sábado, 22 de junio de 2024

Más allá de las encuestas (que, por cierto, confirman la misma tendencia) las nueve elecciones provinciales ya realizadas muestran que hay un 35% de los votantes que rechaza a todos los candidatos y hasta el acto mismo de participar de la elección: con un mínimo de 26% y un máximo del 48%, en las elecciones provinciales ese fue el porcentaje promedio de votantes autorizados que no fueron a votar, votaron en en blanco o impugnaron su voto. Si fuera un partido político estaría entre los dos que compiten por el triunfo.

Las cifras argentinas de participación en las elecciones provinciales es similar a la que se produce en los países en los que el voto no es obligatorio y la ciudadanía rechaza a los candidatos que se presentan. Pero… en la Argentina el voto es obligatorio y ni aun con esa presión legal se consigue que la ciudadanía se vuelque a participar de los comicios.

A 40 años del comienzo de la etapa democrática más prolongada de la historia argentina, el desánimo de los ciudadanos por la oferta electoral es enorme, superando todas los rechazos previos, incluso los que surgieron ante las peores crisis, como la escasa participación (que, sin embargo, fue mayor que la actual) en 2001, pocos meses antes de la caída del gobierno de Fernando De la Rúa.

Votar en blanco, impugnar el voto o, directamente, ni siquiera ir a votar son reacciones extremas ante la oferta política. Que uno de cada tres votantes no quiera elegir a ninguno de los candidatos habla de un descrédito brutal de la oferta política. No se trata solo de que tal o cual propuesta no entusiasma al electorado: son todas las propuestas las que no entusiasman a más del 30% de los votantes.

Para que se vea mejor lo que esto significa: imaginen que esa proporción (el 35% promedio de voto-rechazo en las elecciones que ya se realizaron) sea nacional, equivaldría a la población de toda la Patagonia más la Mesopotamia más otras provincias más. Es una cantidad enorme de argentinos los que están rechazando a todas las opciones políticas.

En gran parte esto sucede porque mucha gente piensa que el próximo gobierno, sea quien fuera el que triunfe en las presidenciales de este año, hará un fuerte ajuste que incidirá negativamente en su calidad de vida (en algunos casos, llevándolos al límite de la miseria).

¿Da lo mismo votar o no?
Si todos los candidatos, lo digan abiertamente o no, piensan que hay que ajustar fuertemente el gasto público (y eso siempre significa desempleo, caída de la producción, baja de salarios, pérdida de beneficios sociales) da lo mismo votar por cualquiera. O no votar.

No estoy diciendo que eso sea cierto: esto es lo que está pensando gran parte de los electores. Yo creo que hay mejores y peores propuestas entre las fuerzas políticas que se presentarán a la elección. Pero también sé, como todo el resto de los argentinos, que el margen económico es muy acotado y que ningún presidente electo a fin de este año podrá hacer maravillas durante 2024.

Además, corridos de la escena electoral los dos grandes referentes de las pasiones políticas que engendraba la Grieta (Macri y Cristina no se presentan a la elección, entre otras cosas porque ambos saben que son los políticos con peor imagen pública, lo que impediría que pudiesen ganar un balotaje), también falta el estímulo de ir a votar para que no gane al que se considera el enemigo. Así se votó durante los últimos 15 años en la Argentina: en contra del otro. Eso ya no está en el tablero, al menos para la mayoría.

Falta una opción que enamore a las mayorías y falta la emoción del odio que enamoraba a la inmensa mayoría de los votantes durante una década y media: en ese panorama, uno de cada tres argentinos no quiere ni siquiera ir a votar.

Eso tendrá consecuencias sobre el futuro gobierno, sea quien fuere el que salga electo a fin de este año. Con un 35% del padrón que no vota, obtener un 50% de los votos emitidos equivaldrá a un muy exiguo 32% del total del padrón, es decir, contar con menos apoyo positivo que la cantidad de gente que prefirió ausentarse del comicio o eligió votar en blanco.

El próximo gobierno comenzará su gestión legalizado por los votos que obtenga en la elección pero sin real apoyo popular. Deberá ganarse la legitimidad política, ya que este rechazo social inicial le quitará el famoso cheque en blanco con el que comienza cada nuevo gobierno.

Esto se ve en todas las elecciones internacionales que acontecieron en los últimos tres años: a los pocos meses de asumidos, todos los gobiernos estaban muy debilitados y con pésima imagen pública.

El rechazo social del voto en blanco o la ausencia en los comicios es un voto negativo que los políticos no deberían ignorar.

Por Daniel Molina para el Diario de Río Negro

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