Lo que la historia de la viruela revela de la variante del mono

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Dos niños de la misma edad, el mismo entorno y que entraron en contacto con el virus de la viruela al mismo tiempo posan en 1900 para el doctor Allan Warner, el médico al frente del Hospital de Aislamiento de Leicester (imagen de apertura). Uno de ellos, previamente vacunado; el otro, sin vacunar. El médico documentó detalladamente los efectos de la vacuna para frenar la viruela, pero todavía faltaban 78 años para lograr erradicar la enfermedad.

La viruela es la única enfermedad que la humanidad ha eliminado. Y sin embargo, ahora ha vuelto a los titulares aunque sea con el apéndice ‘del mono’. Es cierto que no es exactamente lo mismo ni es, de momento, mortal, pero los científicos temen que su relación sea mayor de la que se cree y que la desatención a la viruela, confiados en la eficacia de la histórica vacuna, haya fomentado el actual brote.

La viruela del mono se identificó en los años 50 del siglo pasado, pero fue en 1970, cuando los médicos de la República Democrática del Congo se encontraron con un paciente que les provocó pavor. No porque no hubieran vistos males mayores, sino porque aquello era ver ‘resucitar a un muerto’; o más precisamente a un asesino. Un niño de nueve años de una aldea remota había desarrollado una terrible erupción que cubría su cuerpo. Las lesiones se asemejaban a una enfermedad que se suponía eliminada, un virus que había derribado imperios y diezmado civilizaciones: la viruela.

Se suponía que el virus había sido eliminado en la RDC. Pero los científicos temían que aquel caso, en un niño no vacunado, hubiera escapado a su radar. Las pruebas realizadas posteriormente revelaron que el pequeño padecía viruela del mono, un pariente cercano de la viruela que forma parte de la familia de los ortopoxvirus (que también incluye la viruela de las vacas y la viruela del mapache). Se identificó por primera vez 12 años antes, cuando se produjeron dos brotes en colonias de monos destinados a la investigación, pero éste era el primer caso detectado en un humano.

El pánico de quienes atendieron al niño en Congo es comprensible. Históricamente, la viruela había sido devastadora. Las primeras descripciones clínicas de la enfermedad se registraron en escritos médicos de China a partir del año 1122 a.C., y las pruebas de la primera víctima mortal proceden de Egipto, a través de los restos momificados del faraón Ramsés V, que murió a los 40 años en 1157 a.C.

«Al examinar la parte delantera de la momia, de la cintura para arriba, vimos una erupción de ampollas o pústulas amarillentas, cada una de ellas de entre uno y cinco milímetros de diámetro», escribió en 1980 el doctor Donald R. Hopkins, que ayudó a dirigir los esfuerzos de erradicación de la viruela, tras visitar la momia en el Museo de El Cairo. «Estoy casi tan convencido de que efectivamente tenía viruela como si hubiera visto efectivamente un virus de la viruela de hace 3000 años», dijo Hopkins.

Un virus que hizo caer imperios
La viruela también ayudó a acabar con el Imperio Romano. El agente patógeno se extendió por la Galia y a lo largo del Rin en torno al año 165 d.C. y desencadenó una pandemia, conocida como la peste antonina –o plaga de Galeno, por ser este célebre médico quien la describió–, que mató a unos siete millones de personas en lo que se cree que fue el primer gran brote de viruela y el principio del fin de la hegemonía romana.

La momia de Ramsés V es una de las primeras evidencias históricas de los estragos de la viruela. Su examen reveló un tipo de pústulas coincidentes con las que provoca ese virus.

Con Cristóbal Colón y sus hombres el virus llegó a América, lo que desencadenó un imprevisto exterminio. Antes de 1492, se calcula que la población nativa americana era de unos 54 millones de habitantes. Pero el patógeno mortal, junto con otras epidemias, la esclavitud y las masacres, causaron estragos en una población sin inmunidad. La del Imperio Azteca de México, por ejemplo, se redujo de unos 17,2 millones de habitantes a finales del siglo XV a sólo 600.000 en el año 1800, después de que una epidemia que los lugareños llamaron cocoliztli (o peste) arrasara la región. Así se explica que Hernán Cortés pudiese conquistar la capital azteca, Tenochtitlan, con sólo 600 soldados.

