El pasado nazi de algunos de los grandes imperios económicos de Alemania

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Boda de Magda y Joseph Goebbels, en 1931; junto a ellos, Harald Quandt, hijo de un matrimonio anterior de ella.

Volkswagen, Porsche y BMW son algunas de las marcas de automóviles más respetadas y valoradas del mundo. Sin embargo, esos tres gigantes de la industria automovilística alemana arrastran un oscuro pasado que a toda costa tratan de ocultar: fueron cómplices del régimen nazi, y a cambio de ello obtuvieron suculentos beneficios económicos.

El periodista financiero y escritor holandés David de Jong ha pasado cuatro largos años investigando con lupa a seis de las dinastías más ricas y opulentas de la Alemania actual: los Quandt, los Flick, los von Fincks, los Porsche-Piëchs, los Oetkers y los Reimanns.

Ha analizado cientos de documentos históricos dentro y fuera de Alemania, se ha zambullido en estudios académicos, ha escrutado memorias y autobiografías, ha entrevistado a numerosos historiadores. El resultado es Dinero y poder en el Tercer Reich (Principal de los Libros), un volumen que a lo largo de 496 páginas relata la historia oculta detrás de esos seis imperios, cimentados todos ellos en su connivencia con los nazis.

«El éxito de esas grandes empresas se remonta directamente a los nazis. Pero esas dinastías han hecho enormes esfuerzos para encubrir que sus patriarcas fueron criminales de guerra nazis, han trabajado concienzudamente para ocultar al gran público esa información y tratar de blanquear su pasado», nos cuenta David de Jong.

Esos seis importantes linajes empresariales alemanes, la mayoría de los cuales siguen en manos de las mismas familias de siempre, flirtearon abiertamente con el Tercer Reich, obtuvieron favores a cambio de su apoyo a Hitler, explotaron en sus fábricas a decenas de miles de judíos obligados por los nazis a realizar trabajos forzados en régimen de esclavitud y se adjudicaron a precio de ganga empresas que les habían sido confiscadas a los hebreos. Pero jamás han rendido cuentas por ese pasado criminal. Al revés: lo han escondido cuidadosamente y han gozado de absoluta impunidad.

Ahí están por ejemplo los Quandt, la familia que en la actualidad controla BMW, Mini y Rolls-Royce y a la que se le calcula un patrimonio neto de unos 38.000 millones de dólares. Durante la II Guerra Mundial el industrial Günther Quandt (quien fue el primer marido de Magda Goebbels, la que luego sería esposa del responsable de propaganda de Hitler) y su hijo Herbert (fruto de un matrimonio anterior) militaron en el partido nazi y se beneficiaron en sus fábricas de armas y baterías del trabajo de hasta 57.500 personas obligadas por el régimen de Hitler a realizar trabajos forzados. Y, por si fuera poco, se hicieron con empresas de judíos que fueron forzados a vender sus negocios a precios muy inferiores a los de mercado.

Herbert heredó el imperio de su padre y no sólo no fue juzgado por crímenes de guerra, sino que cuando en 1959 salvó de la bancarrota a la BMW se convirtió para los Quandt en un héroe, y de hecho han tratado de convencer al resto del mundo de que lo era. La prueba está en la fundación, el edificio o el premio de periodismo que llevan su nombre…

Y qué decir de la dinastía Porsche: fue Ferdinand Porsche, el fundador de esa compañía de coches, quien convenció a Hitler de poner en marcha la Volkswagen, una empresa de automóviles destinados al gran público. Al frente de Volkswagen colocó a su yerno, Anton Piëch, quien tampoco tuvo problemas en echar mano de condenados a trabajados forzados, incluidos reclusos de campos de concentración.

Durante la II Guerra Mundial, Ferdinand Porsche aparcó los automóviles para concentrar sus esfuerzos en el diseño de tanques. Y su hijo, Ferry, se unió voluntariamente en las SS, aunque se cuidó muy mucho de ocultarlo durante toda su vida.

Muy parecidos fueron los pasos de Rudolf-August Oetker, heredero del imperio alemán de productos alimenticios Oetker: se alistó en la Waffen-SS, el cuerpo de combate de élite de las SS, y llegó a entrenarse en el campo de concentración de Dachau.

