jueves, 22 de febrero de 2024
Los Bares del centro cargan con la sospecha del ejercicio de la prostitución

La vida de las pupilas no es sencilla, aunque se piense lo contrario. A su intenso horario laboral se suma el riguroso control de sus vidas públicas y privadas. No pueden exhibirse en las calles, ventanas ni balcones, o llamar a los transeúntes. Pero además les está prohibido andar en las calles o parajes públicos, “andar vestidas con trajes deshonestos ni en grupos de más de dos”.

Entre sus obligaciones está la de inscribirse en el registro del dispensario. Para hacerlo deben ser mayores de 18 y declarar su extensa voluntad de ejercer la prostitución. Con ello, previo pago de 10 pesos tienen derecho a la libreta y planilla de sanidad que deben renovar todos los años.

Ellas y su gerente (también considerada prostituta) están obligadas a “someterse dos veces por semana y en cualquier otro momento a la inspección sanitaria, la que será efectuada por el médico del dispensario”. Quienes no pasan por el consultorio son consideradas enfermas, sin poder ejercer su trabajo hasta tanto se constatara su sanidad.

Las prostitutas enfermas no pueden permanecer en la casa de tolerancia. El lugar donde irán es decidido por la municipalidad, que también prescribe recetas para la higiene y para algunos males propios del contacto sexual. La higiene de las pupilas se debe hacer con 20 gramos de bicloruro de mercurio, otros tantos de sal de amoníaco y 1.000 gramos de agua destilada. Se diluyen dos cucharadas soperas de esta preparación en dos litros de agua. Para curar ladillas, la municipalidad aconseja una mezcla que contiene 175 gramos de thimol, 25 de calomel, 23,25 de vaselina y 50 de lanolina.

Cada pupila debe tener su habitación propia, un espacio cúbico de 3 metros de ancho por otros tantos de largo, lo mismo que de alto. La Ordenanza 1927 menciona que la pieza tiene que estar “pintada al aceite, con piso de madera o mosaico, cielo raso de yeso, sin imágenes ni escrituras en las paredes”.

Las pocas salidas controladas y con el dedo acusador

Casi nunca se las ve por la calle, en el cine o en una función de teatro. Esto no se debe a que no les interese nada más que el trabajo, sino a que las pupilas no pueden salir más de dos veces por semana un par de horas, según el reglamento del Honorable Concejo Municipal. Si regresan a la casa de tolerancia después de las 20.00  hay multa. Si no avisan a la Municipalidad a dónde van ni piden permiso, pueden quedar suspendidas. Si usan ropa “inapropiada”, serán sancionadas. Si son más de dos, deben atenerse a las consecuencias.

Pero por fin llega el día. Tienen dos horas para pasear por las calles, comprar, hacer algún trámite. “Las chicas salían los martes y jueves. Las mujeres del pueblo se retiraban por donde ellas pasaban o compraban. Me buscaban porque decían que yo las atendía bien. Encargaban tortas cuando tenían cumpleaños. Eran mujeres muy respetuosas”.

Pese al desprecio que deben soportar por el solo hecho de salir de las puertas de las casas de tolerancia, las pupilas aprovechan cada minuto de libertad. “Los jueves, cuando yo iba a costura con la señora de Narvaiza, decía, ‘ah, hoy no viene la señora del Dr. Bello porque hoy vienen las pupilas’, que pagan muy bien. Un vestido estaba pagado con el trabajo de una noche”.

Además de las salidas, los motivos por los cuales se reunían o no trabajan también debían ser conocidos por las autoridades municipales. Incluso las pupilas de origen judío tienen que explicar sus fechas religiosas, aún para poder cumplir con el ayuno total que su culto les impone en el día del perdón (Yom Kipur), festejar Rosh Hashana, (Año Nuevo), o el Pesaj (Pascuas). Si la liturgia impone el encuentro, es motivo de análisis del comisionado municipal, quien decide si las pupilas pueden practicar la religión en estas fechas.

 Numerosas notas llegan cada primavera en la municipalidad para que atienda a estas situaciones.

Explotación y los primeros derechos

No es extraño que muchas mujeres lleguen al pueblo para trabajar en el negocio. Estar un tiempo en el Río Gallegos o en otros lugares del vastísimo sur argentino. Algunos observadores que ven, más allá del maquillaje, los trajes vistosos y los collares de perlas, señalan que desde 1920 funcionan aquí un centro de adiestramiento de la religión judeo – polaca Zwi Migdal. La entidad tiene sede central en la Avenida Córdoba, en Buenos Aires, desde donde maneja la explotación de 2.000 prostíbulos, en los cuales trabajan unas 30 mil mujeres.

Primero tenían dos casas en Comodoro Rivadavia, pero llegaron a ser ocho, donde atendían a los clientes unas 300  pupilas manejadas por la organización, de acuerdo con investigaciones posteriores. Recién a finales de la década del 20, las resoluciones hablan de los derechos de las mujeres. “Es entonces que aparecen ciertas disposiciones para proteger a las prostitutas de la explotación desmedida. Así, se establece que son libres de ingresar o dejar la casa de tolerancia, previo aviso a la inspección municipal de su nuevo domicilio, y en ningún caso podrían ser retenidas u obligadas a permanecer en la casa por deudas, como tampoco debían ser objetos de actitudes violentas como castigos o malos tratos”.

