jueves, 22 de febrero de 2024

Cuando encomendaron a un ingeniero inglés el trazado de un pueblo a orillas del Golfo Nuevo, estudió la dirección de los vientos predominantes, las líneas de la marea y comenzó a trazar cuadras exactas, de esquina a esquina, justo cien metros, ni un milímetro de más, calles de exactos 20 metros, la disposición de las mismas que ningún viento las barra a lo largo.

Trazados estos puntos, se colocó en cada esquina un oval de cemento con un farol a carburo en el centro. Dentro del oval estaba, subterráneo, el gasómetro que producía acetileno en base a carburo de calcio granulado. Estas bases ovaladas, a la vez, eran nivel  y línea, marcaban la altura correcta que debía tener cada calle para un eficaz escurrimiento de las aguas de lluvias; además había construido cada tantas cuadras, una pieza de ladrillo de 4 x 4 que era línea y nivel y que se venía luego con el terreno.

Cada cuadra tenía una esquina de 20 x 50 metros de fondo y dos solares de 15 de frente por lo mismo de fondo y los restantes 50 metros eran el fondo de la esquina de la cuadra siguiente. En esa época hacía falta mucho fondo pues se debía tener espacio suficiente para caballerizas, gallineros, tendales, aljibes, etc

El alumbrado a carburo era una llamita reparada por 4 vidrios que todas las noches se encendía una por una desde arriba de un caballo y que el mismo farolero debía apagar pasada la medianoche. Este trabajo muchos veces se lo ahorraba el viento, pero igual debía cerrar el grifito para que no se consuma el carburo.

Este alumbrado duró hasta 1926, fecha esta en que Don Fermín Martín inauguró su usina eléctrica y a la columna de fundición que soportaba el faro de carburo le agregó dos metros de caño y puso una lamparita eléctrica modernizando así el alumbrado de Madryn.

Esta primera usina contaba solamente con un motor diesel de marca Russton de 50 caballos de fuerza y unas 300 revoluciones. Con esto para el Madryn de entonces sobraba, máxime cuando la población de entonces acostumbraba a alumbrarse a velas usaba lamparitas de 15 watts, a lo sumo de 25 cosa que hoy no se conoce. Se daba luz hasta medianoche, luego se paraba el motor y todo quedaba en tinieblas hasta el día siguiente.

Con el tiempo quedó chico el Russton y se agregó un moderno Crossley de 75 caballos y con nuevos tableros se comenzó a producir fuerza motriz a 440 voltios y generar corriente durante todo el día. Esto funcionó bien hasta más o menos 1936 en quedó insuficiente debido al crecimiento del pueblo y a que la gente se acostumbró al uso de la electricidad, lo que hacía que en horas picos la luz quedaba muy disminuida en potencia haciendo que el alumbrado público decayera a medida que se iba alejando de las usina generadora al extremo que en las afueras del pueblo, las lamparitas parecían una brasita rojiza que de a poco volvían a tomar intensidad hasta estar bien encendidas en horas de la madrugada.

 Esta situación hacía que los encargados de la usina, forzaran los motores al máximo y una falla en las bases del Crossley hizo que flexionara el cigüeñal, el que se rompió por fatiga del material, lo que originó que el pueblo quedara prácticamente a oscuras hasta que se pudo importar otro cigüeñal desde Inglaterra.

Por esa época cambió de dueño la usina eléctrica y pasó a ser la compañía Sudam, la cual no mejoró el servicio y luego pasó a ser propiedad de San Martín, quien agregó un motor de dos cilindros con lo que se mejoró le servicio por un tiempo. Pero la verdad, ya todo estaba tan deteriorado y las redes, que estaban con sus postes instalados por el medio de las calles, habían quedado tan reducidas de capacidad, que no permitían ya el paso de la corriente.

Esta crítica situación hizo que el pueblo comience a movilizarse para encontrar una solución al problema. Hubo varias asambleas populares y de ellas se fue formando una comisión provisoria para que organice una cooperativa con el fin de solucionar el grave problema y por deseo de la gran mayoría, se encomendó  a los señores Guillermo Grimm, Guillermo Zarlak, Manuel Carrera y Víctor Morón para que viajaran a Buenos Aires a tratar la posibilidad de un crédito para financiar la obra y conseguir un buen asesor que organice las compras más adecuadas.

Al regreso de los nombrados, ya con el crédito en  marcha, la seguridad de que el ingeniero Juan Sábato, quien en ese momento era la mayor personalidad en materia de corriente eléctrica con que contaban la República Argentina, se haría cargo del asesoramiento hasta la puesta en funcionamiento, se fundó la actual Cooperativa Eléctrica de Puerto Madryn.

A partir de ese momento la actividad fue febril, se redactaron estatutos, se nombró la comisión directiva, se hicieron cálculos y proyectos, se llamó a licitación de los materiales, luego por la mano de obra de los edificios, de la instalación de usinas, de redes y subestaciones.

Es de hacer notar en esta etapa de formación, la enorme labor desarrollada tanto por Don Guillermo Grimm en su carácter de secretario, como de Don Manuel Carrera, quien organizó toda la contabilidad y aunque todos los miembros del consejo, que se habían echado sobre sus espaldas la enorme responsabilidad de formar la cooperativa, tuvieron un desempeño digno, es de destacar a los nombrados por su tesón y por el enorme tiempo gastado en esta obra sin percibir un solo centavo por su trabajo, muy por el contrario gastando de sus bolsillos para que esto siga adelante, ya que en esta fecha la Argentina había comenzado a marchar por el camino de la inflación y todos los cálculos también elaborados, NO ALCAZABAN PARA CUMPLIR LOS COMPROMISOS CONTRAIDOS AL EXTREMO DE QUE, PARA PAGAR LOS SUELDOS A LOS EMPLEADOS, MUCHOS VECES LOS MIEMBROS DE LA COMISIÓN DIRECTIVA TUVIERON QUE PONER DINERO PARTICULAR.

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