Más perverso fue el uso de la viruela que hicieron los británicos en el norte del continente. Sus militares la utilizaron como arma biológica durante la guerra entre Inglaterra y Francia en el siglo XVIII. En 1757, el gobernador inglés de Fort William-Henry, en Nueva York, se rindió, permitiendo que los indios aliados de los franceses desenterraran los cadáveres de los ingleses que habían muerto de viruela para arrancarles la cabellera. Al hacerlo, se contaminaron con el patógeno mortal.

En una acción similar, en 1763, durante el asedio de Fort Pitt por las tribus indias de Ohio, un oficial mercenario suizo envió a los indios de Delaware dos mantas y un pañuelo utilizados por los enfermos de viruela. En un par de meses, los sitiadores estaban diezmados por la enfermedad y el fuerte quedó en manos inglesas.

De compartir costras a ‘sacrificar’ al hijo
La viruela fue determinante en la investigación de las vacunas, pero no fue un camino fácil. Las primeras terapias consistían en compartir costras. Los médicos tradicionales de China, India, Egipto y Etiopía recogían el pus o las costras de los enfermos y las introducían en la nariz o en la piel de las personas sanas que buscaban protección. Se llamaba variolación y aunque conllevaba riesgo de muerte, era en una tasa menor que si no se aplicaba. Lo que señalaba el camino hacia la inmunidad.

Pero hubo que esperar al siglo XVIII para que el doctor inglés Edward Jenner diese con la vacuna definitiva. Al trabajar en una ciudad rodeada de granjas lecheras, Gloucester, observó que las ordeñadoras casi nunca se contagiaban de viruela. Sin embargo, sí contraían la viruela de las vacas, más leve.

En un osado experimento, vacunó a su hijo Edward y a dos jóvenes criadas con la enfermedad benigna de la viruela de las vacas. Unos meses más tarde, los expuso a la viruela humana. El riesgo valió la pena: desarrollaron la inmunidad y pronto surgió una vacuna; en 1807, 165.000 personas estaban vacunadas en Inglaterra.

Al mismo tiempo que las vacunas demostraban su eficacia, surgían sus detractores. Miles de británicos se manifestaron contra la vacuna de la viruela, que pronto se hizo obligatoria y gratuita por ley. Algunos críticos enarbolaban la bandera de «la libertad» frente a la emergencia sanitaria, pero muchos también apelaban a principios religiosos. Algunos consideraban que el método (utilizar microorganismos de las vacas) era poco cristiano, al emplear material de criaturas inferiores.

En 1959, la Organización Mundial de la Salud dio a conocer un ambicioso plan para erradicar la viruela, una hazaña que se consideraba posible porque no existe ningún reservorio animal de la enfermedad. Una vez erradicada en los humanos, no volvería a infectarnos. La campaña fracasó inicialmente debido a la falta de fondos, médicos y vacunas.

Aunque la dolencia desapareció de Norteamérica en 1952 y de Europa en 1953, siguió provocando brotes regulares en Sudamérica, África y Asia. Sin embargo, el mundo redobló sus esfuerzos para eliminar la vieja enfermedad en 1967 y, una década más tarde, después de que se distribuyeran cientos de millones de vacunas en todo el planeta, la humanidad alcanzó su objetivo.

Material para otra teoría de la conspiración
La última persona en morir por viruela fue Janet Parker, una fotógrafa médica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Birmingham, en Inglaterra. Parker trabajaba un piso por encima de un departamento donde se investigaba la viruela. Enfermó el 11 de agosto de 1978 y murió un mes después. Su fallecimiento provocó otra muerte relacionada. Al día siguiente, el profesor Henry Bedson, que dirigía allí el laboratorio de la viruela, se suicidó en su cobertizo.

Ahora sólo dos laboratorios de alta seguridad –uno en Moscú y otro en Atlanta– conservan ahora muestras de viruela para futuras investigaciones, a pesar de los llamamientos de la OMS para que se destruya todo rastro del virus. La pesadilla es que estas muestras se escapen un día en un accidente de laboratorio, o que se utilicen para crear un arma biológica mortal.

Fuente: ABC



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