sábado, 20 de julio de 2024
Vivero de la huerta comunitaria de la comunidad de Santa Rosa, en la Alta Guajira.

María Concepción Gómez se agacha sobre un huerto de casi una hectárea y recoge uno de sus frutos. “Aquí comemos sabroso”, dice la mujer de la etnia wayuu. Con aquí se refiere a su comunidad, Apairao, ubicada en Nazareth, un corregimiento de la Alta Guajira colombiana, junto al Parque Nacional Natural Macuira y a casi ocho horas de desierto desde Riohacha, la capital. En su departamento, La Guajira, el índice de pobreza es mayor al 50%, según el departamento de estadística nacional, el DANE. En su territorio, una de las zonas más áridas del país, es común oír hablar del “problema del agua” y de allí salen también noticias frecuentes sobre la desnutrición en la infancia.

Pero lo que se ve a su alrededor podría ser una antítesis de lo que se dice sobre La Guajira. El lugar donde está parada es una huerta comunitaria, con decenas de frutales y plantas, en la que trabajan nueve familias wayuu. Allí, el agua dejó de ser un problema. Llega desde un pozo subterráneo, bombeada por un motor alimentado por un panel solar y se distribuye a punta de riego por goteo durante varios minutos al día a lo largo de la huerta. Lo que se produce es variado. Hay patilla, plátano, arracacha, cilantro, tomate Cherry y ají, entre muchos otros. “Cosas que antes no comíamos”, asegura Gómez.

Su huerta se ha convertido en un laboratorio para la comunidad. “Los tomates no nos crecían al sol y ahora lo hacen mejor a la sombra”, cuenta otra mujer refiriéndose a una recomendación que recibieron de un equipo técnico de la Fundación Alpina sobre dejar los árboles dentro de la huerta, y no tumbarlos para despejar el territorio. Así evitan deforestar. La comunidad lleva un año experimentando a punta de prueba y error.

“La idea de este proyecto es lograr el fortalecimiento de los sistemas agroalimentarios locales”, explica Elver García Rodríguez, coordinador técnico de la Fundación Alpina, organización que, desde hace un año, ha apoyado a otras siete comunidades alrededor de Nazareth, además de Apairao, para que creen estos sistemas cerrados, donde también es clave que no se desperdicie nada.

En estas huertas, las plagas se atacan con una mezcla de hojas de picante y de tabaco. Y hace unos meses llegaron lombrices californianas que les ayudan a sus guardianes a convertir los desperdicios en abono. “Al principio nos daba miedo meterle la mano, pero uno se acostumbra”, cuenta Helena Urinia, wayuu de la comunidad Santa Rosa, mientras mete descuidada su mano en el tierrero buscando alguna lombriz.

Según cuenta, su trabajo en los velorios es llevar “el ají, el pimentón y el cilantro”. Pero en esta huerta, la de Santa Rosa, que cuidan seis personas, también hay un espacio para cultivar pasto para los burros y para los chivos. “Los animales también importan”, dice. Lo que no se comen las familias lo venden a los vecinos o lo intercambian por otra verdura a un equivalente de lo que esté en el mercado. A partir de marzo, además, empezaron a venderlo en un punto de venta que las ocho comunidades participantes abrieron en el centro poblado en Nazareth..

Helena Urinia, mujer wayuu, señala sus cultivos de cilantro en la comunidad de Santa Rosa.

“Parte del proyecto implica crear modelos asociativos autogestionados de ahorro y crédito”, comenta García Rodríguez. Lo que les sirve, primero, para poder solicitar convocatorias del Estado colombiano que pone la condición de que exista la figura de asociación. Y, segundo, para que puedan ser sostenibles a largo plazo. En Apairao, por ejemplo, el grupo de ahorro y crédito guarda una pequeña parte de sus ingresos para hacerle mantenimiento al pozo de agua subterráneo. Además, entre las ocho comunidades crearon la asociación Kottirawa’a Wapushuaya, la dueña, precisamente, del punto de venta recién estrenado.

Según datos de la Fundación Alpina, que ha venido monitoreando el proceso, estos sistemas han logrado que las ocho comunidades ahorren alrededor de nueve millones de pesos en siete meses (casi 2.000 dólares) y que aumente el margen de ganancia por ciclo productivo en un 68%, beneficiando a 172 familias. “En una zona como la Alta Guajira, estigmatizada por la desnutrición y el hambre, el tema clave es que se tenga acceso oportuno a alimentos nutritivos e inocuos”, dice García.

Por eso, ya con un año de experiencia, la Fundación entrará a apoyar a tres comunidades más, esta vez dentro del Parque Nacional Natural Macuira. Además, durante los próximos meses, entregarán 80 bicicletas, junto a World Bicycle Relief, para que puedan sacar sus productos de las rancherías al mercado más fácil. Sin tener que caminar por dos horas.

Las comunidades wayuu han empezado a cultivar nuevos productos como este ají, que llevan muchas veces a los velorios.

De lo que viene de las huertas, los galpones y el pastoreo, sale el almuerzo. Carne, chivo, arroz, zanahoria y remolacha. Como dice Gómez, un almuerzo en el que se come sabroso.

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