sábado, 22 de junio de 2024
Ali, en una exhibición contra el argentino Goyo Peralta en la plaza de toros Monumental

Cassius Marcellus Clay Jr., que con el tiempo se llamaría Muhammad Ali y sería campeón de los pesos pesados, tuvo desde niño una relación muy peculiar con la comida. No fue un bebé extraordinariamente grande, pero estaba llamado a convertirse en un gigante. Pesó poco más de 3 kilos cuando nació en el Louisville City Hospital, en Kentucky, el 17 de enero de 1942, en un país marcado por las barreras raciales.

Sí, fue un gigante del ring, además de un icono del siglo XX, y no solo del deporte, sino de los derechos civiles. Y también uno de los deportistas más biografiados. Ya sabíamos gracias a David Remnick, autor de Rey del mundo: Muhammad Ali y el nacimiento de un héroe americano (Debolsillo), que su apetito sorprendía a sus compañeros de la Central High School. Ahora sabemos algo más gracias a su último biógrafo.

Jonathan Eig hizo unas 600 entrevistas para la biografía canónica del púgil, ‘Vida de Ali’
El periodista estadounidense Jonathan Eig ha realizado más de 600 entrevistas y ha exhumado documentación del FBI, entre otros archivos, para su monumental Vida de Ali (Capitán Swing). Cassius desayunaba copiosamente en la casita de sus padres, en el 3.302 de la avenida Grand, en el West End de Louisville, un modesto vecindario negro, pero a años luz de otros barrios segregados con peor fama, como Little Africa.

Con 12 años, cuando empezó a boxear, se tomaba más de un litro de leche mezclada con dos huevos crudos para desayunar. Ya de niño (sin duda para marcar distancias con el otro Cassius Clay de la familia, su padre, que era un borrachín) declaró la guerra al alcohol. Y a los refrescos y el tabaco, que “también son muy dañinos para un deportista”. Su apetito era en realidad una metáfora. “Solo puedes pegar a un blanco en el ring”, le decía su entrenador.

Quería comerse el mundo. Lo logró muy pronto. En 1960 se colgó el oro olímpico en Roma. Cuatro años después, contra todo pronóstico, se proclamó en Miami campeón de los pesos pesados ante el temible Sonny Liston. En aquellos tiempos aún estaba muy presente el asesinato de Emmett Till, un niño prácticamente de la misma quinta de Cassius (seis meses más joven) y que reactivó la lucha contra el racismo institucional.

Un icono del siglo XX
En 1964, cuando aún se llamaba Cassius Clay y se proclamó por primera vez campeón del mundo (título que ganaría otras dos veces), un negro podía ser una estrella, pero era sobre todo un negro. Los afroamericanos seguían excluidos de innumerables barrios, iglesias, sindicatos, corporaciones, hospitales, geriátricos y escuelas. Podía haber un campeón de boxeo negro, pero no un juez negro en el Tribunal Supremo…

Tampoco había gobernadores ni senadores negros. Y no digamos senadoras negras. De los 435 miembros de la Cámara de Representantes, solo 5 eran negros, un 1,15%. También había restaurantes y hoteles solo para clientes blancos y donde los únicos negros que se veían era el personal (camareros, botones, porteros). Esta situación provocaba situaciones hoy inconcebibles, pero que entonces no extrañaban a casi nadie.

El bus del pollo frito
Jonathan Eig explica que su biografiado, al que le aterraba volar, cubrió los más de 2.000 kilómetros de carretera que hay entre Miami y Nueva York alimentándose a base de mortadela porque no halló ni una sola casa de comidas que lo aceptara. No es casual que en 1965, antes de darle la revancha a Liston y revalidar su victoria, renunciara a su “nombre de esclavo” y abrazara la causa de la Nación del Islam, que lo rebautizó como Muhammad Ali.

Hasta entonces, Cassius Marcellus Clay le sonaba a gladiador y le parecía “el nombre más bonito del mundo”. Se compró un autobús que habitualmente olía a fritanga: cuando viajaba con su creciente séquito le pedía provisiones ingentes de pollo frito a Sonja Roy (la primera de sus cuatro esposas y acaso la que más amó). Dudaba de la “tolerancia racial” de los hosteleros. Una vez su ayudante Drew Bundini quiso hacerle ver que las cosas estaban cambiando y entró en un bar de Yulee, Florida. “Eh, tú, a las instalaciones de atrás”, le conminaron.

Fue el primer campeón cuyos hilos no manejó la mafia, pero sucumbió como un títere ante Elijah Muhammad, el líder de la Nación del Islam. Esta secta mezclaba mesianismo, creencias musulmanas poco ortodoxas y la superioridad racial afroamericana. Por su influencia, Ali se separó de Sonja Roy y se distanció de Malcom X, del que había sido amigo y al que asesinaron cuando marcó distancias con la Nación del Islam.

El Ali ‘torturado’ y el ‘perdonado

Clay/Ali no existió. Hubo muchos Clay/Ali. Poliédrico, contradictorio y egocéntrico, abandonó a amigos por los que pudo dar la cara, como el propio Malcom X. Pero también se negó a ir a Vietnam, aunque eso supusiera la pérdida del título y verse expulsado de los cuadriláteros durante casi cuatro años en el apogeo de su carrera. Cuando pudo regresar, ya no era el mismo, aunque recuperó el cetro mundial dos veces más.

El personaje posterior es el más conocido, el ídolo caído con parkinson, perdonado por su país y que encendió el pebetero olímpico de Atlanta’96. Y luego está el otro, el san Sebastián negro de la portada de Squire en 1968, como un mártir asaeteado. Era un bocazas, sí, y qué. Demostró que los negros podían y debían rebelarse. Esa fue su verdadera pelea. Cuando confirmó su no a la guerra, llamó a su madre y le dijo: “He hecho lo correcto. Estoy deseando ir a casa y ver qué hay de comer”.

El niño que enseñó el camino a Rosa Parks
Rosa Parks (1913-2005) no fue la primera afroamericana que se rebeló contra la humillación de la segregación en los transportes públicos. Ella misma explicó qué la impulsó a aferrarse a aquel asiento el 1 de diciembre de 1955: la tragedia de un año antes, cuando un niño, Emmett Till, fue torturado y asesinado impunemente en Money, en el delta del Misisipi, “en la puerta del sur”, como canta Bob Dylan en The death of Emmett Till. El crío, de 14 años, vivía en Chicago con su madre, a la que convenció para que lo enviara en verano con sus abuelos, en Money. La madre le recordó que tuviera presente que Money no era Chicago y que allí se debía comportar como los blancos esperaban que se comportara un negro. Él no lo hizo y piropeó a una joven (al parecer le dijo “ciao, bella”). El marido de la chica y su cuñado sacaron al niño de su casa días después de la “afrenta”. Esa fue la última vez que se le vio con vida. Un tribunal de blancos los halló no culpables, curiosa forma de zanjar el caso y de exonerarlos sin proclamar su inocencia. “No fue un juicio, fue una burla”, canta Dylan.

Fuente: Diario La Vanguardia

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