En junio de 1953 el entonces presidente Juan Domingo Perón envió a su vicepresidente, el almirante Alberto Teisaire, a Inglaterra, el cual le propuso al gobierno británico a través del subsecretario de Exteriores, Lord Reading, comprarle las islas. Propuesta que ni siquiera fue considerada, la rechazaron en el mismo momento en que los argentinos la postularon.
Muchos años después, el mismo Perón, en su tercera presidencia, inició tratativas con el gobierno laborista inglés de Harold Wilson, el cual le ofreció al gobierno argentino, muy confidencialmente, un plan para establecer un gobierno compartido entre ingleses y argentinos en Malvinas, en donde hasta se alternarían gobernadores de las islas provenientes de ambos países. Perón dudó al principio, pero voces influyentes de aquellos tiempos cuentan que el General dijo: “Agarremos, porque una vez que estemos adentro no nos sacan más”. Lástima que la oferta de Wilson ocurrió en junio de 1974, menos de un mes antes de que Perón falleciera, con lo que se frustró todo por el caos político que su muerte trajo en la Argentina y porque los kelpers se enteraron del ofrecimiento inglés y alzaron todas sus voces para que se diera marcha atrás con él, hasta que las autoridades británicas dejaron todo en el olvido.
En marzo de 1981, el entonces presidente de facto de la Argentina, el teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri viajó a los Estados Unidos, donde fue recibido como un prócer por su posición anticomunista, tanto que Richard V. Allen, el por entonces primer consejero de Seguridad Nacional y principal asesor en política exterior del presidente Ronald Reagan, calificó públicamente a Galtieri de “General Majestuoso”. Con ese título simbólicamente nobiliario que le otorgó Estados Unidos, Galtieri creyó que, si tomaba las Malvinas, Reagan lo apoyaría o cuando menos sería prescindente. Además, la hipótesis política de aquel momento, que luego sería compartida por gran parte de la población argentina durante la guerra, era que la Argentina simbolizaba el futuro e Inglaterra el pasado. Y que el futuro siempre triunfa sobre el pasado. Lo que ocurrió después es historia por demás conocida.
Finalmente, en noviembre de 1994, el entonces presidente Carlos Saúl Menem tuvo la insólita idea ya no de negociar con los ingleses como quería Perón ni hacer la guerra como querían los militares, sino la de directamente conversar con los isleños, que eran un poco más de 2000 en esa época, para ofrecerles una jugosa compensación económica a cada uno de ellos (se habló de entre medio millón a un millón de dólares por kelper) a fin de que renunciaran a la soberanía británica y aceptaran la Argentina. La “coima-propuesta” fue rechazada de inmediato. Y desde allí en más sólo nos limitamos a reclamos de todo tipo, pero no más intentos parecidos a los narrados. Hasta que llegó Milei….
La transformación de Milei en malvinero
En abril de 2025, muy probablemente influenciado por el actual embajador argentino ante la Unión Europea, Bélgica y Luxemburgo, Fernando Iglesias (quien escribió un libro donde sostiene que no es posible ni correcto querer recuperar Malvinas sin contar con la voluntad de sus actuales habitantes y en donde critica duramente a la ideología ultra nacionalista y reaccionaria que, según él, se esconde y se refugia tras el reclamo de Malvinas), Milei dio una opinión que se acercó bastante a la teoría de la autodeterminación de los isleños, cuando dijo: “Si de soberanía sobre las Malvinas se trata, nosotros dejamos en claro que el voto más importante de todos es el que se hace por los pies y anhelamos que los malvinenses decidan algún día votarnos con los pies a nosotros. Por eso buscamos ser una potencia, a punto tal que ellos prefieran ser argentinos, que no haga falta usar la disuasión o el convencimiento para lograrlo”.
En realidad, con autodeterminación o no, a Milei la causa Malvinas no era algo que le preocupara, no estaba en sus coordenadas ideológicas libertarias, tan profundamente dogmáticas y alejadas años luz de cualquier tipo de nacionalismo.
Esa posición la mantuvo, por lo menos, hasta el partido que Argentina le ganó a Inglaterra en el Mundial de este año, cuando al final los jugadores argentinos exhibieron en la cancha una especie de bandera donde estaba escrito que “Las Malvinas son argentinas”. Frente a eso, las primeras reacciones de Milei fueron que un partido de fútbol era solo un juego y que el reclamo de soberanía debía canalizarse estrictamente por la vía diplomática. Todo lo demás lo calificó de “nacionalismo berreta, eslóganes berretas, populistas, nacionalistas rancios y patrioterismo barato”. Palabras textuales del presidente peor hablado de la historia argentina (y probablemente de la historia del mundo).
