sábado, 27 de junio de 2026
Asencio Abeijón

La corralera o agachadiza es una avecilla de porte algo más voluminoso y menos ágil que un gorrión, de color gris claro, como las martinetas. Camina poco y con lentitud perezosa, medio agachada, eligiendo para ello los lugares parejos y descubiertos y con cierta preferencia por los corrales desocupados. Por momentos, cuando se halla sola y quieta, cosa frecuente en ella, emite algo así como un llamado…. “tutico…tutico…tutico…” que llega a oírse desde cierta distancia, aunque no es fácil ver al animalito, porque seragacha contra el piso disimulando su cuerpo en el color del

mansedumbre, pero aquella aumentó, cuando por primera vez oí Como todos, siempre le tuve simpatía por su canto en conjunto y emitido desde el aire.

Por razones de trabajo me hallaba con la comparsa de esquiladores en la estancia “La Porfía”, cerca del pueblo de Río Mayo. Tenía por costumbre preparar siempre mi lecho a la intemperie, sobre la caja del camión y cubierto por una lona contra el rocío de la noche. Desperté como a las cuatro de la mañana, unos veinte minutos antes de que se insinuara el amanecer, y lo hice con una sensación agradable, como quien despierta tranquilo al influjo de una suave y armoniosa melodía musical, de una composición que le agrada. Aún estaba oscuro, muy sereno, y noté que el aire estaba poblado por el canto susurrante y dulce de numerosas aves que poblaban las alturas. Semejaba las notas una filarmónica tocada con mucha suavidad, pero se notaba que las avecillas, al tiempo de emitirlo, no lo hacían desplazándose en su vuelo, sino como si, separadas un tanto unas de otras y manteniéndose suspendidas en el espacio mediante el leve movimento de sus alas, o quizá volando individualmente en pequeños círculos, daban el agradable concierto matutino. El mismo se prolongó por más de un cuarto de hora, siempre en la misma tonalidad: “guuuutt…guuuutt…guuutt…”, hasta que amaneció el día.

Daban la sensación de ser por lo menos medio centenar, esparcidas en el aire, a una altura de unos cuarenta metros, sobre el amplio valle regado por el Río Mayo y marginado al sur y el norte por elevadas pampas. Al amanecer siguiente volvió a repetirse, y así hasta que el tiempo se puso ventoso.

La comparsa de esquiladores, todos procedentes de la provincia de Entre Ríos donde son abundantes y variadas las aves silvestres cantoras, estaban sin embargo maravillados de la dulzura, suavidad y dejo de tristeza de las corraleras patagónicas. Por mi parte, afirmo que, si un artista de la música escuchara en su forma natural el concierto de las corraleras, y lo tomara como base para un tema musical se inmortalizaría.

 

Texto de “Caminos y rastrilladas borrosas” – Asencio Abeijon

 

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