La increíble historia de Ágata Galiffi, la hija del «Al Capone de Rosario»

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Policial negro como salido de alguno de los maestros del género, la historia de los Galiffi, padre e hija, y de otros actores secundarios pero no menos crueles, es también una historia con cómplices nacionales sin el menor escrúpulo.

Desde luego, Juan Galiffi (1892-1943), siciliano afincado en Santa Fe de la Veracruz, traía los genes de la Cosa Nostra, una de las tres vertientes de la Maffia, nacida hacia 1860. Sus apenas 18 años al llegar ya conocían casi todo el naipe.

Pero su rápida evolución y su fortuna habrían sido imposibles sin una tierra fértil que no sólo esperaba ser sembrada con noble trigo: también con dinero fácil y pronto, cayera quien cayera.

Entre ellos, como los perros, se olfatearon. Juan Galiffi no tardó, mientras cumplía con su labor de oscuro empleado fabril, en descubrir las cuevas de la corrupción nativa: políticos y policías.

Construida la primera mafia ítalo-argentina -mucho después hubo otras de pura raíz nacional-, ya no hubo límites para armar el trípode básico: juego clandestino, prostitución y carreras de caballos.

Droga, no todavía. Como reza una estrofa del tango «Tiempos viejos», de Francisco Canaro y Manuel Romero, «No se conocía cocó ni morfina / los muchachos de antes no usaban gomina».

Establecida la SMS (Sociedad Mafiosa Santafesina) con sede principal en Rosario, ya no hubo límites: Juan Galiffi, llamado ya ‘Chicho Grande’ por oposición a su compatriota y rival Francisco Morrone, ‘Chicho Chico’, su banda de gángters y sus socios en la política y la policía, en adelante operaron con absoluta impunidad. Además de controlar el juego clandestino, los prostíbulos, los resultados hípicos y los secuestros extorsivos, crearon -calcadas del sur de Italia- las redes de protección: por un pago mensual, se les prometía seguridad a los comerciantes; y si no pagaban… ¡bomba o balazos!

No hay un registro fiel de los crímenes sucedidos entre 1920 y 1930, década del auge mafioso rosarino.

Juan Galiffi tuvo una hija: Ágata. La protagonista de esta nota, y el enlace que justifica su publicación casi un siglo después de aquellos tenebrosos años. En 1930, a sus 23 años, bellísima y de impresionantes ojos verdes, llamada «La Pantera» y «La Flor de la Mafia», intentó con su pareja de entonces traficar una gran cantidad de moneda falsa, y asaltar el Banco de Tucumán. Los dos experimentos fallaron, y ella, fugado su galán, fue condenada y recluida en un manicomio, y sufrió el calvario que me contó en su zapatería que tenía en la provincia de San Juan.

Juan Galiffi: siciliano afincado en Rosario, un pistolero, un mafioso que copó la ciudad amparado por políticos y policías corruptos

Ágata murió el 6 de julio de 1985, a los 78 años.

Para entonces, y desde 1980, años de las dictaduras militares de Videla y del boliviano Hugo Banzer, según narraron en 2009 algunos agentes de la Inteligencia nativa, ya estaba abierto el «drogaducto» entre ambos países.

Pero su auge y su orgía de crímenes (250 sólo en 2013) empezó en 2001 junto con la profunda crisis económica, sigue, y no tiene fecha de vencimiento más allá de la decisión política de «combatir el narcotráfico con todo el poderío posible».

La historia se repite trágicamente. Por eso esta nota.

San Juan, Julio de 1972. Alfredo Serra encontró a Agata Galiffi. 

Capitán Renault: -¿Por qué vino a Casablanca?

Rick Blaine: -Por las aguas.

Capitán Renault: -Pero Casablanca es un desierto.

Rick Blaine: -Me informaron mal.

(Claude Rains y Humphrey Bogart en cierto film inmortal)

Yo también le dije a la mujer, ese día de julio de 1972, en una zapatería del centro de San Juan, que me habían informado mal. Me preguntó por qué.

-Porque me dijeron que la mujer que yo busco tiene los ojos más lindos de San Juan, y no creo que en todo San Juan haya unos ojos como los tuyos.