Pero este aspecto de la legislación no es tan severamente cumplido como las obligaciones tributarias o de sanidad. Por el contrario, los “cafishios” seguían existiendo,  las actitudes violentas no desaparecerán y dejar una casa de tolerancia será difícil para quienes allí trabajan.

El estigma de la prostitución

Como ejemplo de lo dicho, en octubre de 1935, Francisca Novakova o “Irma”, pupila del Lenocinio de Frieda Knöpfler, es lastimada por abuso de armas y lesiones graves, aunque Fabián Blaschuk es denunciado como autor, la policía desestima la situación y califica el hecho “de índole pasional”.

Otro caso involucra a un inspector del Municipio, por lo cual su desenlace es aún más previsible. “En este sumario necesariamente tendrían que deponer mujeres prostitutas, cuya declaración no merece la fe de la verdad por sus propios antecedentes y condiciones”.

Las pupilas se establecen en la ciudad, encuentran un hombre con quien casarse, forman unas familias. Pero llevan el estigma de su pasado, que las diferencia de las demás mujeres. En marzo de 1939, un grupo de personas -casi todos hombres- de Chacabuco al 1.000 denuncia que unos vecinos han hecho de su residencia una casa de tolerancia y pide que “desalojen a los citados inquilinos que atentan contra la moral”. Allí viven Arsenio Manteca y su esposa Julia Frizzarino. La policía investiga y lo único que encuentra es el pasado de la mujer que se había desempeñado en una de las casas de tolerancia del pueblo. Esta vez la denuncia pasa al archivo sin más trámite porque “al parecer el origen de la denuncia se trata de rencillas propias de vecinos”, según señala la resolución policial.

 Informa además que tres de los 17 firmantes tienen antecedentes: uno de ellos con dos procesos por lesiones, captura recomendada por homicidio (tanto en Chubut como en Santa Cruz) y cuatro entradas.

El testimonio de Dominga Almada, décadas más tarde, ilustra las alternativas para las mujeres que dejaban de ser prostitutas: “Dos amigas que trabajaron con Mariné se casaron bien, una con un militar, la otra una turca que tenía el pelo por la cintura, con uno que tenía acciones en la empresa de aviones. Las dos se fueron con sus maridos a otras ciudades. Por la gente ¿vio?, acá vinieron mujeres profesionales y chicas muy pobres que ayudaban a sus familias. Las cambiaban permanentemente de lugar, en especial con Río Gallegos. A la Rosita, una chilena pobrecita, la mató de un tiro mientras dormía un ricachón que tenía estancias por acá, que nunca había trabajado. Todo porque él se enteró de que ella estaba juntando plata para volverse a Chile. Cuando la encontraron, el perrito que tenía estaba acurrucado al lado suyo. Zulema, otra de las chicas de Mariné, murió cuando se cayó de un cerro y la punta de una piedra le rompió el hígado. Todas estas chicas juntaron plata para mandarla en un coche fúnebre a Buenos Aires. ¿Usted sabe lo que eso costaba?

La sospecha del ejercicio ilegal

Las casas de tolerancia están completamente reglamentadas y las inspecciones son rigurosas para hacer cumplir las ordenanzas. No obstante, existe otra actividad que los vecinos relacionan con la prostitución. El Diario de la República denuncia, en su edición del 24 de septiembre de 1930, “la proliferación de boliches clandestinos que atienden mujeres cuya conducta, por hallarse homologada en la policía municipal, nos ahorraremos de analizar”.

Indica como ejemplo la clausura de un local “donde se comprobó que la propietaria y una mujer que decía era del servicio doméstico ejercían el infame comercio”. El texto periodístico critica que, si bien hasta hace muy poco el local permanecía cerrado y vigilado, “las libertades nocivas con una facilidad asombrosa suelen encontrar un cálido oficio en el ánimo de algún funcionario” y se suspende la clausura.

Se realiza entonces un seguimiento a mujeres que figuran como ex prostitutas a través de varias inspecciones. En un lugar está Violeta, quien fuera pupila de un lenocinio, pero el inspector asegura que ya no se prostituye. En otros locales el informe dice que las mujeres se escondieron.

El inspector municipal asegura que la decisión de los dueños de los despachos de bebidas “al tener al frente de sus negocios a sus ex prostitutas es sólo con el fin de obtener mayor concurrencia, que se obtiene con la presencia de una cortesana”.

Pero además considera que el objeto es “el mayor lucro que reporta el ejercicio de la prostitución clandestina, que es harto difícil de comprobarla en actuaciones, por cuanto la misma clientela que podría aportar pruebas es la primera a negar, dado la clase del acto inmoral a declarar”. De todas maneras, concluye en que “hay que reprimir en forma enérgica y sólo es posible clausurando negocios”.

Extraído del libro “Crónicas del Centenario” editado por Diario Crónica en 2001

Compartir.

Dejar un comentario