sábado, 24 de octubre de 2026

Si la presa era una ballena franca, lo único que les quedaba por hacer a los ocupantes del bote era evitar los golpes de la cola. Pero si en cambio se trataba de un cachalote, las cosas no eran tan sencillas. Un cachalote herido tanto podía tratar de huir como emprenderla contra sus perseguidores, ya fuera a golpes de cola o mediante un ataque frontal. Y, en cualquiera de los dos casos, el resultado del enfrentamiento era, cuando menos, dudoso (existen numerosos relatos de botes destrozados a coletazos y, sobre todo, a cabezazos por un cachalote). Como sea, y tanto si el animal herido se trataba de una ballena franca, una jorobada, un cachalote o un rorcual, lo que seguía es común a muchas formas de caza: mantenerse cerca de la presa y esperar. Las ballenas podían luchar o nadar arrastrando el bote detrás de ellas durante horas. Pero eventualmente las heridas provocadas por el arpón y la tracción ejercida por la línea empezaban a debilitarlas. Por otra parte, más temprano o más tarde, se veían forzadas a volver a la superficie para respirar. Y, al hacerlo, les daban a sus perseguidores la oportunidad que necesitaban. Cuando la ballena se asomaba por encima del agua, el oficial la atacaba con su lanza. Y volvía a hacerlo una y otra vez hasta que alguna de las heridas (o la suma de todas ellas) fuera mortal. Entonces, la ballena ya no volvía a hundirse, sino que empezaba a nadar en círculos y, finalmente, se ponía de lado y se quedaba inmóvil y lista para recibir el golpe de gracia.

Las ballenas son animales inteligentes y de conductas sociales complejas. Y eso implica que la reacción de los integrantes de un grupo frente al ataque de uno de ellos es difícil de prever. Por lo tanto, y según el caso, la persecución podía terminar con una o varias ballenas muertas. En cualquier caso, lo primero era matar tantas ballenas como fuera posible y, si no se trataba de alguna de las especies “francas”, tratar de evitar que se hundieran. Recién entonces, cuando ya no había más presas que capturar, se pasaba a la etapa siguiente que consistía, primero, en el transporte de los cadáveres hasta el barco y, después, en su despiece. Cuando se trataba de cachalotes, el primer paso consistía en la remoción de la mandíbula inferior, una pieza sin valor comercial pero, a cambio, provista de una buena cantidad de dientes que los marineros usaban para hacer scrimshaw. A continuación se izaban a bordo el rostro, la parte superior de la cabeza (la caja) y la que rodea a la mandíbula superior, a la que los balleneros llamaban “caballo blanco”. De ellas se extraía, en frío y sin ningún tipo de tratamiento, el espermaceti: algo así como el aceite “extra virgen” de las ballenas. Entonces llegaba el turno de la “manta”, la capa de piel y grasa que rodea el cuerpo del animal. La manta debía ser extraída en una sola pieza. Para lograrlo, se hacía un corte en forma de espiral. Después, y con la ayuda de un aparejo, se la separaba de los músculos y se la subía a bordo. El resto (la carcasa) quedaba en el agua y servía de alimento a la multitud de peces y aves que a esta altura ya debían de haberse congregado alrededor del barco. Entonces, ya con todas las partes valiosas de la ballena a bordo, se iniciaba la fase de corte. Y, enseguida, la cocción de los trozos (“libros”), que permitía separar la piel y la carne del aceite.

Hasta bien entrado el siglo XIX, la duración de cada campaña estaba determinada por la cantidad de toneles que podía cargar el barco. Cuando el último de ellos se llenaba, había que regresar a casa. Pero, con el aumento del precio del aceite y las barbas, eso cambió. En Hawai y California, y después en Lima, Valparaíso, Punta Arenas y otros puertos del Pacífico, se establecieron centros de almacenamiento y estaciones de transferencia en donde los balleneros podían vaciar sus bodegas.

Así, mientras los productos eran transportados a bordo de grandes cargueros hacia el Atlántico y los grandes centros de consumo, los balleneros podían reanudar las operaciones de caza. Se trataba de una innovación que, sin duda, aumentaba la eficiencia del trabajo de los balleneros y les permitía duplicar o triplicar el rendimiento de cada expedición. Pero también del primero de una serie de cambios que iban a convertir lo que hasta entonces había sido un oficio más o menos artesanal en una industria de gran escala.

Unas pocas décadas más tarde, la mayor parte de los balleneros independientes (los Yankees y los de cualquier otra nacionalidad) había desaparecido.

Fragmento del libro “Ballenas y balleneros de la Patagonia”, de Alegrando Winograd

 

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