Por no hablar de Ausgust von Frick, un banquero alemán al que Hitler le encomendó la tarea de buscar fondos para crear un museo de arte en Munich. A cambio de los servicios prestados, el régimen nazi le permitió quedarse con algunos bienes confiscados a los judíos, en concreto con la banca Rothschild en Viena y la Dreyfus en Berlín.

El magnate del armamento, el carbón y el acero Friedich Flick también explotó vilmente en sus fábricas a numerosos condenados a trabajos forzados. Pero al menos él fue condenado por crímenes de guerra y de lesa humanidad en Núremberg a siete años de cárcel, aunque sólo cumplió dos. Tras quedar libre reconstruyó su imperio, se convirtió en el mayor accionista de Daimler-Benz, entonces el mayor fabricante de automóviles en Alemania y a finales de la década de 1950 ya era el hombre más rico del país. En 1985, Deutsche Bank adquirió el conglomerado de Flick, y sus descendientes se convirtieron en multimillonarios.

«Todas esas familias han hecho denodados esfuerzos para que sus historias de complicidad con los nazis sean desconocidas para el gran público», explica de Jong, cuyo abuelo por parte de padre era judío y sufrió la persecución nazi. «Creo que si los consumidores gastan su dinero en productos de las empresas de esas seis dinastías deben de ser conscientes de que ese dinero puede convertirse en dividendos para esas familias y que puede destinarse al mantenimiento de fundaciones, premios, cátedras académicas y sedes que llevan el nombre de criminales de guerra nazis», subraya. De hecho, considera que sólo la presión de los ciudadanos obligará a esas seis dinastías a reconocer públicamente su oscuro pasado nazi.

Porque, hasta el momento, esas poderosas familias han conseguido cubrir con un tupido velo su complicidad con el Tercer Reich. «En primer lugar, porque han trabajado duro para blanquear su historia. Y además, el que estas familias sean económica y políticamente poderosas hace que sea difícil para los periodistas, especialmente para los periodistas alemanes, sacar a la luz sus trapos sucios», explica David de Jong, quien sólo obtuvo respuesta de uno de los miembros de las seis familias de las que se ocupa su libro, aunque contactó con todas ellas.

Es verdad que, técnicamente hablando, esas seis fortunas pagaron un pequeño precio económico por sus devaneos con los nazis. En 1999, Estados Unidos y Alemania llegaron a un acuerdo para crear un fondo de compensación para las personas que fueron obligadas por el régimen de Hitler a llevar a cabo trabajos forzados, y las empresas y el Gobierno alemán tuvieron que remangarse y pagar 5.000 millones de euros a una fundación que, a su vez, resarcía con ese dinero a las víctimas. «Pero lo máximo que un trabajador forzado en el sector de la construcción podía llevarse como indemnización eran unos 7.500 euros, una cifra bastante baja. Y lo más importante es que ese acuerdo no exigía a las empresas que reconocieran que habían hecho algo mal o que entonaran el mea culpa. Y de lo que se trata es justo de eso, de ser moralmente responsables con la historia».

Pero, en realidad, no son sólo seis las fortunas alemanas que se beneficiaron de su asociación con el nazismo. «En la próxima edición que haga del libro incluiré sin duda a los Kühne Nagel, otra de las grandes dinastías empresariales alemanas», subraya el autor de Dinero y poder en el Tercer Reich. Kuehne + Nagel es hoy una de las más importantes compañías logísticas del mundo, con cerca de 83.000 empleados, pero esconde un pasado siniestro: varios miembros de la familia Kühne militaron en el partido nazi, se encargaron de transportar los bienes confiscados a los judíos y no dudaron en echar de la empresa a Adolf Maass, un socio judío que controlaba el 45% de la firma y que posteriormente fue asesinado en el campo de concentración de Auschwitz.

«En realidad, hay centenares de empresas y de negocios en Alemania muchos más pequeños que se beneficiaron de su relación con los nazis. Yo sólo me he concentrado en las grandes fortunas, pero hay muchísimas más», explica De Jong.

Pero también en España hay trapos sucios. También aquí, considera este periodista e investigador, habría que saldar cuentas por la relación con el franquismo que mantuvieron algunas de las grandes fortunas del país. «Si no me equivoco, el nieto de Franco tiene un imperio valorado en 400 millones de euros que incluye un increíble portfolio inmobiliario. Y hay familias, como por ejemplo los Oriol, que también se aprovecharon del trabajo forzado de los republicanos y de las propiedades que le fueron confiscadas a los republicanos».



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