Bastó con que el presidente Donald Trump insinuara que no estaba seguro de seguir apoyando a Gran Bretaña en el tema Malvinas para que el presidente argentino se convirtiera en lo que es desde esta semana: el máximo defensor de la causa Malvinas, deviniendo una réplica exacta de Ulises, buscando recuperar las Islas como el griego buscaba conquistar Troya.
Por supuesto que en su discurso en cadena nacional buscó conciliar lo que había dicho en abril de 2025 con lo que dice ahora en setiembre de 2026: que ya están dadas las condiciones objetivas por las cuales es más conveniente para los isleños ser argentinos que ingleses, porque luego de casi tres años de gestión mileista ya somos superiores a los británicos en todo. “No lo digo yo, también lo dice Donald”, insinúa Milei. Ahora bien, si los kelpers aun así no eligen adoptarnos como nueva patria, eso ya es problema de ellos, no nuestro.
Un viaje por la mente del nuevo Milei
Para intentar interpretarlo, lo que ahora trataremos es de introducirnos en la mente del presidente Milei, en base a lo que dijo y en base a lo que suponemos que piensa, para haber realizado un viraje tan inmenso y trascendental de sus anteriores posiciones, por más que trate de conciliar las viejas con las nuevas. No nos engañemos, este cambio de estrategia (y en parte hasta de ideología) es tan absoluto y total como el que hizo con el Papa. O incluso más drástico aún. Lo que en principio no es ni bueno ni malo, porque que un presidente se adapte a las situaciones cambiantes -siempre que no lo haga desde un oportunismo ramplón y de corto plazo- en preferible a que se aferre con uñas y dientes a un dogma. Y más aún Milei, quien hace del dogmatismo un culto. Sin embargo, como Milei no es solamente que tenga un dogma, sino que es dogmático por naturaleza, por ADN, hay grandes posibilidades de que esté cambiando un dogma por otro. ¿Y de qué se trata el nuevo dogma? ¿Cuál es el nuevo relato que ha invadido las neuronas cerebrales del presidente argentino? En nuestra opinión, es el siguiente:
Milei sinceramente cree -y siempre creyó- que todo lo que él hace y piensa es lo mejor del mundo (esa no es una convicción que él basa en datos fácticos, sino que es una estructura de pensamiento inmodificable para la cual solo existen tres tipos de personas: las que piensan como él, las mentirosas y las equivocadas). Por ende, frente a las declaraciones de Trump de que posiblemente lo apoyaría en el tema Malvinas, dijo que eso es posible porque en menos de tres años de su gestión, la Argentina ya había triunfado, que había superado a Inglaterra y que estaban dadas todas las condiciones para aspirar a figurar entre los más avanzados países del mundo. Y eso que recién empezamos….
Sin embargo, algo falló en su teoría en lo que se refiere a su infalibilidad: que, pese a supuestamente haber superado en todo a Inglaterra, los kelpers se siguen negando a rendirse a nuestros pies. Pero ese ya no es un problema nuestro, sino de ellos. Por lo tanto, de lo que se trata es de iniciar el sitio de Malvinas, no para ocupar de forma violenta las islas como en la antigüedad hicieron los griegos con Troya o los militares argentinos comandados por Galtieri en 1982, sino para aislar a Malvinas todo lo posible de Argentina y del resto del mundo, a fin de obligarlos a que tarde o temprano (sean los kelpers o sea el gobierno inglés, o sean ambos, lo mismo da) se avengan a negociar con nosotros. Un sitio que consistirá en crear bases navales, fortalecer la ley de defensa de la soberanía nacional y castigar todo intento de empresas argentinas o que tengan relación con Argentina que hagan negocios con los ocupantes de las islas. Un avance estratégico total sobre el Atlántico Sur a fin de malvinizar enteramente todas las decisiones de política exterior e interior de nuestro país.
Para eso, supone Milei, contamos con el apoyo invalorable de Trump, que no es como el que Reagan simuló ofrecerle a Galtieri. Ni siquiera es como las relaciones carnales que Bush padre y Menem mantuvieron. No, es mucho, muchísimo más. Trump y Milei son un solo corazón. Y con el tiempo, no sólo los presidentes, sino los dos países serán el uno para el otro. Y eso por varias razones:
Primero, ya no existe competencia entre lo que produce Argentina y Estados Unidos como venía ocurriendo hasta hace muy poco. Ahora económicamente somos más complementarios que competidores.
Por Carlos Salvador La Rosa, sociólogo y periodista, para Los Andes

