miércoles, 29 de mayo de 2024

Hace más de medio siglo que Umberto Eco (1932-2016) escribió un artículo que desde entonces no ha dejado de estimular el pensamiento de la gente que está tratando de ver qué diablos le pasa al mundo: se titulaba “Hacia una nueva Edad Media” y al leerlo hoy se lo ve profético. Eco era especialista en Edad Media. Fue famoso como semiólogo de la cultura pop, fue un crítico que se especializó en las rupturas artísticas y existenciales que el mundo vivió en los años 60, y también es un escritor muy popular cuya novela más famosa (¡vendió 50 millones de ejemplares!) fue llevada al cine con el rol protagónico interpretado por Sean Connery: “El nombre de la rosa”.

La semiología, la novela y sus lecturas le deben mucho a su conocimiento pormenorizado de la Edad Media, esa etapa histórica tan desprestigiada en el imaginario popular (se la conoce como la “Edad Oscura” por las pestes, los fanatismos religiosos y la poca expectativa de vida, además del analfabetismo generalizado y la miseria crónica). Sin embargo, para Eco -como para la mayoría de los medievalistas- es también una etapa histórica compleja (y extensa: duró más de 1000 años) que generó muchas de las mejores instituciones y costumbres que aun hoy tiene el mundo occidental. ¿Por qué Eco presuponía que estábamos entrando en una nueva Edad Media ya en 1972 y qué podríamos decir de esa predicción 52 años más tarde?

Veamos dónde Eco veía hace 50 años las señales que nos llevaban a un nuevo mundo medieval. Luego de los 20 años que siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial -que fueron los años más prósperos de toda la historia-, el mundo comenzó a padecer crisis sucesivas y ver guerras limitadas pero terribles suceder en todas partes: de Vietnam a los enfrentamientos entre árabes e israelíes. El mundo de comienzo de los 70 ya no era el idílico mundo de posguerra.

Para que haya existido la Edad Media fue necesario que cayera el imperio romano. Sin ese requisito no hubiera habido esa larga etapa histórica en el que el mundo se desmoronó y nada de lo construido durante siglos quedó en pie. Con la caída del imperio romano se perdió la unidad del idioma -de a poco el latín dejó de hablarse y la gente de los confines de Europa, Asia y África que se entendía en una sola lengua, comenzó a hablar en otros idiomas que fueron naciendo-. No solo se perdió la unidad del idioma: se perdió la escuela y la educación de todos los ciudadanos. En menos de un siglo ya todo el mundo era analfabeto. Hacia el año 1000 (500 años después de caído el imperio romano) el 99% de la nobleza europea (no del total de la población, sino de la nobleza, los más ricos de entonces) no sabía ni leer ni escribir. Los únicos alfabetizados (y no todos a un buen nivel) eran los sacerdotes cristianos.

Un mundo sin idioma común, con población analfabeta y dominada por pequeñas bandas armadas que fueron formando reinos pequeños (algunos de los cuales fueron comarcas, condados o, los más grandes, ducados), reinos que vivían combatiendo entre sí todo el tiempo y cuya riqueza era ínfima. La mitad de la población moría antes de cumplir 5 años. De la mitad que sobrevivía, la mitad moría antes de los 10. Solo el 25% de las personas llegaba a “vieja”: alcanzar los 40 o 50 años era casi milagroso (y muy raro para las mujeres, la mayoría de las cuales moría a los 14 o 18, al cuarto o séptimo parto). Las más grandes bibliotecas monacales de Europa en el siglo VIII tenían 35 a 38 manuscritos. Nada.

Era un mundo en el que casi nadie pensaba en el futuro porque no había futuro. Se vivía al día. Era imposible cruzar un bosque que se desconocía porque el delito violento y el asesinato eran la forma habitual de hacerse con algún bien para sobrevivir un día más. Los jóvenes no tenían ninguna esperanza de llegar a viejos y llegar a viejo era una tortura que nadie disfrutaba.

¿Cómo sería esa nueva Edad Media que profetizó Eco hace medio siglo y en la que hoy estaríamos viviendo? Un mundo sin un lenguaje en común, sin instituciones que todos respetemos, sin una alfabetización que nos enseñe a pensar críticamente y nos permita imaginar escenarios mejores, sin esperanza en el futuro. Ese es el mundo en el que hoy viven los jóvenes de occidente.

No es que el mundo actual sea miserable ni que los jóvenes no tengan acceso a la educación, sino porque han perdido la esperanza y nada de lo que existe los entusiasma. En EEUU hay trabajo para todos y se bajó la inflación, pero nadie ama a Joe Biden. Nadie se satisface con nada. No hace falta que las condiciones materiales sean miserables: basta con que lo que existe les parezca horrible. Eso permitirá que Donald Trump pueda volver a ser Presidente. Eso hizo que Milei sea Presidente.
Un mundo sin ilusiones: eso fue la Edad Media. Nuestra época se le parece mucho.

Por Daniel Molina para el Diario de Río Negro

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