Los evangélicos de Lula, una minoría contra la ofensiva bolsonarista en las iglesias

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Evangélicos simpatizantes de Lula da Silva oran durante un mitin político en las afueras de Río de Janeiro.

En la Iglesia Bautista de Agua Blanca, en São Paulo, hay más rock que sermón. “Tu amor nunca falla, tu amor nunca acaba…”, canta el coro, formado en su mayoría por mujeres jóvenes, muchas de ellas negras. La edad media de los asistentes al culto del domingo ronda la treintena. Cuanto termina la canción, el pastor sube al escenario, vestido con pantalones pitillo y una camisa negra que lleva abrochada hasta el cuello como los hipster, y carga contra el “griterío” que ahoga los pedidos de ayuda: “Las palabras amables dejaron de existir”.

A diferencia de otras agrupaciones evangélicas que han adoptado una postura muy activa en favor de la reelección del presidente Jair Bolsonaro, aquí no hay llamados al voto. La corriente bautista, cuyo origen se remonta a la Inglaterra del siglo XVII y que ha sido objeto de persecución religiosa en varios momentos de la historia, tiene como principios básicos la separación entre Iglesia y Estado y la libertad de conciencia de sus fieles. En un momento en que los líderes evangélicos son mayoritariamente bolsonaristas, la neutralidad de Agua Blanca es un oasis para ese tercio de creyentes que votó por Luiz Inácio Lula da Silva en primera vuelta.

Y también para Lula, que tiene una cuesta arriba en ese sector de la sociedad brasileña. El 19 de octubre pasado, difundió una Carta a los evangélicos donde prometió que no cerrará iglesias ni impondrá baños unisex en los lugares públicos, dos de las mentiras que difunde el bolsonarismo en las redes sociales para quitarle votos en las iglesias. El candidato recordó además que fue durante su gestión que se instauró la gran fiesta anual de los evangélicos y que si dependiese de él no se hablaría del aborto. Pero, aclaró enseguida, “recuerdo a todos y todas que este no es un asunto que sea decidido por el presidente de la República, sino por el Congreso”.

En el auditorio de Agua Blanca, Maria Nilda, de 53 años, y Rebecca Quintinho, de 23, se contonean, baten palmas y cantan el estribillo de memoria. Madre e hija, que son negras, y el novio de esta última, Gustavo Vilela, dicen que votarán por Lula. No se creen ninguna de las fake news que han circulado las últimas semanas, impulsadas por la campaña de Bolsonaro. ¿Cierre de iglesias si gana el Partido de los Trabajadores? “¡Mentira, eso sería inconstitucional!”. ¿Persecución de cristianos y pastores? “¡Qué persecución! La persecución es dentro de las iglesias, de cristianos contra cristianos”.

Saben bien de lo que hablan. Llegaron a Agua Blanca tras salir corriendo de una agrupación neopentecostal, otra corriente del universo evangélico. “Era opresora. No había libertad para ser quienes éramos”, señalan madre e hija, contable la primera y estudiante de lengua portuguesa la segunda. A Quintinho, por ejemplo, el pastor le obligó una vez a borrar una publicación en redes sociales que decía “Quien canta, el mal espanta”. El pastor vio un tinte subversivo en la frase. “Dijeron que era de Xuxa [la famosa presentadora de televisión que pidió el voto por Lula] y que ella era el demonio”. Tras el suceso, también la expulsaron del grupo de bailarinas de la comunidad.

Gustavo Vilela era miembro de la Asamblea de Dios, la mayor congregación evangélica de Brasil. Uno de sus líderes es el pastor Silas Malafaia, que casó a Jair y Michelle Bolsonaro y ha llegado a decir que “peor que la violación es el asesinato”, en referencia al aborto legal practicado a una niña de 10 años que había sido violada. Vilela, estudiante de informática de 26 años, decidió abandonar la iglesia en 2018 cuando vio que el púlpito se empezaba a utilizar, no para predicar el Evangelio, sino para lanzar soflamas partidistas. Bolsonaro terminó por ganar las elecciones gracias, en parte, al alto apoyo entre los evangélicos.

