jueves, 29 de febrero de 2024

Nadie influyó más en el último medio siglo del fútbol europeo que este talento prodigioso, ganador del Mundial como jugador en 1974 y como seleccionador en 1990

Franz Beckenbauer, en la final del Mundial de 1974, el 7 de julio de ese año, en el Estadio Olímpico de Múnich, Alemania.

Franz Beckenbauer fue el símbolo de la reconstrucción y el poderío de Alemania en el siglo XX. Refundó el Bayern, el club más regular de Europa en el último medio siglo; ganó tres Copas de Europa seguidas; conquistó el Mundial como jugador, ganó otro como entrenador; y organizó un tercero como directivo, la Copa del Mundo de Alemania en 2006, su última victoria, un triplete sin precedentes en la historia y la gestación de su ruina. En el laberinto burocrático de la FIFA perdió un jirón de su prestigio. Su declive comenzó a la par de una investigación por cohecho que se inició en 2016 y que no había determinado responsabilidades cuando los presuntos delitos prescribieron. Hasta entonces vivió ligero en la dicha de una dignidad perturbadora. Tanta buena fortuna parecía inconcebible. Murió el domingo a los 78 años bajo una montaña de tristeza.

Ningún futbolista europeo traspasó más niveles en su trayectoria de ascenso, ni en el plano deportivo, ni en el político, ni en el social, en donde Beckenbauer alcanzó condición de mito universal y de metonimia. Como Maradona y como Pelé, en la jerga global del fútbol se acepta que ser un Beckenbauer equivale a exhibir algunas de las cualidades que conforman a los organizadores de excepción.

Nació en Múnich, en el barrio de Geising, en 1945. Jugó al fútbol compulsivamente, como hicieron la mayoría de los niños de una generación que se crió entre los escombros que les legó la Segunda Guerra Mundial. Su vida transcurrió sin sobresaltos documentados hasta que un niño de nombre Gerhard König le propinó un cachetazo en el curso de un partido de juveniles, en 1958.

Por entonces, el gran equipo histórico de Múnich era el Múnich 1860. Aquel sopapo cambió la historia pues el agresor jugaba en el 1860 y el ofendido, un prodigio que militaba en un club de barrio, se negó a compartir camiseta con el agresor. Beckenbauer se fue al Bayern. Debutó en 1964. En 1969 ganó su primera Bundesliga, la segunda en la historia del club fundado en 1900. Desde entonces el Múnich 1860 no ganó nada mientras que el Bayern ganó 33 campeonatos de Alemania. La mayor colección de trofeos nacionales de Europa, sobre los cimientos del equipo que dirigió Beckenbauer rodeado de Maier, Schwarzenbeck, Hoeness y Müller.

Dicen que el fútbol eleva el engaño a la condición de arte. Beckenbauer hizo de la prevención del engaño una actividad paranormal. En los anales del juego de la pelota no existe un hombre que desmantelara más emboscadas, ataques, regates y fintas adversarias con más antelación ni más economía de recursos. Donde los grandes defensas intuían el movimiento del rival que llevaba la pelota para robársela antes de que ejecutara la finta, este bávaro de semblante hierático y angelical proyectaba su sentido de la anticipación a un escenario previo e intuía la trayectoria del pase que asistiría al receptor de la pelota, de modo que interrumpía la secuencia antes de que la jugada se convirtiera en un problema. Le bastaba una mirada rápida para decidir simultáneamente su avance, y en tres o cuatro zancadas perfectamente equilibradas, como si todo estuviera previamente medido en su cerebro, se lanzaba al vacío del mediocampo e interceptaba como por casualidad la pelota enviada por el enemigo. De un solo tajo cortaba los hilos que conectaban el mediocampo con los delanteros adversarios y organizaba el contragolpe.

Una imaginación imponente
“Franz nunca suda”, observó Peter Burghardt, periodista del Süddeutsche Zeitung, genuinamente obsesionado con la facultad de su paisano para inhibir la transpiración; “¡lo he visto bajo el sol, en pleno verano, con mis propios ojos!”.