Bajó la cabeza, ocultándolos, pero ya era tarde. Grandes, jóvenes -aunque ella no lo era- y de un purísimo verde esmeralda, se habían delatado apenas la miré y le dije buenos días.

-Sí, soy yo. ¿Por qué me busca? ¿Qué quiere?

-Soy periodista y quiero su versión de aquella historia.

-Aquella historia terminó hace cuarenta años.

-Pero no para usted. Desde que salió de la cárcel se la tragó la tierra.

-Está bien. Lo espero esta noche. Mi marido y yo vivimos en el piso de arriba. Venga a las nueve. Pero no quiero fotografías.

-Sin fotografía no puedo probar que la encontré.

-¿Vino con un fotógrafo?

-Sí.

-Entonces, dentro de un rato, cuando yo salga para ir al banco, dígale que me tome de lejos y cuando no me dé cuenta.

-De acuerdo, señora. Gracias.

Juan Galiffi nació en Ravanusa, Sicilia, el 9 de diciembre de 1892 y llegó a la Argentina, como un oscuro inmigrante, en 1910. Tenía 18 años.

Recaló en Gálvez, Santa Fe, se empleó en una fábrica textil como pinche y mandadero, pero hacia 1927 era un pequeño zar: dueño de una peluquería, una cantina y una carpintería, tenía además fincas en Mendoza y San Juan, viñedos, y no menos de veinte caballos de carrera; entre ellos, seis cracks aclamados por la cátedra. Sobre todo «Mateo», un rayo acostumbrado a ganar por varios cuerpos.

Desde luego, ese ascenso económico y social no fue fruto del esfuerzo y del ahorro. Juan Galiffi era un pistolero. Un mafioso que copó Rosario amparado por políticos y policías corruptos, que manejó el juego clandestino, la prostitución, la protección a comercios bajo amenaza a destruirlos si no pagaban, y los secuestros.

Llegó al país a los 18 años. Pronto se transformó en “Chicho Grande” o también el “Al Capone de Rosario”

No tardó en ser Chicho Grande, un sobrenombre que aterraba, y también el «Al Capone de Rosario». Tampoco tardó en aparecerle un competidor: el ingeniero argelino Alé Ben Amar el Sharpe, que en realidad era un italiano llamado Francisco Morrone y que la gente, para diferenciarlo del gran capo, bautizó ‘Chicho Chico’.

En 1933, Juan Galiffi, desmantelados su banda y su poder, y aunque libre de pruebas en su contra, fue deportado a Italia en abril. Amigo de Benito Mussolini, murió de un paro cardíaco, en su cama, durante un bombardeo aliado a la ciudad de Milán, el 30 de julio de 1943. Tenía 61 años.

Pero en la Argentina quedaba algo de su sangre: su hija Ágata Cruz Galiffi, la mujer de la zapatería. La mujer de los ojos verdes que la delataron ese día de julio de 1972. La que entró en la negra historia de los Galiffi como «La Flor de la Mafia». Y esto me dijo esa noche. «Lo que nunca a nadie», me juró. 

«Estuve presa en Rosario y en Tucumán. Una monjita tucumana me consiguió dos tablas y dos cajones, y me armé una cama cerca de la ventana de la celda para mirar las estrellas. Creían que yo era un monstruo, una pantera, y por eso me tenían aislada en tres metros cuadrados, con barrotes muy gruesos y sin baño».

«Allí pasé más de nueve años llorando y rezando el rosario. Para ir al baño, compartido, me ponían una túnica y unos zuecos de madera. Pero no era lo peor. Lo peor eran los gritos de las enfermeras. Porque aquello no era una cárcel: era el Hospital de Alienadas, de locas. Yo tenía 24 años y estaba enamorada cuando entré, en junio del ’39. No era culpable. Cuando nos detuvieron a mi marido y a mí por hacer circular billetes falsos, él me hizo llegar un mensaje: ‘Vos decís que Fernández Mediano te entregó un paquete de cuarenta por sesenta envuelto en papel madera y atado con piolín. Entonces te van a condenar a vos y me van a largar a mí, y yo te saco en veinte días'».

