17 de octubre: Los obreros irrumpen en el escenario político

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El significado del 17 de octubre

“El país ya era otro país y no quisieron entenderlo”, señala Arturo Jauretche refiriéndose a los viejos partidos políticos. Y agrega: “La Nueva realidad no cabía ni en el sindicalismo, ni en los partidos políticos preexistentes… El 17 de octubre más que representar la victoria de una clase, es la presencia del nuevo país con su vanguardia más combatiente y que más pronto tomó contacto con la realidad propia… Lo viejo no comprendía el país nuevo, tampoco se dio cuenta de que ya no podía representar la dirección del país y mientras discutía sus rivalidades, el nuevo actor tomó posesión del escenario”.

¿”Cuál es ese nuevo país” al que se refiere Arturo Jauretche? Puede afirmarse, apelando a Pirandelo, que desde 1935, en Argentina se mueven “varios personajes en busca de un autor”. Por un lado, sectores del ejército que ya no están dispuestos a continuar actuando como custodios de la usurpación y la entrega oligárquica, y que en el caso de algunos militares sustentan una clara posición industrialista. Por otro, los trabajadores que se han ido nucleando en las nuevas fábricas del Gran Buenos Aires, provenientes en general del interior desvalido, resueltos a conseguir mejores salarios y mejores condiciones de trabajo, en esa Argentina industrial que va emergiendo. También los empresarios nuevos, en general, hijos de la inmigración y titulares de capitales nacionales, a quienes interesa un mercado interno en expansión. Asimismo, sectores de la clase media pobre del interior del país, pequeños productores y comerciantes de economías desbastados, como también ese mundo de subocupados que ambula de cosecha en cosecha para mal vivir. Y en general, todos aquellos que ven asfixiados sus horizontes por la vieja Argentina agropecuaria, de recursos inmovilizados (riqueza ictícola, minera, potencial hidroeléctrico, etc.). Todos ellos confluyen, entre 1943 y 1945, en un gran frente nacional cohesionados por su repudio al viejo país y a la dirigencia política tradicional, tanto de derecha como de izquierda, como así también por un ansia de crecimiento económico que satisfaga sus viejos reclamos.

Como en todo frente, estos diversos componentes mantienen diferencias laterales, antagonismos que se subordinan temporariamente en aras de la coincidencia general, pero que pueden, a veces, acentuarse hasta provocar la ruptura de esa alianza. Estas diferencias, esa multiplicidad de objetivos exige un unificador, un árbitro, alguien en que todos depositen confianza, capaz de encontrar soluciones razonables para los diferendos entre las partes. Esos amplios sectores sociales que ansían concluir con el “viejo régimen” encuentra su hombre en Juan Domingo Perón.

“La misma masa popular que antes gritaba ¡Viva Yrigoyen!, grita ahora ¡Viva Perón! Así como en el pasado se intentó explicar el éxito del Yrigoyenismo aludiendo a la demagogia que atraía a la chusma, a las turbas pagadas, a la canalla de los bajos fondos, etc., así tratan ahora la gran empresa burguesa y sus aliados menores, los periódicos socialistas y stalinistas, de explicar los acontecimientos del 17 y 18 en iguales o parecidos términos. Con una variante: comparan la huelga a favor de Perón con las movilizaciones populares de Hitler y Mussolini. Identificar el nacionalismo de un país semicolonial con el de un país imperialista es una verdadera ‘proeza’ teórica que no merece siquiera ser tratada seriamente; señalaremos sin embargo una diferencia: los fascistas utilizaban las tropas de asalto, compuestas en su mayoría por estudiantes en contra del movimiento obrero; Perón utilizó el movimiento obrero en contra de los estudiantes en franca rebeldía. La verdad es que Perón, al igual que antes Yrigoyen, da una expresión débil, inestable y en el fondo traicionera, pero expresión al fin, a los intereses nacionales del pueblo argentino.

Como señalaba Jauretche, el viejo país no entendió aquello que pasaba delante de sus narices: ni a la clase trabajadora, ni al liderazgo emergente. A tantos años de distancia se comprende que la clase dominante, a través de los dirigentes conservadores, los grandes intelectuales y los grandes diarios, haya reaccionado lucidamente contra esos sucesos, corroborando, una vez más, que es la única “clase para sí” con clara conciencia de sus intereses.

El liberalismo oligárquico, con su virulenta campaña antifascista, ha hecho estragos en la dirigencia radical. Nada queda en su pensamiento de los planteos populares de Yrigoyen: “El 17 de octubre fue preparado por la Policía Federal y la Oficina de Trabajo y Previsión, convertida en una gran máquina de propaganda tipo fascista, con ramificaciones en todo el país… Fue una reproducción exacta de las primeras manifestaciones populares del fascismo y el falangismo”, dice la Declaración de la Unión Cívica Radical en el Diario La Prensa.

