Lecturas para el fin de semana: «La educación decente»

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Las familias pudientes preferían para sus hijos las escuelas particulares. Cuando Juan Manuel era chico estaban de moda los cursos de Francisco Javier de Argerich y la academia de Saturnino Peña, doctor en Teología. Los colegios de San Carlos, del Convento de Santo Domingo y de San Francisco eran evitados porque en ellos se inscribían los descendientes de fortunas menores.

Juan Manuel estudió en la escuela de Argerich, que programaba sus clases en tres ciclos. En el primero se aprendía a leer entre nociones de doctrina cristiana y principios de urbanidad. En el segundo, mucho más difícil, enseñaban a escribir, a contar y a recitar el catecismo. El tercero, como digno epilogo, acumulaba exquisiteces: rudimentos de latinidad, gramática, ortografía, algo –por qué no?- de geografía, de historia antigua y española y mucho más de catecismo.

Así se completaba la instrucción de un joven de clase. Los entusiasmados podían ampliarla en adelante, adecuándola a sus gustos. Por ejemplo Juan Manuel decidió memorizar en diccionario en sus ratos de descanso, cuando necesitaba recobrar aliento para seguir siendo el protagonista de las diversiones y las labores del Rincón de López.

Para la decencia, los estudios posteriores eran groseros. El Clero, la Milicia, la Abogacía y la Medicina refugiaban a quienes no disponían de buenos patrimonios. Los Ortiz de Rosas, como los demás gauchones, descartaban aquellas actividades para sus hijos varones.

El comercio era considerado ejercicio provechoso. Trabajar en una tienda perfeccionaba la educación de los bien nacidos; los dependientes de algún patrón se aprendían las reglas del interés compuesto, de la economía, del buen trato y se controlaban los orgullos impetuosos. Mansilla, seguramente obligado a transitar por el mostrador en sus mocedades, confesó que “… se conversaba con el bello sexo entre el chis-chas de la tela rasgándose, después de haber sido medida consensuadamente; pero había que vivir en la tienda, que comer platos de vianda preparados en las fondas, que barrer adentro y afuera, que no hacer asco a nada, siendo el doncel tan respetuoso con los patrones como con los propios padres. El tiempo, la paciencia, la humildad y un poco de cacumen completarían la obra”.

Rosas por sus notables aptitudes, había sido destinado a la administración de los campos familiares desde pequeño. A pesar de ello su madre decidió que un poco de tienda no le vendría mal. Fue colocado en una de las más acreditadas, pero al rato volvió a su casa despedido.

Doña Agustina mandó a buscar al patrón, para que frente a él su hijo se excusara, pero Juan Manuel no se hincó ni pidió disculpas y fue encerrado en su cuarto, a pan y agua, hasta vencer su altivez. Se ha dicho que durante la reclusión desembaldoso el aposento; su sobrino Mansilla atribuye a esa penitencia la atribución del apellido. Cuanta que cuando todos dormían Juan Manuel logró escaparse, escribió un papel y como Adán se presentó en la casa de su primo Anchorena para vestirse y pedir trabajo; en el papel rompía con los lazos familiares: “dejo todo lo que no es mío, Juan Manuel de Rosas”. Sin Ortiz y con ‘s’.

Pero es una versión digna de la frondosa imaginación de Mansilla. Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rosas decidió ser Juan Manuel de Rosas bastante después de los excesos adolescentes, tan vez por choques de opiniones con sus padres cuando administraba las estancias de la familia, que se le habían confiado en 1811, a los 18 años.

El misterio de la transformación “Ortiz de Rozas” por “Rosas” no ha podido ser aclarado por ninguno de sus biógrafos, fieles devotos o censores implacables.

Con Gervarsio, el hermano varón que seguía a Juan Manuel, el trámite fue más fácil. También se lo destinó a la tienda y su primera obligación consistió en lavar platos usados en el almuerzo por el personal. Se negó a hacerlo y el patrón lo hecho. Cuando contó a Doña Agustina lo sucedido la señora mando traer al patrón, lo sentó frente a Gervasio y allí nomas el chico cayó de rodillas y se disculpó con una mansedumbre algo impropia para el abolengo de los Ortiz de Rozas. La madre no se molestó por eso: había ganado su partida. “váyase a su tienda con el señor que hará de usted un  hombre….” Y dirigiéndose al tendero le recomendó “…pero ahora, mi amigo, yo le pido a usted como un  favor que a este niño le haga hacer usted otras cosas, que limpie las bacinillas”. Gervasio llegó a ser un excelente comerciante.

Juan Manuel se consagró a la explotación ganadera lejos de los combates de independencia, los tumultos de la revolución y las futilezas de las tiendas. Convertido en el hacendado más exitoso y poderoso de la Provincia, hacia crecer el patrimonio familiar mientras que el suyo se engrosaba en magnificas proporciones. En sus ratos de ocio, no demasiados frecuentes, escribía sus pensamientos, las máximas que siguió con admirable rigor durante toda su vida. Por ejemplo “ni alborotadores, un cuscos ni doctores”

Textos extraídos del libro “Vida Cotidiana Color de Rosas”, de Eugenio Rosasco

 

 



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