La contaminación acumulada durante décadas en el Golfo Nuevo podría estar afectando el sistema inmunológico de las ballenas y convirtiéndolas en animales más vulnerables a infecciones bacterianas que terminan provocándoles la muerte. Esa es la hipótesis que plantea el especialista chileno Iván Vega Rueda, quien advirtió que el deterioro ambiental también podría estar modificando el comportamiento de los cetáceos y alejándolos de las aguas que históricamente eligieron para reproducirse y criar a sus ballenatos.
“La bacteria es el tiro de gracia, es la que genera la septicemia, pero no es la causante”, sostuvo Vega Rueda, al cuestionar que las investigaciones sobre la mortandad de ballenas se concentren exclusivamente en los microorganismos encontrados en los animales muertos. Según explicó, resulta fundamental determinar qué factores ambientales podrían estar debilitando previamente sus defensas y permitiendo que una infección se convierta en mortal.
“Una ballena sana en un lugar sano no se muere por una bacteria”, afirmó. En ese sentido, planteó que los desechos industriales, pesqueros, cloacales y urbanos vertidos durante décadas podrían haber generado condiciones capaces de alterar la salud de los animales. No obstante, reconoció que se trata de una hipótesis que necesita estudios científicos para ser confirmada.
Uno de los aspectos centrales de su planteo es que la contaminación no necesariamente se encuentra distribuida de manera uniforme en todo el Golfo Nuevo. Por sus características geográficas, la circulación de las corrientes y las diferencias de densidad entre las masas de agua, podrían existir sectores donde los contaminantes permanecen concentrados sin diluirse completamente.
“Imagínate que el mar es un campo, yo tengo parcelas. Si esa parcela es un nódulo de contaminación, como una mancha de aceite, y como no se mezclan las aguas, no se produce la dilución”, explicó.
De acuerdo con esta interpretación, las ballenas podrían atravesar determinados sectores con altas concentraciones de sustancias contaminantes y sufrir alteraciones que debiliten sus defensas. Los ballenatos serían especialmente vulnerables porque su sistema inmunológico todavía se encuentra en desarrollo.
“Quizás en esas parcelas, que son nódulos de contaminación, viene un exceso de afectación al ballenato y el ballenato está expuesto a cualquier cosa y se muere. Esa es mi teoría”, señaló.
Vega Rueda también advirtió sobre la posible acumulación de metales provenientes de actividades industriales desarrolladas durante los últimos 50 años. En particular, mencionó al vanadio, un elemento asociado con el petróleo y el carbón que, bajo determinadas condiciones de exposición, puede producir efectos tóxicos.
Por esa razón, propuso que las investigaciones sobre los animales muertos no se limiten a identificar la bacteria responsable de una septicemia, sino que también incluyan análisis de órganos como el hígado y los riñones para detectar posibles sustancias contaminantes.
“Si tú me preguntas quién es el culpable, no lo sé. Si tú me preguntas si hay un solo responsable, te respondo que no. Yo creo que el vertimiento por años ha generado estas parcelas de alta contaminación acuática”, manifestó.
“El Golfo Nuevo fue el lugar elegido y preferido de las ballenas para procrear, para parir, para alimentar. Es decir, tienen un privilegio enorme. Y lo que ustedes no tienen que permitir es que eso desaparezca”, expresó.
Y lanzó una advertencia sobre el futuro de uno de los principales atractivos naturales y turísticos de Chubut: “Si no cambia nada y la contaminación continúa, el lugar idílico para las ballenas desaparecerá”.
Para enfrentar el problema, Vega Rueda consideró indispensable identificar los sectores donde podrían encontrarse las mayores concentraciones de contaminantes. Propuso realizar relevamientos satelitales, estudios de la columna de agua y análisis del fondo marino para localizar esos puntos y avanzar en tareas de remediación.
Incluso planteó una alternativa poco convencional: instalar barreras físicas mediante boyas y redes de gran profundidad para impedir que las ballenas ingresen a determinadas áreas contaminadas.
“Yo hago un cerco e impido que las ballenas lleguen al lugar donde está la contaminación y tengan su lugar hermoso que han elegido para sobrevivir”, explicó.
Según sostuvo, existen recursos tecnológicos que permitirían evaluar una intervención de esas características, aunque su implementación requeriría estudios específicos para determinar su viabilidad y evitar riesgos para los animales.
El especialista también advirtió sobre el peligro de que el Golfo Nuevo termine convirtiéndose en lo que en Chile se conoce como una “zona de sacrificio”, denominación utilizada para territorios sometidos a una elevada presión ambiental como consecuencia de la concentración de actividades industriales contaminantes.
“Que el Golfo Nuevo no sea una zona de sacrificio, que la industria humana no llegue a eso”, reclamó.