«Lo hice, y el juez federal de Tucumán me condenó a diez años…Mi único contacto eran las cartas de mi marido, condenado a ocho años y también preso en Tucumán. Habíamos jurado que el primero que saliera no descansaría hasta lograr la libertad del otro. Él salió antes… y me entabló juicio de divorcio… ¡por abandono malicioso del hogar! Cuando mi papá llegó de Sicilia e hizo fortuna, yo era muy chica. No puedo afirmar ni negar los cargos contra él. Pero sí puedo contarle que tenía catorce caballos de carrera, cinco de los cuales eran cracks, y sobre todo Fausto, que ganaba todas las carreras. Natalio Botana, el dueño del diario Crítica, quiso comprarlos. Le ofreció doscientos mil pesos -¡de esa época!-, y unos terrenos… Papá se enfureció. ‘¡Nadie me saca nada con amenazas!’, gritó».

«Botana se vengó con una campaña, bautizándolo como Chicho Grande, y el 16 de abril del 35 lo deportaron a Italia. Murió ocho años después, durante un bombardeo aliado. Unos días antes, yo me casé con Rolando Gaspar Lucchini, el abogado de papá, a mis 19 años. Salí de la cárcel enferma y sin un peso. Una vacuna de dosis incorrecta me produjo difteria. Estuve moribunda. Me salvé, pero mi salud quedó marcada para siempre.»

Juan Galiffi , padre de Ágata, además de ser bautizado como Chicho grande, lo consideraban en la década del ´20 al ´30 como el Al Capone de Rosario.

«Ya libre, trabajé en un bar de Tucumán, en un diario de Santa Fe consiguiendo avisos a pie porque no me pagaban el tranvía, tuve una úlcera, me fui a Buenos Aires, una enfermera amiga me enseñó a poner inyecciones, y con eso, más un trabajo en una joyería de Corrientes y Libertad, me fui ganando la vida. Pero los dolores seguían. Un día conocí a Brunetti, un periodista, y me hizo revisar por un médico que me dijo: ‘Hay que operar ya mismo. Puede morir en la operación. Pero si no se opera le quedan quince días de vida’. Me sacaron todo el estómago».

«Papá me dejó una finca en Caucete, San Juan. Vine hace trece años y empecé a trabajar la tierra. Arar, sembrar, podar… Un vecino me sacó de las viñas con la tijera de podar en las manos, heladas. Dijo que iba a morirme. Pero esta mujer no se murió… Perdí un piso de trece habitaciones en Santa Fe y Callao: no pude levantar la hipoteca, y también algunos cuadros valiosos que me prestaron unos amigos y que me robaron. Sí, ya sé por qué me mira: son cicatrices. En septiembre del ´67 volvía de Rosario en coche, a no más de noventa. Ese día tenía que darle su primera comida a mi hija. Un caldo. Choqué contra una pick-up. Mis piernas estaban llenas de sangre. El volante, partido en dos a la altura de mi garganta. Resbalé en el forro de raso de mi tapado, y eso me salvó de morir decapitada. Y no quise que me llevaran a un hospital. Grité: ‘¡No, al hospital no! ¡A mi casa, que tengo que darle la comida a mi hija!'».

Ágata fue una mujer fuerte. Intentó traficar divisas faltas y robar el Banco de Tucumán, fue condenada a 10 años y recluida en un matrimonio. Murió a los 76 años en julio de 1985.

Nos despedimos de madrugada.

Murió, anónima, el seis de julio del ’85, a los 76 años, olvidada ya la leyenda negra que la bautizó como «La Flor de la Mafia».

Por entonces sólo tenía la zapatería, un mueble chino que fue de su padre, un zafiro, dos brillantes, un pedazo de tierra en Caucete -un módico sembradío- y algunos amigos. Su tumba en el cementerio de San Juan solo revela su nombre y un reloj detenido en la hora de su muerte.

Es posible que su relato -su cruda confesión- tenga baches y omisiones. Mi tarea fue descubrirla, correr un telón imposible y registrar su calvario, más allá de sus delitos.

Más de ochenta años después, en el territorio de Juan Galiffi, Chicho Grande, otra mafia ha renacido en la peor de sus formas: la droga. Como siempre, la historia se repite corregida, aumentada y fatal.

 

 



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