Rishi Sunak será el nuevo primer ministro del Reino Unido tras ganar las primarias del Partido Conservador

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Rishi Sunak, este lunes, sale del cuartel general de su campaña de primarias, en Londres

Rishi Sunak, un británico de 42 años, hijo de inmigrantes indios, se dispone a convertirse en el nuevo primer ministro del Reino Unido. El quinto conservador en seis años que ocupa ese puesto. Al retirarse de la carrera Boris Johnson, y haber sido incapaz la tercera en la contienda, Penny Mordaunt, de recabar a tiempo los avales necesarios, el exministro de Economía ha sido elegido por la dirección y el grupo parlamentario del Partido Conservador, sin necesidad de una última votación entre los afiliados. Minutos antes de que Graham Brady ―el presidente del Comité 1922, encargado de la organización de las primarias― anunciara el resultado este lunes, la propia Mordaunt había anunciado en Twitter que tiraba la toalla.

Cuando comience a despejarse la polvareda provocada en las últimas semanas, en el país y en su propio partido, por los políticos tories, los ciudadanos británicos serán conscientes de la trascendencia histórica de lo sucedido, al margen de la ideología del vencedor o del método con el que ha alcanzado Downing Street. Casi 75 años después de que, una medianoche, el Reino Unido abandonara definitivamente la India, y dejara detrás un país dividido por la violencia sectaria y marcado por casi dos siglos de colonización, un hombre de familia hindú va a ser el nuevo primer ministro. Sunak es, evidentemente, el primero en restar importancia a su origen étnico. Igual que otros conservadores cuyas familias abandonaron un día el subcontinente indio, como Sajid Javid, Priti Patel o Suella Braverman, prefiere que sean sus ideas o sus acciones las que prevalezcan en la percepción de la ciudadanía. La imagen, sin embargo, es demasiado potente para digerirla en un solo día.

Tampoco tendrá Sunak mucho tiempo para celebraciones. Los mercados siguen inquietos ante la deriva de la economía británica. Cumplida la formalidad de que Liz Truss presente formalmente su dimisión ante Carlos III, y el monarca encargue al nuevo líder de los conservadores que forme un Gobierno en su nombre ―la primera vez que lo hace en su breve reinado―, la primera gran prueba del nuevo Ejecutivo tendrá lugar el próximo 31 de octubre.

Ese es el día señalado para que Jeremy Hunt, todavía ministro de Economía, presente un plan de medidas presupuestarias y fiscales con el que asegure la voluntad de Downing Street de enderezar las cuentas del país. A pesar de mantener una neutralidad pública en los últimos días ante la batalla por el liderazgo del partido, Hunt ha mostrado ya este mismo lunes su apoyo expreso a Sunak. Todo sugiere que permanecerá en el cargo, después de haber logrado recuperar la confianza de los inversores al dar por completo la vuelta a la rebaja de impuestos de Truss. La tarea por delante, sin embargo, es dura. Es posible que algunos impuestos deban subir, y que sean necesarios nuevos recortes del gasto público. Sunak debe decidir ya si sube las pensiones o las prestaciones sociales al mismo ritmo que la inflación, que se sitúa actualmente en el 10,1%, como reclaman muchos de sus propios diputados, o modera esa subida para proteger las arcas públicas.

Momento en el que, este lunes, Graham Brady, líder del Comité 1922, ha anunciado que Sunak se ponía al frente del partido conservador y del Gobierno del Reino Unido.

El nuevo primer ministro es un partidario de primera hora del Brexit, pero muchos esperan de él que frene el ardor guerrero desplegado por su predecesora, y busque un acuerdo con Bruselas, que evite agravar más el enfrentamiento actual en torno al Protocolo de Irlanda del Norte. Es además un halcón en lo que se refiere a la política migratoria, y su apoyo a la salida del Reino Unido se fundamentó, en gran medida, en la reclamación de un mayor control de las fronteras. Es muy probable, sin embargo, que, al igual que Truss, busque un modo de flexibilizar las reglas de entrada, cuando la economía británica necesita desesperadamente mano de obra en muchos sectores.

Un partido fragmentado

La mayoría de los diputados conservadores más relevantes se han aferrado a Sunak para intentar evitar el hundimiento del partido, al que la mayoría de las encuestas sitúan más de 30 puntos porcentuales por detrás de la oposición laborista, en el caso de que se celebraran unas nuevas elecciones generales. Pero las heridas siguen abiertas. La popularidad de Johnson entre las bases sigue siendo alta, y la principal razón por la que Truss logró vencer al entonces exministro de Economía en las primarias del verano pasado residió en que muchos afiliados lo veían como el traidor que, con su dimisión, había provocado el hundimiento del político británico más popular de las últimas décadas. La derecha del partido se volcó en apoyar a una candidata que prometía preservar el legado de Johnson, e ir más allá, con un programa radical neoliberal de bajada de impuestos y mano dura con los sindicatos, que entusiasmó a más de la mitad de los militantes.

La elección directa de Sunak por los diputados agrandará la brecha entre el grupo parlamentario y las bases, mucho más radicalizadas. Queda además la sensación de que los conservadores, en uso de su mayoría parlamentaria, han arrebatado a los ciudadanos la posibilidad de volver a tener voz en el destino de su país. Y no hay la menor duda de que el nuevo primer ministro tendrá por delante la ardua tarea de unificar un partido fragmentado y rehén todavía del eterno Brexit. El presidente del Grupo Europeo de Investigación, la corriente euroescéptica del partido, Mark Francois, ya había advertido, apenas una hora antes de conocerse la victoria de Sunak, de que sus miembros no tolerarían una marcha atrás en el enfrentamiento con Bruselas.

El experimento Truss fue un fracaso sin paliativos y, en esta ocasión, la derecha del partido ha entendido que no habrá una segunda oportunidad. La mayoría de sus diputados ha apoyado a Sunak, convencidos de que es el único con los conocimientos y el rigor necesarios para enderezar el rumbo de la nave y llevar algo de tranquilidad a un partido que, en los últimos meses ―muy probablemente en los últimos años, desde que el Brexit inyectó el veneno de la división y la radicalidad― ha demostrado una irresistible tendencia al suicidio.



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