Recordando a Evita

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Las Mujeres: de la servidumbre al proletariado

Había llegado de La Banda –o de San José de la Dormida o de Goya o Reconquista- de Aimogasta o quizás de Pomán. Había cebado mates a los paisanos pelambrunos alzados contra Buenos Aires en el Arroyo de la China, con las fuerzas Artiguistas. Derramó lagrimas e hijos a lo largo de la infortunada Patria la infatigable soldadera, después de aquella revolución con el sol Inca y los Oficiales Blancos. Padeció la cautividad con Catriel o Piencen, acompañó como cocinera a los involuntarios soldados del Paraguay, madre con muchos padres, obligada a sombra en las Campañas del Desierto, protagonista anónima de los entreveros en  la Guerra Civil (y nunca entraba en las listas), arrastrada a los burdeles de Palermo, traída y llevada en un zigzag del destino, tejedora en Catamarca, industriosa obrera en Tucumán, excluida de las áreas estadísticas por sus “uniones irregulares”. Era la sustancia misma de la tierra dolorosa. Finalmente, cuando parecía que toda turbulencia se había aquietado en esa cosa extraña llamada Argentina, había quedado olvidada en las provincias. Pero estas habían sido reducidas a la pobreza y no podían sostenerla. De ahí había venido de negro rigurosa (pues su madre le había entregado el único vestido decente de la familia, el lujo de todas, ya que siempre había algún muerto y no podía faltar el negro). Calzaba alpargatas al llegar a la Capital y en su mano apretaba un monedero de hule. Su cara estaba lavada con jabón amarillo y las crenchas peinadas hacia abajo, marcando el pómulo reminiscente. Enseguida se conchababa “con cama adentro”. Y el patrón dominaba su vida por completo. Fregaba, cocinaba, lavaba los platos, cosía, lavaba y planchaba, colocaba y descolocaba las cortinas, limpiaba los caireles uno por uno, mientras el hijo varón de la patrona la miraba golosamente desde abajo. Si no le hacían un hijo (que en ese caso, era enviado enseguida a su pueblo para que lo criara la madre), al llegar el domingo después del mediodía la patrona –ese ojo que la miraba sin cesar- le decía “andate a dar una vuelta y volvé antes de las ocho para hacer la cena”. Tomaba el tranvía y llegaba a Plaza Italia, frente a los leones y bajo el sol. Allí apretaba la mano áspera de un conscripto de los cuarteles, sentada en un banco. Ambos soñaban con la provincia, las cabras, el cielo, los amigos y la música lejana. Pero llegó la guerra y con ella el desarrollo de la industria. Las fábricas se erigían por todas partes. Nuevas industrias reclamaban mano de obra, en particular de mujeres. Ella oyó hablar vagamente del tema. Finalmente, una compañera de plaza la invitó a entrar en su fábrica. Así, la sirvienta se transformó en obrera. Cambio servidumbre personal por la explotación impersonal del capitalista. Esto se dice fácil, pero era menester vivirlo. ¡y los marxistas! ¡qué decepción! Pues resulta que pasas de la servidumbre y humillación personal a la “explotación capitalista” constituía para ella un salto a la libertad. Era una doble emancipación. La primera era sacarse de encima a la patroncita oligarca, o mujer del médico, esposa de un bancario o empleado público, conyugue de un comerciante, si la sirvienta era lo más barato que había en la Argentina. Y, en segundo lugar, ganar más dinero con menos tiempo de trabajo. De este modo ella vendía 8 horas a la fábrica. Después era completamente libre para apoderarse de aquella hermosa ciudad hostil.

