sábado, 27 de junio de 2026

A pesar de la supersticiosa creencia en el feliz resultado de toda empresa que intentan en compañía de un cristiano, los indios, entre quienes había despertado ya la mayor desconfianza por mis diversas tentativas de fuga, evitaban llevarme en sus expediciones. Hasta tomaban la precaución de dejarme en manos de amigos, que asumían con respecto a ellos la responsabilidad por mi persona durante una ausencia más o menos prolongada. A su regreso, abundaban generalmente, el azúcar, el tabaco, la yerba (té americano), como principales objetos de su codicia. La ropa interior y los vestidos que habían robado eran preciosamente guardados por ellos para usarlos en las fiestas y las asambleas. En cuanto a mí, no me hicieron durante mucho tiempo otro don que una manta de algún pobre soldado caído bajo sus golpes.

Una circunstancia muy imprevista los forzó, sin embargo, a hacerme asistir a uno de sus combates. Aproximadamente 2.500 soldados argentinos, conducidos por indios sometidos, que les servían de guías, sorprendieron inopinadamente a algunas tribus vecinas a éstas en que yo me encontraba entonces. Como consecuencia, debí acompañar a los pampas, que resolvieron tomar la ofensiva y rechazar a sus agresores, haciendo pagar muy cara su traición a los indios que habían servido de guías. Éstos se habían atrincherado detrás de los argentinos y parecían poco dispuestos a participar en la acción; enfurecidos al verlos, y queriendo alcanzarlos cuanto antes, los habitantes del desierto se lanzaron con la cabeza baja en una carga formidable. Quebrados por este choque terrible, los soldados argentinos rompieron en dos bandos, en medio de los cuales los indios siguieron avanzando hasta rodear espontáneamente a los traidores y trabar con ellos una lucha especial y horrible, mientras otros nómadas, compañeros suyos, se lanzaban a la caza de los soldados dispersos y los remataban.

El combate, que había comenzado a la mañana, cesó al ponerse el sol. Dueños del campo de batalla, los indios saqueaban a los muertos y remataban a los sobrevivientes. En esa tarea encontraron a tres de los traidores. Se cuidaron mucho de matarlos enseguida, como hacían con los cristianos; esta muerte, al parecer, les parecía muy dulce. Para satisfacer su venganza de una manera más completa y más llamativa, plantaron en el suelo cuatro picas, a las que ataron fuertemente a estos infelices por las extremidades; después, uno tras otro, los despellejaron vivos, tal como hacen con un animal cualquiera, respondieron con insultos a los gritos arrancados a los tres desgraciados por el atroz suplicio que les hacían soportar, y terminaron hundiéndoles un puñal en el corazón. Los autores de esta horrible venganza, con la sangre de sus víctimas tiñendo las manos y la cara, se repartieron entre sí sus pieles, que desgarraron en tiras, con las cuales les vi hacer más adelante diferentes objetos trenzados, destinados a ser enviados a modo de amenaza y desafío a los otros indios escapados a su crueldad. Era éste, por lo demás, un hábito inmemorial en los tiempos en que todas las razas nómadas vivían en continuas guerras sangrientas.

A pesar de su victoria, lejos de quedar seguros con respecto a sus enemigos, y temiendo todavía alguna agresión de su parte, los indios operaron durante muchos meses cambios cotidianos de residencia, siempre en direcciones opuestas. Cuando las partidas de exploración que enviaban volvían por la noche, contra su costumbre, la horda, despertada en sobresalto por los ladridos de los perros, se veía presa de pronto de un terror tal que cada uno se lanzaba a caballo, propagaba la alarma en la vecindad y se daba a la fuga sin atreverse a mirar hacia atrás. En esos momentos de pánico, la mayor parte de ellos no tomaba precaución alguna con sus animales, que habrían abandonado al enemigo. Sin embargo, llegó el momento en que, dueños ya de suficiente seguridad, al verse privados de todas las cosas que gustaban y disminuidos nuevamente sus rebaños, hicieron otras expediciones cuyo buen éxito tuvo mucha influencia en mi destino.

