciarlas lo más posible de las incursiones de los aficionados a carnear ajeno. No obstante, tres carreros que se consideraban muy hábiles en el arte de matrerear de noche dejaron atados cuatro caballos cerca de los carros, con el fin de allegarse luego hasta donde hacía noche la hacienda, y apropiarse de algunos capones para tener carne en abundancia.

Habitualmente, se deja un solo caballo nochero para traer la caballada al amanecer siguiente, de modo que el detalle de que en esa oportunidad dejaran cuatro alertó al sagaz ovejero sobre las posibles intenciones de los carreros acampados, a los que espiaba ocultamente desde la cima de un cerro. Como era noche de luna llena, resolvió rondar su hacienda.

Momentos antes de anochecer, en la seguridad de que el hacendado, luego de retirar su hacienda del valle se había ido a su casa, tres hombres de la tropa ensillaron sus caballos y, llevando otro animal de tiro para traer con más facilidad el producto de su robo, se llegaron hasta el lugar del rodeo, donde las ovejas se hallaban en su mayoría echadas.

El almacén de Don Julio Menéndez era otro punto de recalada de los carreros.

No les resultó difícil agarrar tres ovejas en la primera atropellada, pero apenas las habían degollado, desde el faldeo de un cerro muy cercano sonó un disparo de winchester, y su potente bala calibre 44 llegó con un zumbido de muerte, y se estrelló, levantando hacia todas direcciones una pequeña nube de arena y piedrecillas, a menos de cincuenta centímetros de los tres hombres. Cada uno de estos, al sentir las diminutas piedrecillas golpetear en su cuerpo, tuvo la certeza o sensación de que había recibido la bala en el cuerpo. El susto fue tremendo. Abandonándolo todo, incluso los cuchillos, corrieron a tropezones hacia los caballos que, atados a un monte, se removían inquietos por la detonación nocturna. Uno de los caballos, precisamente aquel al cual iba sujeto el animal que llevaban como carguero, debido al espanto que le ocasionó el disparo de winchester y el ruido de los tres hombres que se acercaban huyendo velozmente en la noche, cortó de un tirón el cabestro que lo sujetaba y se alejó al trote con su compañero de tiro. Su dueño comenzó a correr hacia él, silbándole para apaciguarlo, pero el estampido de una nueva detonación, y el zumbar de otra bala que le pasó muy cerca de la cabeza, (por lo menos así le pareció a él) lo convenció de que el hacendado tiraba a matar, y entonces desistió de su caballo, y de un salto montó en ancas del animal de uno de sus compañeros, y a todo lo que daban sus caballos, se alejaron del lugar, cuando ya oían en la noche el apresurado galopar de un jinete que se acercaba y que sin duda era el ovejero, autor de los disparos.

Huyendo como alma que lleva el diablo, llegaron al lugar donde se hallaban las chatas; asustados, sin carne, sin cuchillos y… dos caballos menos. Aun cuando en el momento en que sonó el segundo disparo de winchester, los tres hombres se hallaban distantes más de diez metros unos de otros, cada uno aseguraba que la bala le había pasado rozando la oreja a él. Un fenómeno de sugestión, muy común en tales casos.

Los caballos que dejaron abandonados en el apuro de la fuga, los salvaron en realidad de una dificultad mayor, porque el ovejero que los oyó alejarse entre ruido de cascos y matorrales atropellados, los siguió, creyendo que iban montados. Los alcanzó pronto y se llevó un chasco, al verlos que iban con recado pero sin jinete. Como ya le resultaría imposible alcanzar a los que habían huido a caballo, el hombre se dio por satisfecho con apoderarse de esos dos animales. Como en las cercanías del valle había otras tropas acampadas, le hubiera resultado difícil saber a cuál de ellas pertenecían los fugitivos; en cambio ahora, por la marca de los caballos y las prendas de los recados, lograría fácilmente individualizar a los dueños.

Al amanecer siguiente, las tropas comenzaron a atar los carros para seguir viaje. Ya se había corrido la voz con respecto al percance sufrido por los veteranos carneadores nocturnos, aun cuando existía bastante inquietud por las derivaciones que el hecho podría acarrear a la tropa. Sin embargo, los autores del chasco no dejaban de ser blanco de toda clase de bromas y lisas por parte de sus compañeros, debido al percance sufrido y a la consiguiente disparada.

Habían casi terminado de atar los carros cuando se presentó el dueño de las ovejas, trayendo de tiro los caballos capturados a los fugitivos.

Todos los carreros se hacían los zonzos e ignorantes del asunto, pero el hacendado, confrontando las marcas de los caballos capturados con las que tenían los animales de otras chatas, pronto dio con los dueños de los dos equinos. Iba bien armado y era hombre de coraje. Reunió a los dueños o encargados de cada tropa de carros y les manifestó que si no le pagaban quinientos pesos por los tres animales carneados, la tropa no seguiría viaje aun cuando para ello tuviera que ponerse de guardia en un cerro cercano al camino para, desde allá, bajar del pescante a balazos de winchester a todo el que intentara pasar. Dijo que también daría parte a la policía, para que detuviera a la tropa en averiguación, hasta tanto se aclarara todo.

Los carreros eran muchos y los había muy valientes, pero la culpabilidad quita mucho coraje y fuerza, y consideraron más conveniente ceder en esa cuestión en que toda la razón estaba de parte del hacendado. Era absurdo liarse a balazos contra un hombre que estaba en su derecho, y en caso de intervenir la policía era seguro que, a más de las molestias y pérdidas de tiempo, iban a tener que pagar una cantidad cuatro veces mayor por el arreglo del sumario. Entre todos los troperos acordaron pagar al puestero los quinientos pesos por tres animales, que normalmente les habrían costado 9 pesos. Fue un escarmiento bastante caro.

Por cuestiones como las relatadas, la desconfianza de los hacendados hacia los carreros era permanente; solo a una tropa no tenían desconfianza los ovejeros: la formada por Carloneto y Charles. Estos nunca carneaban en el camino. Según Charles, no lo hacían porque ese vieco inutil de Carloneto, si de casualidad agarraba algún capón, para cuando terminaba de sacarle el cuero, ya el capón estaba podrido. Por su parte, el viejo Carloneto aseguraba que para ellos era imposible agarrar un capón a campo, porque el vieco Charles con esos ocos de piche ciego que tenía, era capaz de agarrar un caballo creyéndose que era una oveca.

Salimos de madrugada y marchamos sin inconvenientes por el Valle Hermoso hasta pasada la media tarde, en que acampamos para dar descanso a la caballada hasta el día siguiente.

Por mediación de tío José, los troperos acordaron prestar ayuda al carrero que se hallaba preso. La misma consistía en facilitarle personal práctico, para que la tropa detenida pudiera llegar hasta Comodoro, descargar la lana, y luego llevar las caballadas hasta campos buenos y seguros, cuidándolas hasta que el dueño lograra solucionar su situación ante la Justicia de Rawson.

 

 

Texto de “El Guanaco Vencido” – Asencio Abeijón

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