La primera quincena envió un giro a su madre. La segunda, adquirió un par de zapatos con taco y su cuerpo cambió. A la siguiente, compro en las cadenas de tienda Etam un delicado vestido arrancado de un modelo de Vogue, con tela de imitación francesa, fabricada por la nueva burguesía judía de Villa Lynch, que dejaba de ser importadora para transformarse en productora. Una maravillosa, indescriptible transformación se operaba en la ex sirvienta. Con dos o tres quincenas más se compró una cartera, artilugios de maquillaje, alguna bisutería. Entonces asestó un toque final a la transformación milagrosa. En todos los barrios habían aparecido “salones de belleza”. Nuevas “cosmetólogas” brotadas de la nada la atendieron durante algunas horas, le dieron consejos y la lanzaron a la calle transformada en platinada. Aquella muchacha aindiada era hermosa, tenia rulos, tacos altos (había cambiado de estatura) y nadie hubiera imaginado jamás que al pasear por Santa Fe, Callao o Corrientes, la ex sirvienta era menos bella que las chicas de la clase media o la oligarquía. Aparecía el Estatuto del Servicio Domestico, con derecho a siesta. ¡cuántos izquierdista aprendieron a odiar al Peronismo en la mesa familiar de boca de su madre, antes de buscar envenenarles textos las razones para rechazarlos en nombre de la ciencia!.

Cuando ellas, las mujeres excluidas del interior llegaron a Buenos Aires, no solo desempeñarían un papel político y social decisivo en  la historia Argentina, sino que los sociólogos hubieran podido decir, sin incurrir en error, que el número de mujeres había aumentado en la capital. Cuanto más chinitas llegaban, mas rubias aparecían. Eva les toco el corazón y ellas fueron su fuerza, energía poderosa que había atravesado muchas generaciones en silencio y ahora hablaba a gritos.

La quisieron hacer Vice Presidenta en 1951 pero ya estaba muy enferma. Desfalleciente, renunció a su candidatura en un gran acto del 22 de agosto: era “el Cabildo Abierto del Justicialismo”. El 31 de agosto Eva renunció formalmente por radio a la candidatura su salud declinó rápidamente. Murió el 26 de julio de 1952.

La República se oscureció bajo un luto sofocante: con el dolor genuino de las grandes masas.

Una poeta, que no era precisamente adicta a Eva, sucumbió al cabo de los años al influjo de su muerte y su mito, y escribió versos que la historia quiere recoger aquí, en su ambigüedad, ternura, amor y rechazo juntos:

EVA

No descanses en paz, alza los brazos

No para el día del renunciamiento

Sino para juntarte a las mujeres

Con tu bandera redentora

Lavada en pólvora, resucitando.

No se quien fuiste, pero te jugaste.

Torciste el riachuelo a Plaza de Mayo,

Metiste a las mujeres en la historia

De prepo, arrebatando los micrófonos

Repartiendo venganzas y limosnas.

Bruta como un diamante en un chiquero

¿Quién va a tirarte la última piedra?

 

Quizás un día nos juntemos

Para invocar tu insólito coraje.

Todas, las contreras, las idolatras,

Las madres incesantes, las rameras,

Las que te amaron, las que te maldijeron,

Las que obedientes tiran hijos

A la basura de la guerra, todas

Las que ahora en el mundo fraternizan

Sublevándose contra la aniquilación.

 

Cuando los buitres te dejen tranquila

Y huyan de las estampas y el ultraje

Empezaremos a saber quien fuiste.

Con látigo y sumisa, pasiva y compasiva

Única reina que tuvimos, loca

Que arrebato el poder a los soldados

Cuando juntas las reas y las monjas

Y las violadas en los teleteatros

Y las que callan pero no consienten

Arrebatemos la liberación

Para no naufragar en espejitos

Ni bañarnos para los ejecutivos.

Cuando hagamos escándalo y justicia

El tiempo habrá pasado en limpio

Tu presencia y tu martirio, hermana.

 

Tener agallas, como vos tuviste,

Fanática, leal, desenfrenada

En el candor de la beneficencia

Pero la única que se dio el lujo

De coronarse por los sumergidos.

Agallas para defender la muerte.

Agallas para hacer de nuevo el mundo.

Tener agallas para gritar ¡Basta!

Aunque nos amordacen con cañones.

María Elena Walsh

Fragmento del libro “Revolución y Contra Revolución en la Argentina 5. La era del Peronismo», de Jorge Abelardo Ramos

 



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