Algunos trozos de papeles impresos que habían servido de envoltura a una gran parte de los objetos que componían su botín, fueron arrojados por ellos al viento y me cayeron entre las manos. Los leí muchas veces con placer, porque en para mí una distracción inesperada. Un día un diario de Buenos Aires en que figuraba el relato de la última y terrible invasión que habían hecho contra esa provincia, de donde habían llevado a más de 200 cautivas, fui sorprendido por algunos indios que manifestaron una jubilosa sorpresa y se apresuraron a informar a sus jefes sobre este descubrimiento. Muy inquieto al principio por esta circunstancia, no tardé en tranquilizarme por la acogida inusitada y casi benévola que se me hizo por la noche, cuando fui, según mi costumbre, a someter a su verificación los animales que se me habían confiado. Por algunas preguntas que me dirigió mi amo comprendí que estaba orgulloso de poseer un esclavo de mi valor, y que sin duda se me llamaría a servir al cacique de la tribu.

Muy pronto se me presentó la ocasión, porque esos seres burdos, cuando han reposado bien durante algunos días, se dejan tentar por el deseo de alimentar su glotonería y su vanidad; para satisfacer estas pasiones buscan todos los medios imaginables. Así van de vez en cuando a ofrecer a los puestos fronterizos una aparente sumisión, durante la cual hacen trueques de toda clase, como plumas de avestruz, crines de caballo y cueros de toda especie, contra los cuales reciben los objetos de que son más ávidos. En una circunstancia así fui puesto a prueba como secretario del jefe, que me dijo:

“-Sabes leer por lo tanto, debes saber escribir. Vas a escribir la carta que voy a dictarte. Si no faltas a mi confianza, tendré consideración contigo. En caso contrario, se te dará muerte”.

Yo estaba sentado en tierra, y tenía ante mí algunos cueros apilados que me servían de mesa, papel blanco traído recientemente de una expedición. Como tinta, añil desleída con álcali, por pluma una de águila muy toscamente tallada con un mal cuchillo; rodeado de indios que, lanza o cachiporra en mano, podían matarme a la menor señal del jefe, comencé mi labor.

A pesar de mi deseo ardiente de no escribir sino lo que me dictaban mis deseos y mi conciencia, me fue imposible hacerlo. Debí mencionar lo que se dictaba, porque la desconfianza de esos seres es tal que en más de 20 ocasiones me pidieron que leyera la misiva, y apenas escritas algunas frases cambiaban a propósito el sentido de sus ideas, pero sin aparentar cuidarse de ello, a fin de experimentar mejor mi franqueza. Si hubiese tenido la desgracia de invertir solamente el orden de las palabras, me habría sido imposible ocultárselo, tan fiel es su prodigiosa memoria.

Aunque me fue imposible engañarlos, me amenazaron por exceso de prudencia y me hicieron escribir una reproducción de la misiva, destinada a ser verificada por argentinos tránsfugas, que vivían en las tribus vecinas. Son éstos unos miserables, a menudo condenados a los hierros o aun a muerte por sus numerosos crímenes, que están seguros de encontrar asilo entre los indios. Éstos, perfectamente informados de la posición de esos huéspedes, los reciben como a personas en las cuales saben que pueden contar a ciegas. En ellos encuentran guías para sus expediciones de saqueo, y cómplices complacientes; por eso les acuerdan toda su confianza.

Esta primera correspondencia fue llevada a la frontera por indios designados por el cacique; uno de ellos era mi amo. Algunos niños los acompañaron para transportar los objetos destinados al trueque. Unos 12 o 15 días después de su partida, esos mismos niños regresaron agotados de fatiga, el terror reflejado en el rostro y profiriendo gritos de aflicción. Relataron que, después de la lectura del despacho, los dos enviados fueron puestos en los hierros, en espera de la muerte, y que era seguro que yo había burlado la confianza general y comunicado algunos detalles sobre sus recientes invasiones. Naturalmente llevados a creer lo peor, estos bárbaros no tuvieron otra voluntad que la de matarme. Fue el cacique quien, creyéndome ausente, les recomendó no despertar mi desconfianza con gritos desacostumbrados; hasta les aconsejó esperar al día siguiente para ejecutar su proyecto y escoger el momento en que estuviese ocupado en reunir el rebaño. Quiso el azar que yo estuviese muy cerca en ese momento; gracias a la oscuridad de la noche escuché esa conversación sin ser visto, y pude quedar en guardia.

 

Fragmento del libro “Tres años entre patagones”, de Auguste Guinnard

 

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