En el camino de subida al lago Bagillt, un viejo colectivo hace que muchos se detengan antes de llegar al destino. Hay quienes lo conocen por las fotografías de otros y esperan encontrarlo; quienes se sorprenden al verlo entre los árboles y quienes vuelven a retratarse junto a él después de varios años. Una carrocería que quedó en la montaña se convirtió en una referencia del recorrido. Pero ¿Qué vemos cuando nos detenemos allí?
Su presencia está vinculada con los hacheros de lenga que trabajaron en la zona décadas atrás. Esa historia abre una ventana hacia otras experiencias del bosque: las jornadas de trabajo, los desplazamientos y las personas que encontraron allí una forma de sustento. Con el tiempo, el colectivo adquirió nuevos sentidos. Hoy orienta a los caminantes, aparece en las recomendaciones del paseo y forma parte de los recuerdos que vecinos y visitantes se llevan del lugar.
Ese cambio permite pensar cómo se construye la memoria de un territorio. Los lugares conservan huellas de actividades anteriores mientras reciben nuevos usos. Una parada para la fotografía puede despertar una pregunta sobre el pasado; un recuerdo familiar puede aportar el nombre de alguien que trabajó allí; una imagen antigua puede mostrar algo que ya no está. Cuando esos fragmentos se comparten, la historia del lugar se vuelve más amplia.
Algo semejante ocurre con el nombre del lago. En Trevelin conviven distintas formas de escribirlo, entre ellas Bagillt y Baguilt. La denominación remite a Edward Jones, conocido por el nombre de su pueblo de origen, en el norte de Gales. Ese sobrenombre permitía distinguirlo de otros hombres que compartían su nombre y apellido.
Edward había llegado en el Mimosa en 1865 y participó de la expedición de los rifleros encabezada por Luis Jorge Fontana en 1885, por la que recibió la legua 23 del valle. La memoria local lo sitúa posteriormente sobre la margen sur del río Grande, próximo a la desembocadura de un arroyo. La referencia al poblador quedó asociada a ese curso de agua y alcanzó también al lago donde nace.
Una manera cotidiana de reconocer a una persona terminó incorporada al territorio. El nombre pasó de unas voces a otras y continuó usándose cuando las circunstancias que le dieron origen quedaron más lejos. Recuperar esa historia permite comprender algo que hacemos casi sin advertirlo: cada vez que nombramos un lugar, podemos estar transmitiendo una parte de la memoria de quienes lo habitaron.
La memoria colectiva se sostiene en esos intercambios. Vive en las familias, en las conversaciones entre vecinos, en las fotografías guardadas y en los relatos que acompañan un recorrido. También necesita oportunidades para circular. Cuando una historia deja de contarse, podemos seguir reconociendo el nombre o el objeto, pero perder las relaciones que les daban sentido.
Por eso importa escuchar a quienes conservan recuerdos, reunir imágenes e identificar a las personas que aparecen en ellas. Contrastar versiones y reconocer lo que todavía desconocemos también forma parte de ese trabajo. Una memoria compartida puede contener diferencias: el mismo camino pudo ser espacio de trabajo para una familia, acceso a una vivienda para otra y lugar de paseo para las generaciones siguientes. Esas experiencias permiten conocer la diversidad de vínculos que se han construido con el territorio.
Mientras esas historias circulan, el bosque sigue su propio ritmo. El lago se encuentra aproximadamente a mil metros sobre el nivel del mar, al pie del cerro Cónico, y recibe el aporte de un glaciar colgante. Las lengas, los cursos de agua y la fauna forman parte de un ambiente protegido cuyo valor comprende las relaciones que sostienen su vida.
Conocer ese patrimonio natural exige aprender a mirar. Reconocer una especie, comprender la función del bosque o saber de dónde proviene el agua puede transformar la experiencia de una caminata. A esa lectura se suman las historias humanas del entorno. El paisaje adquiere profundidad cuando podemos relacionar lo que vemos con los procesos naturales y las experiencias sociales que lo atraviesan.
Los usos actuales agregan nuevas capas. El senderismo, las cabalgatas, la observación de aves y la fotografía generan otras formas de acercarse al lugar. Las propuestas de familias de Los Cipreses permiten, además, vincular el recorrido con conocimientos y actividades de la comunidad local. Cada visita puede producir un recuerdo nuevo y, al mismo tiempo, convertirse en una oportunidad para conocer memorias anteriores.
Allí reside una posibilidad valiosa para el turismo rural y cultural: favorecer encuentros en los que el territorio pueda ser contado por quienes mantienen vínculos con él. Los pobladores aportan conocimientos, interpretaciones y decisiones sobre aquello que desean compartir. Su participación ayuda a construir propuestas que reconozcan la vida del lugar y generen beneficios para la comunidad.
Esa participación también permite preguntarse qué conservar y cómo hacerlo. Que el colectivo sea una imagen reconocida abre la posibilidad de investigar su trayectoria y conversar sobre su significado actual. Su valor como referencia del paseo puede enriquecerse al recuperar las historias del trabajo con las que está relacionado. Documentarlas permitiría que las nuevas generaciones conozcan algo más que su apariencia.
Mantener estas memorias supone darles lugar en el presente. Una fotografía identificada, un testimonio registrado o un relato incorporado a una visita pueden volver accesibles experiencias que hasta entonces permanecían en un ámbito familiar. Al compartirlas, también aparecen nuevas preguntas y otras personas pueden sumar lo que saben.
Este proceso necesita acompañar el cuidado del ambiente. Los usos que se incorporan al recorrido requieren planificación, respeto por las propiedades y por las condiciones de visita al área protegida. La conservación, la educación y los beneficios para los pobladores forman parte de los objetivos de ese espacio. Conocer sus historias puede fortalecer el vínculo con el lugar; sostenerlo requiere también prácticas concretas de cuidado.
Bagillt reúne esas relaciones. Su nombre conserva una memoria de la gesta galesa; el colectivo acerca las huellas del trabajo forestal; el bosque y el lago convocan a nuevas generaciones de caminantes. Cada época incorpora experiencias y significados, y la comunidad puede participar activamente en cómo se transmiten.
Quizás, al volver a detenernos junto al colectivo, podamos mirar la fotografía y preguntarnos quiénes estuvieron allí antes. Esa curiosidad es una forma de comenzar a escuchar. Lo que alguien recuerda y decide compartir puede ayudar a que el camino siga contando su historia.
Por Katia Sarsa Williams para la Voz de Chubut