No gesticuló el esfuerzo. No se le vio sufrir, ni cuando disputó el Mundial de 1970 con el brazo en cabestrillo por una fractura. Despeinado porque nunca se peinaba, ejecutaba sus hazañas con aparente facilidad, no al amparo de un físico privilegiado sino impulsado por el don que encumbró a los fuera de serie: la imaginación. En el juego con más variables aleatorias que se conoce, los soñadores van por delante. Todo lo que Beckenbauer hacía había sido compuesto en su mente segundos antes de que los demás participantes del partido comprendieran lo que se estaba desencadenando a su alrededor. La potencia cognitiva coordinaba sus extremidades en torno al centro de gravedad en la pelvis y él se movía al compás de su música, sin prácticamente tener que mirar la pelota que conducían sus pies.

“La culpa de que a los jugadores del Bayern nos tuvieran por arrogantes, en el fondo, era de Franz”, dijo Sepp Maier, el portero de la era dorada. Beckenbauer proyectó una impresión de de superioridad intelectual y física que reforzó la seguridad de sus compañeros y el orgullo de sus compatriotas.

La luz de la imaginación que distinguió a Maradona, Messi o Pelé, también alentó a Beckenbauer, solo que 50 metros más lejos de la portería contraria, de un modo más discreto, menos rotundo, pero tal vez más misterioso. Los goles llegaron por otras vías. Él puso su talento al servicio de la defensa y la administración. Con la soltura del que iba por delante. Con el aplomo de un vidente. Inspiraba una idea de prepotencia que quedó grabada en la conciencia de los aficionados de todo el mundo, atónitos ante el desfile imperativo de aquel Bayern, campeón de Europa en 1974, 1975 y 1976, una fuerza imparable que se proyectó a la selección nacional. Hizo falta reunir a Xavi, Iniesta, Xabi y Busquets en un mismo equipo para aproximarse a la maravilla futbolística culminada por el equipo que ganó la Eurocopa de 1972 al dictado de Beckenbauer, apodado Káiser.

Dejó el Bayern en 1977 para alistarse en el circo del Cosmos junto a Pelé y colgó las botas en 1983, un año después de acudir al Mundial de España como columinsta del diario Bild. Fue el propio Bild el que, prácticamente, le impulsó al cargo de seleccionador alemán. Condujo a Alemania a la final de la Copa del Mundo en México y, tras toparse contra la Argentina de Maradona, Valdano y Burruchaga, volvió a la carga en 1990. Pocas selecciones resultaron más prosaicas, funcionales y defensivas que la Alemania que alzó la Copa del Mundo en Roma alineando hasta cinco centrales. Beckenbauer, un centrocampista voluntariamente retrasado hasta reconvertirse en zaguero libero hizo del mediocampo de la Mannschaft un enjambre de defensas al servicio del gran Matthaus. Su obra como técnico no enamoró a los hinchas que no tuvieran pasaporte alemán pero consagró su aura mágica.

“Sale volando”
Durante la década que siguió al Mundial de Italia, Beckenbauer dedicó su empeño a organizar el Mundial en Alemania otra vez. La Copa de 2006 fue un éxito. Pero en el marco del desmantelamiento del gobierno de Sepp Blatter en la presidencia de la FIFA afloró, como un grano de arena en la playa, un caso de posible corrupción por compra de voluntades que afectó al alemán más respetado de todos. Fue la propia FIFA la que inició diligencias para investigar un presunto pago ilegal de 10 millones de francos suizos al qatarí Mohamed bin Hammam en nombre de la comisión organizadora del campeonato alemán. La sospecha de que el Káiser había comprado votos para sellar la designación de su candidatura resultó difícil de borrar.

La investigación no esclareció nada pero la publicidad tuvo un efecto devastador. En 2016, el mismo año que la FIFA anunció que abría el caso, falleció su hijo, Stephan, víctima de un cáncer. El doble impacto desató una depresión sin cura.

“Si Franz salta por la ventana de un décimo piso, sale volando hacia arriba”, dijo su amigo Otto Rehhagel una vez, para definir aquello que todo el mundo veía cuando veía a este hombre iluminado antes de la inesperada desdicha.

No se puede imprimir una huella más profunda que la que deja Franz Beckenbauer en la memoria colectiva del fútbol.

Fuente: El País

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