Según el comunicado emitido por la conducción unionista de la UCR, el paro pudo realizarse “usando de la coacción y la amenaza” y se “ultrajó a la ciudadanía con la ayuda policial, en un espectáculo de vergüenza como nunca ha presenciado la Nación”. Sostiene asimismo, que “el número de manifestantes no fue mayor de 60.000 personas, de las cuales un 50% lo constituían mujeres y menores, teniendo informaciones fehacientes de que muchos de estos recibieron dinero para concurrir… que los manifestantes vejaron a personas, asaltaron comercios, injuriaron a la población vivando a su candidato y llevando como lema o estribillo estas palabras: ‘Viva la alpargata y mueran los libros’, ‘haga patria matando un estudiante’.

Desde el conservadurismo, Emilio Hardoy define, años después: “Los ciudadanos que desfilaron triunfalmente, yo entre ellos, poco tiempo antes por las calles de Buenos Aires, jamás imaginaron que la muchedumbre, imponente e informe, amenazadora y primitiva iba a invadir la Plaza de Mayo al grito de guerra de ‘¡Perón!’. Grito de guerra y de odio, casi de venganza, por causa de la miseria y la ignorancia de la sociedad de entonces. Como en todos los pueblos de occidente, en nuestro territorio había dos países en aquel mes de octubre de 1945: el país elegante y simpático, con sus intelectuales y su sociedad distinguida, sustentada en su clientela ‘romana’ y el país de ‘la corte de los milagros’ que mostró entonces toda la rabia y toda su fuerza ¡Nueve días que sacudieron al país! ¡Nueve días en los que la verdad se desnudó! nueve días que cierran una época e inauguran otra. Desde luego, el odio no es el único ingrediente del peronismo, pero es el fundamental, el cemento que aglutino a las masas en torno a Perón”. De este modo, los viejos enemigos –radicales y conservadores- coinciden ahora en su vituperio a la presencia popular en la plaza.

Para quienes desconocen la historia argentina y se deja llevar por los rótulos, resulta asombroso que juicios coincidentes provengan de la titulada izquierda socialista y comunista. La Vanguardia, por ejemplo, órgano oficial del partido Socialista afirmaba: “en los bajíos y entresijos de la sociedad hay acumuladas miseria, dolor, ignorancia, indigencia más mental que física, infelicidad y sufrimiento. Cuando un cataclismo social o un estímulo de la policía moviliza las fuerzas latentes de resentimiento, cortan todas las contenciones morales, dan libertad a las potencias incontroladas, la parte del pueblo que vive ese resentimiento y acaso para su resentimiento, desbordan las calles, amenaza, vocifera, atropella, asalta a diarios, persigue en su furia demoníaca a los propios adalides permanentes y responsables de su elevación y dignificación”.

La FUBA no se haya alejada de estos planteos y sostiene orgullosamente “se ha dado una polarización de las fuerzas sociales en pugna: los sectores democráticos que concurrían a los despachos de la Embajada Norteamericana y los dirigentes gremiales y políticos pro peronistas que acudían a la Secretaría de Trabajo”.

A su vez, el partido Comunista emite varias declaraciones en esos días. El 21 de octubre sostiene: “el malón peronista –con protección oficial y asesoramiento policial- que azotó el país ha provocado rápidamente –por su gravedad- la exteriorización del repudio popular de todos los sectores de la Republica en millares de protestas. Hoy la Nación en su conjunto tiene clara conciencia del peligro que entraña el peronismo y de la urgencia de ponerle fin. Se plantea así para los militantes de nuestro partido una serie de tareas que para mayor claridad, hemos agrupado en dos rangos: higienización democrática y clarificación política. Es decir, por un lado barrer con el peronismo y todo aquello que de alguna manera sea su expresión; por el otro, llevar adelante una campaña de esclarecimiento de los problemas nacionales, la forma de resolverlos y explicar ante las amplias masas de nuestro pueblo, más aún que lo hecho hasta hoy, lo que la demagogia peronista representa….”.

“El 17 de octubre de 1945, yo era el responsable de la casa y de la estructura física del Ministerio de Marina en la Casa de Gobierno… La multitud desbordó la Plaza de Mayo y tiró las puertas abajo. Entraron los policías a caballo, era un revuelo increíble… entraron los muchachos sudorosos y que se veían muy cansados. Comenzaron a dar vuelta alrededor mío y me miraban extrañamente. Les parecía mentira ver un oficial parado ahí. Se acercó uno y me dijo: -¿Dónde está Perón? Lo queremos ver, venimos cansados de Ensenada… -. Le respondí: -No sé dónde está Perón, debe estar arriba… -. Al tiempo acudió un Teniente con un pelotón de la Compañía de Infantería que custodiaba la Casa de Gobierno y me dijo: -Con su permiso, señor Capitán, voy a hacer desalojar a toda esa gente. –Sí, le dije, pero con una condición: No dispare ningún tiro adentro del edificio -. Se retiraron entonces… El dio una orden y los soldados pusieron rodilla en tierra, dieron vuelta sus fusiles –con la culata para adelante- y comenzaron a sacudirles las cabezas a los revoltosos. Sonaban sus cabezas que parecían mates”.

Así vivió ese día de octubre el marino “democrático” Isaac Francisco Rojas.

Párrafos extraídos del libro “Perón, Formación, ascenso y caída (1893-1955) – Norberto Galasso



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