sábado, 19 de septiembre de 2026
Acceso a “La Escalerita” del muelle: “Cacho” Mazzoni, Aldo Comes, Juan Medina, “Cacho” Comes, “Negrita” Góngora, “Cachi” Meani, “Malevo” Medina y turista

En una de esas tardes de tertulia en “la casilla”, Chicho Speroni apareció con un equipo de buceo autónomo, circuito cerrado, marca Pirelli, fabricado en Italia, y que había sido utilizado en operaciones comando de colocación de explosivos por “hombres rana” italianos durante la segunda guerra mundial.

La denominación circuito cerrado proviene de la circunstancia que el buceador respira-tanto en el período de inhalación como en el de exhalación- por medio de una bolsa hermética, colgada desde el cuello sobre su pecho. No salen burbujas al exterior, hacia la superficie, como ocurre en exhalación con los equipos llamados de “circuito abierto”, lo que los torna inadecuados para operativos militares.

Desde hacía algún tiempo, mi familia hacía atender su automóvil FORD CUS- TOM, año 1951, comprado usado durante la franquicia impositiva del “Paralelo 42”, en el taller mecánico de don Juan Meisen Ebene, ubicado en calle 9 de Julio, entre Avenida Roca y 25 de Mayo. Cuando llevábamos el auto al taller, yo me pasaba horas observando la maestría y sapiencia de su oficio que poseía Don Juan, su espíritu abierto, su clara inteligencia, y su AMOR POR EL MAR.

Le dije a “Chicho”: -“no me prestas el equipo para mostrárselo a un mecánico amigo” – . “Chicho” no tuvo inconveniente alguno, y al rato estaba yo, con el equipo Pirelli, en el taller de Juan Meisen. Lo miró un rato -no demasiado prolongado-, lo revisó, y me dijo: “yo me animo a hacer una réplica, si me lo dejan unos días”.

Nació así aquí, en el pueblito de Madryn, en la Patagonia Argentina, fruto del ingenio y entusiasmo de un gran hombre, lo que quizá constituya la fabricación en el país del primer equipo autónomo de buceo.

Ahora teníamos el ansiado equipo, y había que probarlo. Yo no dudé en prestarme para el ensayo, y por precaución, hice la primer prueba ingresando al mar caminando desde la playa, frente a “la casilla”, equipado con el autorespirador, luneta o visor y aletas de goma en los pies.

Preparando equipo sobre el velero “Pilgryn”: Juan Medina, Leonor Bruno y “Negro” Giménez

La diosa fortuna hizo que unos días antes del ensayo, se encontrara vacacionando en Puerto Madryn un hombre joven, mayor que nosotros, de apellido Casas, bailarín del cuerpo estable del Teatro Colón de Buenos Aires, y que trabáramos amistad con él.

Paseaba por Madryn, con su cámara fotográfica a cuestas, y él se encargó de documentar él para nosotros histórico momento de las pruebas, tanto en la oportunidad de mi ingreso al mar desde la playa, como el posterior, en la “escalerita” del muelle Luís Piedra Buena.

Las dos experiencias resultaron exitosas, y después de realizadas, “Cachi” Meani, integrante de nuestro grupo de buceadores, me comentó que “Pepe” Montini, que se desempeñaba como foguista de la locomotora que trabajaba en el muelle, después de observar lo que hicimos, le dijo a su compañero de trabajo: “viste loco, que se puede vivir bajo el agua”.

El singular contacto con el turista bailarín Casas, y de las tomas fotográficas que realizó durante el ensayo del equipo de buceo autónomo construido por Juan Meisen Ebene, no habría pasado del recuerdo de los agradables momentos que compartimos en su compañía, si no fuera por el hecho que seguidamente referiré.

Estimo que no habría transcurrido un año de los hechos relatados, cuando, en momentos en que me encontraba esperando turno para ser atendido en la “peluquería de caballeros” (la categoría unisex no existía por entonces) que poseía el señor Raúl García (calle 25 de Mayo, entre 28 de Julio y Belgrano), me pongo a ojear un ejemplar de la revista “Argentina Austral”, que publicaba la empresa Sociedad Anónima, Importadora y Exportadora de la Patagonia

Enorme fue mi sorpresa al ver que en la parte central de la revista, a doble carilla, aparecía una nota firmada por Casas, ilustrada con fotografías, bajo el siguiente título: “EN PUERTO MADRYN HAY HOMBRES RANA CON EQUIPO CASERO”, relatando el acontecimiento del que fuera testigo presencial. ¡Gracias, querido amigo de las circunstancias, por el gran aporte que realizaste a las historias que fueron dando identidad a nuestra, hoy orgullosa, Ciudad de Puerto Madryn!

Los aportes de don Juan Meisen Ebene al desarrollo de las actividades subacuáticas en Puerto Madryn no terminaron allí, con la réplica del equipo Pirelli de buceo.

En oportunidad de realizarse el Primer Torneo de Pesca Submarina en la zona de “Las Piedras”, los integrantes del Club de Buceo Puerto Madryn contábamos, como siempre, con gran entusiasmo, pero carecíamos de fusiles de caza submarina para la prueba.

Club de Buceo Puerto Madryn

Balneario y ubicación de la casilla del Club de Buceo Puerto Madrynel

Anoticiado del hecho por mí, don Juan Meisen, con la colaboración de Sabino Daniele, sin que ni siquiera se lo pidiéramos, en pocas horas habían fabricado cinco fusiles de caza submarina, con el sistema de bandas de goma.

Si la réplica del equipo Pirelli, hecho por Juancito, fue una admirable muestra de su inteligencia e ingenio, los fusiles de caza submarina que en pocas horas fabricó, no lo fueron menos. Con caños de luz comenzó su obra. Fabricó punteras por las que pasarían las bandas de goma, a cada costado del fusil. Las bandas de goma provinieron del sistema de freno de los vagones del ferrocarril. En el otro extremo, moldeando la chapa, armó las empuñaduras de los fusiles.

El arpón se desplazaba por debajo del caño del fusil, y se apoyaba en su extremo posterior en una pieza metálica perforada por la que pasaba, y que servía de guía para la flecha una vez hecho el disparo. El otro extremo del arpón pasaba por una perforación que poseía el gatillo.

¿De qué manera resolvió Juancito el delicado tema de la traba del arpón, a la altura del gatillo y de la empuñadura, que debía soportar la presión de las gomas una vez cargado, y ofrecer total seguridad de disparase solamente al accionar el gatillo? Colocó detrás de cada gatillo y en la parte inferior de éste, un resorte de acero, el que haciendo presión considerable hacia adelante, lo hacía mantenerse siempre en posición oblicua al cuerpo del fusil y al del arpón, que debía ingresarse-como indicáramos-por debajo del fusil y a lo largo del mismo, como primer etapa del cargado.

El arpón, al ingresar en el agujero del gatillo de manera ajustada, resultaba “mordido” por éste en virtud de la posición oblicua que el gatillo y el agujero por el que ingresaba el arpón mantenía, robustecida tal fuerza de ajuste por el resorte de acero que lo presionaba por debajo, hacia adelante.

¡Qué forma tan ingeniosa y sencilla de resolver un problema complejo!

 

 

Texto de “El dueño del mar”-Pancho Sanabra

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