“Es un fenómeno real y de consecuencias imprevisibles”, dice Vinicius do Vale, doctor en ciencias políticas y director del Observatorio Evangélico. “Por la propaganda y la presión por votar por Bolsonaro muchos evangélicos están abandonando sus iglesias de origen y mudándose a otras siglas. O porque están molestos o porque se sienten perseguidos”, explica.

Lula da Silva, recibe una oración de David Mikami, de 9 años, durante la presentación de una ‘Carta a los evangélicos’, durante un acto de campaña en São Paulo.

Un tercio de la población
Como el último censo se realizó en Brasil en 2010, todas las cifras referidas a la población son estimaciones o resultado de sondeos y cálculos privados. Con estas salvedades, sabemos que mientras los declarados católicos rondan la mitad de la población (108 millones), los evangélicos ya alcanzan a un tercio (65 millones). Al ritmo de crecimiento actual, bastará una década para que la relación se invierta. Las iglesias evangélicas pentecostales, además, crecieron un 299% entre 1998 y 2017, contra 149% de las evangélicas tradicionales y 74% de las católicas, según un relevamiento de Forbes. Cada año se abren en Brasil 14.000 templos protestantes, más de uno cada hora. De ahí el peso electoral de esa parte del electorado, que ha votado entre un 60% y un 65% por Bolsonaro. “El resto se reparte entre los indecisos y el voto a Lula”, dice Do Vale.

Ese voto evangélico a Lula se concentra más en el nordeste y es, sobre todo, femenino. Es gente que no defiende el aborto legal, una agenda clásica de la izquierda, pero “ya no da crédito a las fake news promovidas por Bolsonaro, que dice que Lula va a cerrar iglesias”, explica Do Vale. “Están en contra de la forma grosera y antifeminista del presidente y tienen malos recuerdos de cómo condujo la pandemia. Por eso, mucho voto a Lula viene de las mujeres, que son quienes muchas veces tuvieron que hacerse cargo de sus familias”, dice.

Gabriela Leite es escritora y nació y se crio en una iglesia bautista de Petrópolis, una ciudad de más de 200.000 habitantes en el Estado de Río de Janeiro. El domingo votará a Lula. “Hay una porción de evangélicos que han caído presa de pastores que manipulan a sus fieles para que voten a Bolsonaro. Pero la preocupación de esos pastores no son sus fieles, es el poder. Tienen grandes influencias y usan esas influencias para aumentar la propia”, explica.

En la Iglesia Bautista de Agua Blanca, Eduardo Fetterman, uno de los pastores, marca distancias con esas agrupaciones. “Nosotros nunca diríamos: ‘Voten por A o B”, asegura. “No veo esa batalla de la que hablan entre un lado santo y uno enemigo. Mi denominación no está en juego en estas elecciones y no estoy preocupado por la religión del presidente; lo fundamental son sus propuestas en salud pública, educación…”.

Antes que pastor, Fetterman, de 37 años, fue periodista en un diario local. También es aficionado al contrabajo, que guarda detrás de la puerta de un despacho lleno de libros. Su favorito es uno titulado “Espiritualidad subversiva”. Para explicar que el 60% de los evangélicos apoye a Bolsonaro, Fetterman apunta a la ruptura de puentes entre las iglesias y la izquierda. “En las campañas siempre hubo un elemento religioso, y este ha sido más fuerte en la derecha. Quizás la izquierda no se dio cuenta de que estaba perdiendo terreno. También pudo ser que las iglesias se cerraron a la izquierda”, dice Fetterman.

¿Cómo hacen los evangélicos lulistas para armonizar sus creencias religiosas con algunas políticas de la izquierda que las contradicen? “Yo no puedo imponer mi fe y mi religión a otra persona”, responde Gabriela Leite, “Brasil no es un país de evangélicos, es un país de pobres y ricos, blancos y negros, de todos los sitios. Cuando voto no pienso solo en mi”. También es el caso de Quintinho y Vilela, quienes fueron a la universidad gracias a las cuotas que instauró Lula para jóvenes desfavorecidos. “En un país tan desigual”, dicen, “hay muchas más cosas de las que preocuparnos que un baño unisex”.



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